Una nueva forma de comunicación explotó a principios del siglo XX, cambiando la esencia de la conectividad humana de una sola vez: los medios de comunicación.

La forma en que las personas siempre han estado relacionadas (el diálogo personal entre vecinos y amigos) ha crecido a una nueva dimensión. Con esta expansión, los elementos de la aldea, ya sean sociales o funcionales, adquirieron nuevas propiedades reactivas y el mundo se redujo drásticamente.

Marshall McLuhan, padre de la teoría de las redes sociales, describió el paradigma de la conexión universal como una aldea global: a las personas que vivían en las proximidades de repente se les dieron medios para comunicarse en todo el mundo o gritar en todo el mundo.

Sin embargo, en la época de McLuhan, la idea de la aldea global sólo abarcaba los medios de comunicación unidireccionales, como la radio y la televisión. Allí, la información fluía de productores de contenido privilegiado a través de distribuidores a consumidores que eran esencialmente pasivos. La comunicación universal funcionaba más como un megáfono, no como un teléfono, y aumentaba las tensiones en la sociedad en lugar de promover la cohesión. Lo que McLuhan también reconoció:

“Cuanto más se crean las condiciones rurales, más crean discontinuidad, separación y diversidad. La aldea global asegura un completo desacuerdo en todos los asuntos. Nunca tuve la idea de que la aldea global se caracterizara por la uniformidad o particularmente la contemplativa. La malicia y la envidia prevalecen allí. Se eliminan las distancias espaciales y temporales entre las personas. En este mundo la gente se acerca mucho una y otra vez. La aldea global, poblada por tribus y acusada de conflicto, crea más divisiones que el nacionalismo. Un pueblo conduce a la división, no a la fusión, y siempre es muy profundo”.

Los medios de comunicación unidireccionales han elevado pues los conflictos polémicos a un nivel global. Poco después del tiempo de McLuhan, surgió una nueva infraestructura de conexión que trajo cambios que fueron mucho más profundos y dramáticos. La interfaz de conexión bidireccional de Internet creó una mezcla de energía de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Más de lo que hubiera sido posible pensar a través de la televisión o la radio, las personas compartieron ideas, opiniones, productos de su trabajo, obsesiones e intimidades hasta el final de la red.

La muerte a la distancia

Los proveedores de medios, que anteriormente demostraron ser cuellos de botella, ahora se han ampliado (pero no eliminado) y el contenido se ha democratizado en cierta medida. Los medios se volvieron dialógicos en lugar de monológicos, y la humanidad comenzó a unirse para formar una verdadera aldea que intercambiaba ideas sobre cultura, ideas y discusión. Las personas estaban unidas en un omnipresente espacio de flujos.

Hay una nueva forma espacial que da forma a las prácticas sociales que dan forma y dominan la sociedad de red: el espacio de las corrientes”, escribe el sociólogo Manuel Castells, de quien se originó el término.

El espacio de las corrientes es la organización material de acciones sociales compartidas en tiempo real —dice— que tienen lugar a través de las corrientes. Entiendo las transmisiones como específicas y repetitivas. Intercambios programables y secuencias de interacción entre posiciones separadas físicamente, que son tomadas por actores sociales. Por consiguiente, el espacio físico ya no puede considerarse absoluto. No se puede separar de su dimensión digital.

El futuro de la ciudad física

Como podrá verse, este nuevo sistema no puede ser neutral. En el espacio de las corrientes, hay una fusión de redes virtuales y espacio material: las estructuras digitales y físicas se influyen mutuamente. ¿Pero cómo? ¿Qué influencia tiene el espacio de las corrientes en la ciudad física? ¿Importa aún la especificidad de un lugar en la sombra ominosa de la ubicua Internet?

En este momento crucial en la historia cultural humana, se suponía que la distancia ya no importaba, que había terminado. La fisicalidad parecía perder toda relevancia porque fue eliminada por la red de conexión de Internet. Todos los lugares eran equivalentes, se decía que se podía transferir información de inmediato a todas partes y a todos.

¿Por qué debería importar dónde estoy cuando estoy conectado? La era de la información postal eliminará pues las limitaciones de la geografía. “La vida digital dependerá cada vez menos de estar en un lugar determinado en un momento determinado y la transferencia del lugar en sí será posible”, escribe el fundador del MIT Media Lab, Nicholas Negroponte.

La vida laboral es un buen ejemplo de esto: porque por ejemplo: ¿por qué ir a la oficina?

¿Por qué debería importar dónde estoy conectado?

La expectativa era que Internet neutralizaría la importancia de la ubicación para todos los aspectos de la vida: tanto en el entretenimiento como en el trabajo. Los instrumentos para la interacción, el comercio y la gestión de la información se han digitalizado y desmaterializado. Esto los hizo eficientes, accesibles y, sobre todo, espacialmente neutrales. La economista Frances Cairncross concluyó lógicamente esta tendencia con una hipótesis abierta, que calificó de “muerte de la distancia”. Internet introduce con ello un “futuro de las comunicaciones” que es irrelevante en la distancia.

Por poner un ejemplo:

Los cálculos sugieren que la población de la ciudad crece en un cuarto de millón por día, lo que corresponde a un nuevo Londres cada mes”.

Estas predicciones suenan drásticas, pero (hasta ahora) la historia las ha expuesto como falsas. En las últimas dos décadas, las ciudades han crecido como nunca antes. La humanidad se ha precipitado en la era de la urbanidad, y el espacio urbano está en auge en todo el mundo. Los cálculos sugieren que la población de la ciudad crece en un cuarto de millón cada día, lo que corresponde a un nuevo Londres cada mes. El crecimiento se ha acelerado desde entonces. Las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que el 75 % de la población podría ser urbana para 2050. Sólo en China, la población urbana ha aumentado en más de 500 millones en los 30 años posteriores a la liberalización económica. Esto corresponde a la población de los Estados Unidos más tres veces el Reino Unido. Incluso según estimaciones conservadoras, éste es el cambio más grande y más rápido en la humanidad que el planeta haya visto.

Al revés en la era urbana

Alguien ha dicho por ahí que las ciudades hoy son imanes humanos más que nunca. ¿Por qué? Parece que los teóricos que hablan de la muerte a distancia dada la locura colectiva en la web han olvidado algo que es central e importante para la experiencia humana: la interacción física entre las personas y las personas con el medio ambiente. El libro E-Topia, escrito en 1999 por el arquitecto y profesor universitario William Mitchell, te da cosas en qué pensar. Va un ejemplo. Mitchell, jefe del grupo Smart Citys en el laboratorio de medios del MIT, ilustra su argumento con la historia humorística de un hombre que vive en la cima de una montaña y dirige su negocio desde allí. A pesar de que trabaja en uno de los lugares más remotos del mundo, el hombre no es menos eficiente. Pero Mitchell se pregunta: ¿Qué persona normal querría trabajar así? Esta idea es intuitiva, pero también se puede probar empíricamente. Los investigadores del Senseable City Lab analizaron los datos y las citas de telecomunicaciones y descubrieron que las personas que se comunican digitalmente también se reúnen en persona. La gente básicamente quiere estar con otras personas, en un lugar hermoso y en el centro de todo: la gente quiere vivir en las ciudades.

Va otro ejemplo:

La gente básicamente quiere estar con otras personas, en un lugar hermoso y en el centro de todo: la gente quiere vivir en las ciudades”.

Las estructuras urbanas tradicionales no pueden coexistir con el ciberespacio. ¡Viva pues la nueva metrópolis en red de la era digital! Porque la realidad de hoy es una poderosa colisión de lo físico y lo digital, que refuerza a ambos: un triunfo de átomos y bits. Para perseguir eficazmente esta agenda, tenemos pues que expandir las definiciones de arquitectura y planificación urbana para incluir ubicaciones virtuales y físicas al mismo tiempo, software y hardware.

La red no reemplaza pues el espacio, sino que los dos se entrelazan cada vez más. En resumen, la revolución digital no ha abolido los espacios urbanos, ni mucho menos, pero tampoco los ha salvado. De hecho, la introducción de Internet, el espacio de las corrientes, el tejido de conexión, y que los teóricos de Cairncross a Negroponte esperaban eliminar la proximidad física, tuvo un impacto significativo en las ciudades. Las corrientes no reemplazaron los espacios, y los bits no tomaron el lugar de los átomos. En cambio, las ciudades ahora son un espacio híbrido en su interfaz. La fusión física y virtual a través de una colisión productiva, la proximidad y la creación de redes juegan hasta hoy, y hasta aquí, un papel importante.

La ciudad inteligente o controlada por sensores

El nuevo dominio del espacio urbano digitalmente integrado se ha establecido bajo el nombre de Smart City. La tecnología omnipresente impregna todas las dimensiones del espacio urbano y lo transforma en una computadora viva (parafraseando a Le Corbusier, el arquitecto suizo que, a principios del siglo XX, llevó al espíritu de la época al punto con su concepto icónico de la máquina viviente).

La nueva ciudad es un espacio fundamentalmente diferente, en el que los sistemas digitales tienen un impacto muy real en cómo experimentamos, cómo navegamos o hacemos contactos. Lo que sucede hoy en el espacio urbano es similar a lo que sucedió en el automovilismo de Fórmula 1 hace dos décadas.

Anteriormente, el éxito en la pista se atribuía principalmente a la mecánica y las habilidades del conductor. Pero la tecnología de telemetría cambió por completo la competencia. Los sistemas digitales permitieron que un vehículo se comunicara rápida y directamente con la tripulación. El automóvil se convirtió en una “computadora sobre ruedas”, monitoreada por miles de sensores y optimizada para el rendimiento en tiempo real. Los ganadores de la Fórmula 1 de hoy trabajan con vehículos inteligentes que perciben y reaccionan a las condiciones de una carrera a la velocidad del rayo. El éxito depende tanto del equipo detrás de las computadoras como del conductor detrás del volante.

Como resultado, el automóvil de Fórmula 1 se convirtió en un sistema de control en tiempo real, un circuito de control con sensores y componentes de conducción. Los sensores proporcionan constantemente información sobre las condiciones y el rendimiento, los elementos de accionamiento pueden afectar el rendimiento. Dado que los sensores y los elementos de accionamiento se informan entre sí, trabajan juntos en la optimización del sistema. En el caso del auto de carreras de Fórmula 1, pueden lidiar con las condiciones climáticas y la aceleración en una curva. Un desarrollo similar está surgiendo ahora en las ciudades, y se encuentra ya en pleno ejercicio.

El cuarto inteligente

Ya en 2001, un informe del Consejo Nacional de Investigación declaró que : “las redes con miles o millones de sensores podían monitorear el medio ambiente, el campo de batalla o el piso de la fábrica; las salas inteligentes con cientos de interfaces y aplicaciones inteligentes podrían ofrecer acceso a recursos informáticos…

De hecho, en las ciudades inteligentes, un ecosistema de sensores recopila información del espacio urbano, y varios actuadores compatibles con la red pueden a su vez transformar este espacio.

Los circuitos de retroalimentación basados ​​en datos hacen de la ciudad un campo de prueba reflexivo y un taller para la vida en red en un espacio digital y físico entrelazado con una plataforma común para la computación ubicua, el omnipresente procesamiento de información asistido por computadora. En el campo de las ciudades inteligentes, han surgido una variedad de enfoques teóricos y soluciones prácticas que abordan temas importantes, desde piratería civil hasta gestión de datos y arquitectura programable, incluso se discuten espacios sensibles autónomos.

Desde las ciencias sociales hasta las matemáticas y la economía, ahora podemos usar estos datos para responder preguntas de gran alcance sobre cómo vive la humanidad.

Estos nuevos modos influyen en el espacio digital: casi todas las acciones e interacciones generan datos hoy. La fibra de banda ancha y las redes móviles son compatibles con teléfonos móviles, teléfonos inteligentes y tabletas que son cada vez más asequibles. Al mismo tiempo, todo tipo de información se acumula en bases de datos abiertas, con ciudadanos y gobiernos trabajando informalmente.

La riqueza resultante del big data urbano ofrece un terreno fértil para la investigación, la teoría y la práctica. Lo que en el pasado, en la era analógica, sólo era evidente a partir de encuestas básicas o estudios de observación caros, ahora es inmediatamente “notable” en gran medida de manera masiva. Desde las ciencias sociales hasta las matemáticas y la economía, ahora podemos usar estos datos para responder preguntas generales sobre cómo vive la humanidad, datos que facultan a los ciudadanos para pensar y actuar, y para dar forma al espacio público; creando con ello el caldo de cultivo para una innovación urbana que recién comienza. Estamos pues experimentando una “reorientación del conocimiento y el poder” en la ciudad que es tan profunda como las transformaciones que el antropólogo Christopher Kelty percibe en el mundo virtual. Es una nueva era para la aldea global: un espacio de comunicación y vida mediado a través de Internet.

Industria 4.0

Hemos visto que lo que a menudo se llama Smart City es sólo la aplicación de una tendencia tecnológica más amplia en el espacio urbano: la difusión de Internet en el área tradicional de la arquitectura: el espacio físico. A medida que Internet se convierte en un Internet de las cosas (IoT), podemos crear una variedad de sensores y bucles de activación que antes no eran posibles. Aquí son posibles diversas aplicaciones: desde la gestión de residuos hasta la movilidad, pasando por la energía, la salud pública y la participación ciudadana. Las posibilidades en este escenario son tan grandes que dentro de unos años después de la invención de la etiqueta Smart City a principios de la década de 2000, surgió otro término para el progreso tecnológico que es aún más ambicioso: la Cuarta Revolución Industrial (4IR).

Si observamos fenómenos tan diversos como aviones no tripulados, automóviles autónomos o asistentes virtuales, podríamos encontrar muchas definiciones diferentes de lo que es el 4IR. En pocas palabras, también podríamos decir que el 4IR es lo que sucede cuando se alinean el IoT y los últimos avances en robótica.

Puede que no lo notemos, pero los robots están tan integrados en nuestras vidas que es difícil imaginar nuestra existencia sin ellos. Según la Encyclopædia Britannica, un robot es “cualquier máquina operada automáticamente que reemplaza el esfuerzo humano”. Sin embargo, para este artículo, utilizamos una definición más limitada: entendemos que un robot es una unidad que tiene sensores, cierto nivel de inteligencia y actuadores. En otras palabras, ella puede leer el mundo, procesar esta información y luego responder de manera específica.

Según nuestra definición, un robot puede tomar muchas formas diferentes o incluso inesperadas. Un termostato es un robot. Un automóvil con un asistente de conductor es un robot. Nuestro horno es un robot. Un brazalete que mide nuestro rendimiento físico cuando hacemos ejercicio es un robot. Incluso una bicicleta puede ser un robot si contiene una rueda de Copenhague, que convierte cada bicicleta en un vehículo híbrido y puede recopilar datos de nuestros viajes diarios.

Interacción con la humanidad

En este sentido, nuestra definición difiere de los puntos de vista tradicionales de lo que constituye un robot, al menos de la idea que los artistas o escritores tienen de él: son puntos de vista que a menudo van de la mano con el antropomorfismo.

El término “robot” proviene de la palabra checa robota (“trabajador esclavo” o “siervo”), que acuñó a Karel Čapek en 1920 en su obra WUR Werstands Universal Robots, ante la posibilidad, y sobre todo la amenaza, extremadamente hábil y aparentemente para describir a los trabajadores sumisos automatizados. Por lo tanto, la idea del robot se integró en un marco que se ocupa de la interacción con la humanidad. Tan profundo que el concepto de La Joueuse de Tympanon, una máquina de música con un reproductor de dulcimer, se lanzó en el siglo XVIII.

Puede que no lo notemos, pero los robots están tan integrados en nuestras vidas que es difícil imaginar nuestra existencia sin ellos

Por su parte, el mundo de las conspiraciones perseguido por películas como Terminator (1984), Robocop (1987) e incluso los nuevos Automata (2014) nos parece mucho más tentador que las aplicaciones que existen, nuestros hábitos de correr, la temperatura en nuestra habitación y controlar el proceso de cocción de un pavo relleno. Sin embargo, eso no significa que los robots contemporáneos no tengan influencia sobre nosotros. Todo lo contrario: puede parecer paradójico, pero cuanto más discreta sea la presencia de los robots, más “natural” será nuestra interacción con ellos, más fuerte será su influencia. Éste es el nuevo universo en el que vivimos hoy.

Un ejemplo es el termostato “Nest” de la compañía del mismo nombre, con el que podemos controlar de forma remota la temperatura en nuestras casas y que, si se usa, podría tener un gran impacto en el consumo de energía en los edificios. Las propiedades de Nest son apenas perceptibles, casi retiradas, y están tan lejos de cualquier diseño extravagante que nos veamos obligados a inventar, así como de nuevas formas incluso de expresarlas.

Rodeados de inteligencia artificial

Klaus Schwab, fundador y CEO del Foro Económico Mundial, le dio al 4IR un marco histórico: “La Primera Revolución Industrial utilizó agua y vapor para mecanizar la producción. El segundo fue la electricidad, que hizo posible la producción en masa. El tercero utilizó electrónica y tecnología de la información para automatizar la producción. Ahora, la cuarta revolución industrial se basa en la tercera, la revolución digital que comenzó a mediados del siglo pasado. Finalmente, el 4IR se caracteriza por la fusión de tecnologías, es decir, los límites entre lo físico, lo digital y lo digital incluso fuera de la esfera biológica”,

Las palabras de Schwab están llenas de un sentimiento de lo posible: “Ya estamos rodeados de inteligencia artificial: el automóvil autónomo y los drones que conducen, asistentes virtuales y software que pueden traducir o invertir. La llamada IA ​​(Inteligencia Artificial) ha logrado un progreso impresionante en los últimos años, respaldada por el crecimiento exponencial de las capacidades informáticas y la disponibilidad de grandes cantidades de datos. El software ahora permite el descubrimiento de nuevas drogas y predice nuestros intereses culturales. (…) Ingenieros, diseñadores y arquitectos experimentan con diseño basado en computadora, fabricación aditiva, tecnología de materiales y biología sintética para crear una simbiosis entre microorganismos, nuestros cuerpos y los productos”.

Schwab continúa: “Las posibilidades de miles de millones de personas que están conectadas entre sí a través de dispositivos móviles con una capacidad de procesamiento y almacenamiento sin precedentes son casi ilimitadas, al igual que el acceso al conocimiento. Y estas oportunidades se ven exacerbadas por los avances técnicos emergentes en áreas como inteligencia artificial, robótica, Internet de las cosas, vehículos autónomos, impresión 3D, nano y biotecnología, ciencia de materiales, almacenamiento de energía y computación cuántica”.

Nuevos modelos de producción y sus efectos en las ciudades

Hemos visto que las revoluciones industriales de los últimos siglos han transformado las ciudades. La fabricación descentralizada de hoy podría tener un impacto no menos profundo en el tejido urbano. 4IR cambiará, sin duda, las formas en que producimos y consumimos, y moldeará dramáticamente la vida de la ciudad, desde nuevas formas de producción hasta inteligencia artificial y la economía compartida.

Las máquinas controladas digitalmente, las impresoras 3D, el software de código abierto y los nuevos dispositivos para compartir permiten a casi todos diseñar y diseñar sus propios productos, ideas, casas o espacios de trabajo, a menudo utilizando datos para compartir sus experiencias con personalizaciones de entornos construidos.

Puede parecer paradójico, pero cuanto más discreta es la presencia de los robots, más fuerte se vuelve su influencia.

Mientras la producción abandona la fábrica, la producción podría, por su parte, reorientarse a la vida cotidiana. Y es que la sociedad está volviendo pues a un modelo preindustrial que es local y orientado al usuario. Las nuevas tipologías de vida para el siglo XXI pueden recordar a las casas medievales en Gran Bretaña, las tiendas Peranakan en Singapur o la Machiya en los distritos artesanales de Kioto, donde la vida y la fabricación se han fusionado.

Si no se localiza en casas individuales, la producción de productos comunitarios puede convertirse en una plataforma que se extiende por toda la ciudad. Esto crea una infraestructura abierta que convierte a los miembros de la comunidad en productores y ofrece un centro para el intercambio de conocimiento, actividades creativas y socialización. Esta visión, la superación definitiva de la zonificación desde la era industrial es ciertamente relevante para muchos países del mundo. Pero especialmente para países como Alemania, cuya población se distribuye geográficamente en una red de ciudades medianas a pequeñas.

Si el lugar de trabajo y las viviendas se convirtieran, en ese susceptible caso, en una unidad híbrida y un modelo más social, basado en la comunidad, hiciera fusionar partes de la ciudad previamente separadas, es un hecho que la estructura urbana se rediseñaría por completo.

La ciudad podría cobrar vida de una nueva manera. Más aún: cuando la división en zonas y otras medidas de planificación urbana lo permitan, sería incluso concebible el crear nuevos tipos de viviendas / lugares de trabajo en cuartos de 24 horas, donde las atracciones locales y las conexiones globales estén efectivamente vinculadas. Estas cabañas electrónicas independientes, pero no aisladas, serían los componentes realmente interesantes de las estructuras urbanas en el siglo 21.

El diseño y la producción no sólo reaccionarían de manera sostenible y decidida a las condiciones locales, sino que la ciudad también sería más habitable. Funcionalmente, las áreas residenciales y comerciales se mezclarían de tal manera que, comprensiblemente, son en gran medida homogéneas y al mismo tiempo animadas. Porque si la fábrica está en todas partes, las ciudades serán productivas a escala fina (es decir, a escala humana).

Tres grandes cambios

El primero es la capacidad de crear formas de materiales utilizando procesos aditivos controlados digitalmente, es decir, utilizando depósitos de material precisos para construir una forma con impresoras 3-D. Esto no sólo permite geometrías mucho más complejas que nunca antes, sino que también va más allá de las leyes anteriores de producción en masa y economías de escala.

Las fábricas de la era industrial producían grandes cantidades de objetos idénticos y reducían los costos mediante la repetición. Según este modelo, un artículo hecho a medida, como un Rolls-Royce personalizado, era extremadamente costoso. Con la impresión 3D y la producción digital, por otro lado, prácticamente no hay diferencia entre la producción de objetos idénticos y la de artículos únicos. Los artículos se pueden hacer al mismo costo, ya sean miles, Cientos o una sola pieza.

Esta es una inversión completa de la línea de producción de Ford, que produjo productos idénticos de acuerdo con el mantra irónico: “Puede tener el automóvil en cualquier color, siempre que sea negro”. La fabricación digital marcará pues el comienzo de una era definida por el control individual. La fábrica del futuro se centrará en la personalización masiva, y podría parecerse más a la casa de un tejedor que a la fabricación de líneas de ensamblaje en la misma Ford.

Esto por decir que las máquinas controladas digitalmente, las impresoras 3D, el software de código abierto y los nuevos dispositivos para compartir permiten a casi todos diseñar sus propios productos, ideas, casas o espacios de trabajo.

La segunda transformación, en consecución lógica, sería la posibilidad de una transición suave de la salida digital a los objetos físicos. Gracias a las máquinas sustractivas CNC (máquinas controladas por computadora para taladrar, cortar, fresar, etc.) e impresoras 3D aditivas, el código digital puede convertirse en material físico o desencadenar una acción con un solo clic.

Así como la impresora en el hogar permite que se creen documentos en la oficina en el hogar, las cosas se pueden producir de forma rápida, inmediata y fácil de adaptar. Dado que el límite entre el software y el hardware es borroso, se hace un pedido especial si es necesario. En lo futuro, el proceso de hacer objetos será más como compilar y ejecutar códigos que hacer trabajos de madera en una carpintería, que es una actividad tediosa, especializada y que consume mucho tiempo.

La fabricación digital: el comienzo de una era definida por el control individual

La tercera transformación sería el resultado de la transición fluida entre lo digital y lo físico, sería lo social. Con un software intuitivo, cualquiera puede crear un diseño por sí mismo y subirlo en línea para compartirlo con amigos, comunidades o el público en general.

El arquitecto David Benjamin, quien en su trabajo empuja los límites del material físico y el proceso social, escribe sobre este desarrollo:

“Es mucho más fácil usar herramientas (digitales) y el equipo es más barato, lo que hace que los proyectos sean cada vez más interesantes. Pero lo más importante, una comunidad crece en torno a tales proyectos: las personas llevan a cabo un proyecto, publican el proceso y sus resultados, para lo cual otras personas tienen preguntas sobre cómo lo hicieron, discuten el proyecto. Una vez que existe esta comunidad donde las personas comparten sus proyectos con un espíritu de código abierto, todo esto es imparable. Esto no se trata principalmente de cuestiones técnicas; las cosas sociales cuentan”.

Un mercado que venda artículos descargables e imprimibles podría reemplazar muy bien ahora a los diseñadores profesionales o darles un nuevo rol. Esto daría como resultado una economía alternativa, impulsada por transacciones financieras o sociales. El proceso de fabricación en sí podría tener lugar en el hogar, en casas individuales, si las impresoras 3D fueran tan ubicuas como las impresoras de inyección de tinta, o en instalaciones de producción a nivel de vecindario. Esto no se trata principalmente de cuestiones técnicas; “las cosas sociales cuentan”.

Red mundial de comunidades locales

La construcción de una red global de comunidades locales basadas en instalaciones de fabricación de vecindarios es la visión del programa FabLab que comenzó en el MIT. Desde la apertura del primer FabLab en 2001, se han creado como se sabe muchas tiendas nuevas en todo el mundo, en el campus, en los centros de las ciudades, en las aldeas. Ofrecen herramientas para la fabricación digital y física. Los proyectos resultantes tienen una conexión local porque las comunidades se unen para resolver problemas o desarrollar nuevas ideas. Y es que cuando la gente diseña y construye tecnología por sí misma, se vuelve local, instrumental y práctica.

Por ejemplo, en un FabLab en Noruega, los pastores hicieron etiquetas de identificación de radiofrecuencia para rastrear ovejas itinerantes. El fundador de FabLab, Neil Gershenfeld, explica la idea y el desarrollo del proyecto en una presentación de TED:

“En lugar de hablar, le daría a las personas herramientas. No se supone que esto suene provocativo o importante, pero reunimos estos ‘FabLabs’ y explotaron en todo el mundo (…) La verdadera oportunidad es utilizar el ingenio de todo el mundo para diseñar y producir soluciones locales a los problemas locales”.

Y es que, dentro de la nueva aldea global, y a casi 60 años de la publicación de Galaxia Gutenberg (The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man), ésta es una nueva forma de empoderamiento: los FabLabs permiten a las personas cambiar el mundo que los rodea, o “piratear” en lugar de absorber pasivamente la información y hacerse cargo de los productos terminados. Porque cuando la gente diseña y construye tecnología por sí misma, se vuelve local, instrumental y práctica.

Los FabLabs son por ello lugares donde no sólo produce, sino que también se aprende. Lo que importa es que cada laboratorio es el núcleo de una comunidad centrada en la fabricación, con muchos laboratorios que ofrecen cursos semanales, talleres y eventos sociales, y cuyo mensaje, según FabLabs, es que los otros cinco mil millones de personas en el planeta no son sólo sumideros donde fluye la tecnología, sino también son “fuentes”, y están impulsados ​​por una nueva forma de fusionar educación, experimentación y creación al mismo tiempo.

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