Cuatro relatos largos son los que componen Los días animales de Jorge Zúñiga, escritor chiapaneco. La edición está a cargo de Paraíso Perdido que presenta, para nosotros, un catálogo cada vez más nutrido, selecto y con un criterio de selección que permite ver el filtro de un editor como Antonio Marts.

Los días animales llega a Paraíso Perdido, de alguna forma, gracias al premio Gerardo Murrieta que se le otorgó a la obra en 2019. Ahora, en 2021, podemos ver la narrativa escondida tras este título, que toma de uno de los cuentos del volumen.

Tripulantes, Borealis, Nómadas y Los días animales conforman un libro intencionado literariamente en función del dicho de su autor: “no estamos nunca preparados para nada, aunque pensemos que sí, aunque lo intentemos, y ahí hay algo que contar”. A partir de esta premisa, atinada y cruel, se pueden proponer cuatro puntos.

Es un libro cuya estructura destaca entre lo que presenta la narrativa mexicana de este año porque son relatos largos, sin prisa y sin efectos inmediatos o perseguidos con ansiedad. Respeta esa tan sobada premisa de que detrás de un relato hay un monstruoso icerberg que no se ve, pero se experimenta como real. Exhibe una prosa tajante y cuyo acomodo permite leer a un narrador con oficio.

La poética de Zúñiga en Los días animales es la de un autor reflexivo y da sensaciones de ir como en un trasatlántico rumbo a la gran noche. Anuncia, premedita, prepara, presume con el ritmo que puede tener el mar cuando está calmo, con una engañosa indiferencia

Destaca la estructura como libro de cuentos porque se lee con un fondo temático que no peca en su desarrollo y que engarza con precisión conforme se avanza y se termina. Hay un circuito de ciertas emociones exploradas con filo, pero tratadas también con aguda delicadeza.

Los escenarios de los que se sirve el autor, miembro de una de las más recientes generaciones de la Fundación para las letras mexicanas, destaca por sus alusiones –escondidas, cosidas, remachadas con tersura− a la narrativa como la de Raymond Carver, de Patrick Modiano o, en palabras del propio autor, de Alice Munro.

Escenas teatrales cuya cuarta pared nos muestra dos cosas importantes e imponentes para la narrativa mexicana: el narrador se diluye en la dramaturgia usada como recurso literario para los relatos de Zúñiga y, contrario a lo que se pensaría, mantiene un ritmo cansino que sobresale en la manera compleja, preocupada, pensada, con la que esas escenas se ponen a rodar. De esta combinación de levedad, gracias al diálogo, y de morosidad, gracias también al diálogo naturalizado –descompuesto, merodeador, con sentidos dispares entre personajes−, viene la aristotélica construcción de un drama.

Zúñiga logra sugerir un inminente momento conocido como anagnórisis en cada relato. Somos los lectores, espectadores activos pero a la vez impotentes ante el drama, quienes vemos levantarse, tras el diálogo de aparente incoherencia tanto como de sucedáneos lacónicos, el mensaje cifrado en la escena interactiva. Otra vez, el iceberg que no se ve pero que hiede, que se siente, cuya sombra acecha. El asunto que destaca es que nosotros somos los que nos acercamos a la tragedia lenta e inevitable.

El hallazgo que tengo luego de leer a Zúñiga es que el cuento puede sugerir y ser eficaz en sus efectos sin necesariamente mostrar o accionar o gastar en fuegos y centellas

La alusión a escenas a las que podemos atribuir cierto aire de Carver o al cine de los setenta donde se reflexiona con crueldad y con trauma sobre las relaciones encierra el tercer punto que quiero comentar. Uno de los enigmas que explora Zúñiga como un conflicto cognitivo fértil es el de las relaciones humanas. Escoge las relaciones fraternales descompuestas por lo natural de cada vida y por las emociones de cada vida en choque. Nos hacen pensar en Caín y Abel, una alegoría prolífica para explorar, sobre todo con personajes adultos y complejos, colmados de condición humana.

Elige las relaciones de pareja por otra parte. Explora el rompimiento, pero, también, procura el sitio que ocupa aquel que es testigo de un rompimiento y el espejo que le significa estar como testigo de lo que alguna vez ha sido protagonista. Indaga en las características de la mudanza y los efectos que se pueden experimentar ante este movimiento visto desde lo íntimo de los personajes.

Las emociones que guarda este asunto siempre dan para la literatura y, en Tripulantes, encuentra un logrado y nítido reflejo. Dedica atención a las relaciones donde tiene centralidad la vejez. Nos hace constatar nuestra ignorancia, nuestro terror y nuestra fantasiosa manera de ver en los viejos algo desconocido. Es agudo y firme al respecto en Borealis, uno de los relatos que componen este libro.

Los relatos de Jorge Zúñiga son escenas en las que los personajes interactúan. Este narrador líquido que se mueve de psique a psique genera la sensación de suspenso, exige atención y cultiva la posibilidad del desdoble. El lector puede habitar diferentes temperamentos y sensaciones

En Los días animales existe un efecto de debate entre los diferentes puntos de vista nutridos por las acciones y los sucesos de los cuentos. Este punto es relevante porque el tipo de focalización dúctil y móvil y acertada también ayuda a que la morosidad de los relatos tenga espacios donde el lector llena, da sentido e interactúa con los distintos dilemas que plantea este ejercicio narrativo.

La vida subterránea de las historias es un tiburón que acecha o del que se habla. Se anuncia su presencia ya inevitable pero no se le ve. Este efecto de horror o de suspenso o de espera de rompimiento es un recurso que suscita sorpresa. Hablo de una sorpresa nada escandalosa. Es un descubrimiento más que una sorpresa. Queda la sensación de perplejidad,  de que las acciones están precedidas por una emoción, poco racionalizada. Afirma uno lo incoherente de las reacciones de los individuos ante situaciones límite y se constata cómo lo racional ocupa un espacio limitado ante los dilemas.

Los personajes de Zúñiga nos muestran la cruel realidad en donde podemos distinguir con evidencia que es el inconsciente el que manda; la psiqué dirige. Llevadas con eficacia y precisión, las peripecias de esos personajes y estas tramas constituyen relatos trágicos que atienden a la noción clásica de composición aristotélica ensamblados en una actualidad y circunstancias presentes. Estos elementos ponen al libro de cuentos de Jorge Zúñiga en un sitio de pertinencia incontestable dentro de la narrativa mexicana actual.

  • Ilustración: Egon Schiele
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