No sé cuándo, pero llegará el día en que lo tenga en mis manos.

Me refiero al pesado y grueso volumen que contenga un estudio pormenorizado, y bastante sesudo, sobre el brillo, sobre la fascinación que despierta en el hombre pulir las cosas hasta abrillantarlas y conseguir un espejo que refleje la mano y cara de su artífice.

Admito sin pena no tener los méritos suficientes para aventurar su título, pero apuesto que mimetizará a los rotulados en obras propias del siglo XVIII. Por ahora, me contento con imaginar un probable índice de contenidos extravagantes pero pertinentes. Quizá su autor, sospecho que será un húngaro con ascendencia otomana, no opte por la ordinaria columna vertebral que ofrece una cronología disfrazada de historia; esa que suele arrancar con una vaga suposición a partir de restos arqueológicos y que escala hasta las inmediaciones de nuestros días.

Claro, esto no significa aborrecer de la historia, ni mucho menos desterrar la presencia de Clío en esas páginas, sólo que no será la principal anfitriona. Considerando el exotismo de dicha obra, cabe pronosticar metodologías mestizas, además de inmunes a la demolición que practican críticos académicos de gabinete.

A ratos nuestro autor húngaro-otomano se valdrá de la más penetrante fenomenología para que a nosotros, lectores calados, pero no muy prestos a las sutilezas, nos aparezca diáfano aquello que estaba oculto en el estiércol de lo ordinario

Otras estrategias, de esa inteligencia sui generis, lo llevarán a considerar el legado de las diferentes escuelas comparativistas en territorios filológicos, culturales, tecnológicos y religiosos para aseverar lo delicado de su empresa, a veces teorética, otras flagrantemente pragmática. Qué decir sobre las observaciones que enfatizaran el lento, pero nunca detenido, cambio fisiognómico de las extremidades que pulen objetos variopintos; de los avances, en términos médicos, que supuso el tratamiento de luxaciones y reumas provocados por esta empecinada tarea, legada a esclavos y artesanos altamente especializados, pero perfeccionada sólo por los obsesivos compulsivos aún no clasificados en manuales de psiquiatría.

Se me antoja, en definitiva, leer con paso de tortuga, de caracol depresivo, los parágrafos dedicados al pulimiento de piedras y dientes, de metales y maderas, de vidrios y cueros, todos ellos receptáculos del brillo, además de otros objetos ajenos a mi rustica fantasía, pero presentes en las más complejas maquinas y artefactos, sean estos pequeños, como los relojes de pulsera, o enormes, como los motores de un trasbordador espacial.

Esta indagatoria seguro arrojará, al escrutinio de nuestra curiosidad, los diversos objetos que surcan, raspan, cepillan, lijan y soban superficies para hacerlas luminosas. Armeros, herreros, joyeros, ebanistas, carpinteros, iluminadores, optometristas, lavalozas, personal doméstico y más de algún equinologo figurarán en este mamotreto como personajes históricos o míticos, que protagonizaron hitos injustamente borrados, o encumbrados por una historiografía chapucera y ruin. 

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El polvo, la mugre, la corrosión y demás lacras serán remitidas en esa obra como intrusos, enemigos y fenómenos non gratos, aunque inevitables, para el quehacer de los pulidores y lustradores. Cómo, me cuestiono con morbidez insensata, escribirá el autor de semejante libro la epopeya que supuso pulir el Coloso del Sol, en Rodas (Solis colossus Rhodi, así lo refiere Plinio el Viejo en su Historia natural: 34.18.3), qué tecnología hubo que inventar ex professo para darle el acabado de espejo a todas la joyas y piezas ornamentales de las tumbas egipcias.

Escofinas, limas, lijas, arenas y paños de los más variados calibres rebosarán en las ilustraciones, viñetas y fotografías de la soñada obra escrita por el autor húngaro-otomano

El hombre ha escrito libros de todos los temas habidos y por haber desde que horadó una superficie con fines administrativos, nemotécnicos, para dejar testimonio de sus actividades y sueños.

Habrá quien piense que deliro, y no errará en su suposición, cada empresa humana implica un inevitable paseo en los reinos de la fantasía y la locura, de otra manera aún seguiríamos sólo los frutos caídos de los árboles. Deliro, también, a causa del cansancio y del punzante dolor de brazo que me ha dejado bolear dos pares de mis zapatos. Ahora parecen espejos las puntas de los Double Monk Strap y de los Oxford.

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Soy frívolo, lo admito. Boleo mis zapatos de manera obsesiva, hasta conseguir que la punta sea un espejo, hasta que un brote de neurosis sea reducido a suspiro, a mero carraspeo.

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De las pocas lecciones que me dio mi padre, donde la habilidad con las manos es primordial, puedo recordar, con detalles precisos, aquellas que me instruían en los diferentes nudos de corbatas, además de las que tuvieran que ver con la elección, uso y mantenimiento de los zapatos. No de otro calzado, como las zapatillas deportivas, de las cuales no era afecto mi padre.

La pedagogía de mi padre, más próxima a los métodos de un Orbilius que a las de un Quintiliano, eran efectivas. Al cabo de dos o tres estrujadas y unos moquetes, yo ya sabía cómo tomar un cepillo y cepillar los zapatos, cuándo y cómo aplicar tintas, cremas y grasas y qué cantidad de trapazos eran necesarios para conseguir un brillo de espejo. Sigo, con algunas variaciones, boleando mis zapatos como en aquellos años de infancia. Quizá por que la situación económica no era la más favorable, mi padre me inculcó cuidar con esmero los zapatos que me compraba, pocos en realidad, pero de excelente calidad.

Fui de los pocos y últimos niños que iban a la primaria con zapatos de suela de cuero. Lo odiaba, no tiene caso idealizar ese episodio de mi vida, porque me impedían jugar con destreza al Chute o a La traes, porque era propenso a los resbalones y tropiezos que despertaban las burlas y carcajadas crueles de mis compañeros. Hubo un tiempo en que me sentí culpable por el brillo de mis zapatos, me conmiseraba del calzado de mis amiguitos, feo y corriente en la mayoría de los casos, nulamente aseado, siempre opaco y quebradizo por falta de hidratación, y en algunos lamentables casos, trozado de las suelas por el uso continuo.

Veía los zapatitos de mis compañeros y deseaba, en silencio, que anduvieran descalzos para evitar la lástima que me generaban esos diminutos ataúdes recién exhumados de algún panteón antiguo.

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Tuve, como todo individuo, mi período de rebeldía. Y una de las maneras en que desafiaba a la autoridad, sobre todo la de mi padre, era no asear mis zapatos, de hecho, no calzar zapatos, sino tenis, sucios como el alma de Calígula, o botas de minero, con todo y lodo incrustado.

A ratos cedía en mi rebeldía y me ponía los zapatos más viejos y deteriorados que me encontraba bajo mi cama. De haber tenido a la mano el poema My Shoes, de Charles Simic, seguro lo habría hecho mi himno

Aquí va una traducción que encontré de ese poema, realizada por Gustavo Solórzano-Alfaro:

Zapatos, la cara oculta de mi vida interior: / dos bocas abiertas y desdentadas, / dos pieles de animales parcialmente descompuestas / que huelen a nido de ratas. // Mi hermano y mi hermana, quienes murieron al nacer, / extienden su existencia en ustedes, / y guían mi vida / hacia la incomprensible inocencia. // ¿Qué sentido tienen los libros para mí / cuando en ustedes es posible leer / el evangelio de mi vida sobre la tierra / y aún más allá, de lo que está por venir? // Quiero proclamar la religión / que he diseñado para su perfecta humildad / y la extraña iglesia que estoy construyendo / con ustedes por altar. // Ascéticos y maternales, perduran: /parientes de los bueyes, de los santos y de los condenados, /con su muda paciencia van formando / la única y verdadera imagen de mí mismo. [Shoes, secret face of my inner life: / Two gaping toothless mouths, / Two partly decomposed animal skins / Smelling of mice-nests. // My brother and sister who died at birth / Continuing their existence in you, / Guiding my life / Toward their incomprehensible innocence. // What use are books to me / When in you it is possible to read / The Gospel of my life on earth / And still beyond, of things to come? //I want to proclaim the religión / I have devised for your perfect humility /And the strange church I am building / With you as the altar. // Ascetic and maternal, you endure: /Kin to oxen, to Saints, to condemned men, / With your mute patience, forming / The only true likeness of myself.]

*

Rebeldía intermitente, porque no quedó arrumbada en un solo período de mi vida, sino que reaparecía con jovialidad cada que me sentía obligado a seguir un código de vestimenta. Aún en mis años de estudiante de filosofía persistía en el pésimo gusto de calzar unos inmundos Converse, o unas botitas para senderismo que daban la pinta de haber resistido una caminata de León al Desierto de Atacama. 

Hace pocos años tuve unos huaraches que me ponía para llevarle la contra a una novia, sobre todo, para avinagrarle el ojo a sus padres, que me consideraban indigno de su princesa chichimeca.

Hoy contemplo mi rebeldía, a través del calzado, como un gesto bobo y torpe, como una subversión de a mentiritas. Un acto verdaderamente transgresor para mí, sería calzar unos Oxford de cuero sin bolearlos, por fortuna no lo he hecho y ni me viene en gana intentarlo. Tiene sus ventajas ser reaccionario intermitente.

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Espero que el autor húngaro-otomano vuelva la vista al arte de bolear zapatos y se detenga para estudiar el caso. Se me antojan sus observaciones eruditas respecto a la elección de las grasas y cremas para el calzado, la desmitificación de Saphir Medaille d’Or Cordovan, la dialéctica del paño y el cuero, las réplicas a un Christian Louboutin, los aciertos de un Salvatore Ferragamo, la gloria y caída de los Steve Madden. En fin, puros delirios de cansancio.

Lo cierto es que la punta de esos Double Monk Strap y la de los Oxford son ahora un espejo que refleja la cara de un orate que a ratos me resulta un desconocido.      

  • Ilustración: Andrea Valenzuela
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