Es temprano y el cielo está ligeramente nublado, cae una lluvia mustia, a penas moja el piso.





A las claras estrellas orientales

que palidecen en la vasta aurora,

apodó con palabra pecadora

gallinas de los campos celestiales.

Tan ignorante del amor divino

como del otro que en las bocas arde,

lo sorprendió la Pálida una tarde

leyendo las estrofas del Marino.

Jorge Luis Borges

Noto cómo el aire que circula en el jardín es lento, quejumbroso, como un anciano ya cansado de dar bastonazos al perro que lo acompaña. Esa sutil presencia del viento trae consigo el olor de las flores de cempasúchil, el aroma a copal y a semillas frescas de calabaza.

Todo lo dispuesto para la celebración de Día de Muertos. Las ánimas, quizá, ya se pasean frente a mí sin que lo note. Más de alguna verá la imagen suya en las portadas de los diarios, recordará el reciente cuerpo que abandonó;  y otras, ancestrales, notarán que todo sigue cambiando, que el mundo es el mismo pero no sus muebles, que nosotros, hombres de carne y hueso, seguimos actuando como sus contemporáneos, unos empeñados en la bajeza y otros redimiéndose de los lastres y escollos a donde su conducta y actitud los ha llevado.  

Salgo de este ensueño con la visita del primer cliente, es don Toño, que pide sus dulces de cajeta no sin antes saludarme con cierta ternura. Su mirada, ahora que presto atención a ella, me recuerda la pintada en un retrato al óleo del que en este momento no sé a quién atribuir, es decir, ni me acuerdo del pintor ni del personaje pintado. Pero dejo el lápiz, hay que darle el cambio a don Toño.

*

La duda no me dejó dormir. El problema de una mente obsesiva como la mía es que dice “voy a descansar hasta que recuerde tal o cual cosa y luego la pueda cotejar para comprobar que estaba en lo cierto”. Mentira: después de una obsesión pasa a otra, y así ene cantidad de veces. “L’enfer c’est les autres“, escribió desatinadamente Sartre, al sostener que hacemos de verdugo cuando juzgamos a un otro.

Yo creo que rara vez ese otro se entera de los juicios a los que le sometemos, y por ende, no los padece tanto como quien los genera, flagra o profiere. A mi entender, el infierno soy yo mismo, mi propia mente obsesiva es ese Seol, Hades o Gulag

Así pues, dando vueltas a la cama y piruetas a ciertas asociaciones, comencé a ligar y atar cabos para recordar al personaje de la mirada parecida a la de don Toño. Tenía que ser un escritor, dado que la mayor parte de los retratos que conserva mi memoria son de éstos al dedicarme yo a lo mismo.

Definitivamente era antiguo, pero no tanto, calculé que la imagen que aparecía en mi mente, al ser un óleo, databa de entre 200 a 500 años. Como me gusta el número 4, por razones y manías que aquí omito, elegí que tal óleo pertenecía a un autor de hace más o menos 400 años.

Descarté a escritores ajenos a la iglesia católica, en la imagen colocada en mi recuerdo dicho personaje trae sotana. Intuí que era español y revisé algunos libros de historia de la literatura española, me concentré en el siglo XVIII. Y eureka. Ahí estaba el cuadro que recordaba. Baltasar Gracián. El autor de dicho cuadro es anónimo, aunque recuerdo que lo llegué a ver atribuido a Velázquez, pero ya no iré más lejos, le digo a mi obsesión que se le tachará de erudición falsa y, orgullosa como lo es, desiste de hurgar en más libros o documentos.

Son ya las 5 am, intentaré descansar un rato antes de salir rumbo a la caseta. En unas horas más le comentaré a mi vecina, la cual está levantado un altar de muertos sin saber a quién erigirlo, que le propongo a Gracián. Estoy seguro, con lo loca que está la Vieja española, que no chistará en acepar mi sugerencia.

*

Gracián tendrá altar de muertos. Me lo acaba de confirmar mi vecina. Sólo que me ha pedido, cómo sólo ella sabe hacerlo, que le lleve una imagen del muerto a celebrar y algunos detalles sobre sus gustos.

Hombre amigo, yo sé que le puedo tocar los güevos demás con lo que le pediré, pero traiga la foto del escritor que me menciona, algún escrito o libro del difunto, datos personales de él, sus gustos culinarios y todo cuanto considere necesario para el altar, ya os habrá dado cuanta que soy nueva en esto de los altares”.

Creo que no debí abrir el pico y dejar a la española que siguiera a lo ciego haciendo su altar.

*

Pese a que me tomo el encargo con algo de mala gana, me hago de una imagen con buena calidad del retrato de Gracián. Lo imprimiré en tamaño tabloide y lo haré llegar, junto a otros detalles, a mi vecina, la Vieja española. A ella le gusta que la llame de esa manera, Vieja, porque dice ya tener sus años, aunque, dicho sea de paso, no es propiamente una anciana.

*

La pereza me tienta. Ella me aconseja que le lleve una miserable y vulgar biografía de Gracián tomada de Wikipedia.

El descaro suma a ese consejo que la firme con mi nombre. Dubito. No tengo problemas con el plagio, que es más socorrido de lo que ciertos usuarios están dispuestos a aceptar, pero, creo, hay niveles y decoros en este arte

Depongo los consejos de mis aliados mentales, que nada mansos me recuerdan la Apología del plagio que escribió Anatole France para no desestimar tan tajantemente sus argumentos. Y respondo que el premio Novel de 1921 no  celebraba procedimientos tan barbaros o cínicos, sino que aludía con sutileza a que: “Cuanto más grande, sincero, alto y veraz es el arte, las combinaciones que admite se hacen más simples y, por si mismas, banales, indiferentes. No tienen más precio que el que les da el genio”.

Así que leeré lo que me salga al paso en los bancos de soporíferas monografías académicas, de ahí tomaré algunos “prestamos”, a la manera en que Borges lo hizo con Papini. Y en caso de que algún visitante al altar de muertos, erigido a Gracián, atine a descifrar mis trucos, en la nota biográfica que redactaré, le responderé como hizo el mismo Borges entorno a la controversia con el autor de Gog:Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz; el olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria”.

*

Leo el apunte anterior después de unas horas, y me cuestiono: ¿Cabe la posibilidad que alguien, además de hijos y marido de la Vieja española, pare frente al altar de Gracián y lea la nota biográfica y que, además, reparé en ciertos prestamos tomados de los intestinos de monografías en torno al Siglo de Oro español?

La respuesta es un NO brutal. Me sonrojo de pena.

Aun así insistiré en no copiar y pegar la vida y bibliografía del jesuita aragonés. Mi vecina tendrá algo que me obligue al ingenio. Como el que noto, con ciertas reservas, en un ensayo de José de la Colina (Letras Libres N°26, febrero 2001), que lleva por título: Baltasar Gracián. A

Ahí de la Colina se vuela con genio y toma prestado de manera sagaz ciertos pasajes de la Introducción a El Criticón (Edición crítica y comentada por M. Romera-Navarro, catedrático de la Universidad de Pensilvania, Tomo Primero, Philadelphia, University of Pennsylvania Press Published in Co-operation with the Modern Language Association of America. London: Humphrey Milford: Oxford University Press. 1938).

Tomo nota de la astucia de José de la Colina y preveo reutilizar el recurso.       

*

Escrita con cierta avaricia, mi nota bio-bibliográfica de Baltazar Gracián ya está guardada en un sobre. No sobrepasa la cuartilla y media. Añado otro sobre más al paquete que entregaré a la Vieja española. D

Dicho sobre, amarillo como la cara de un enfermo de cólera en pleno siglo VXII, lleva por título lo siguiente: “Carta recibida desde el mismísimo infierno, sin maculas de ‘alegorías frías y metáforas cansadas, al jesuita B. Gracián, la cual leyó ante 4 mil fieles creyentes en la Ciudad del Turia para que éstos no incurran en ensoñaciones de aves o flores’ ”.

Sumo a ambos sobres un par de cuadritos, el primero con la cara de Schopenhauer y el segundo con la jeta de Nietzsche

Y ya como pilón, trascribo, en unas hojitas que dan la pinta de ser muy antiguas, dos sentencias del Arte de la prudencia del celebrado jesuita B. Gracián, del que en su tiempo se decía: Ingenium bonum etjudicium, bonus in litteris profectus…, cholericus, sanguineu.  

*

La Vieja española recibió con gusto el paquete que preparé para que honrara a Gracián con su altar de muertos.

Joder Pedro, que te has mandado con estos regalitos, yo misma me encargaré de colocarlos con sumo cuidado…, pero, dime, quiénes son estos dos monos de los cuadritos, tienen cara de que les hubieran arrancado la flor del culo…”.

Le comento, a las prisas, que ambos son alemanes y que fueron lectores asiduos del celebrado. Tanto, que uno de ellos lo tradujo. “¿Quién?”, pregunta la Vieja española, y señalo con mi índice a Schopenhauer.

Joputa, vaya que es feo el tipo”, dice mientras quito el dedo. Antes de irme, la Vieja me lanza una última pregunta, “¿Seguro que estos tres espíritus son amigables, tranquilos, sobre todo los teutones, que no me dan buena espina?...”.

No tenga la menor duda, le contesto, y guiño un ojo para darle una seguridad eminentemente ficticia. Yo, en lo particular, no me asomaré el día de muertos al altar, no vaya a ser que sí vengan esos espíritus y… 

*     

Aprovecho para transcribir aquí las dos sentencias de Gracián que le regalé a la Vieja española:

22. Cultiva el buen conversar. La fina erudición es herramienta de discretos y cuidadosos. Es bueno que en tu conversación muestres estar al corriente de todo, más de lo importante y menos de lo superfluo. Es bueno tener frases graciosas en cantidad suficiente, tener galantería en el comportamiento, y saberlas emplear oportunamente. A veces es más efectiva una nota de humor que la más grave y profunda cátedra. La sabiduría en la conversación les valió más a muchos que las siete artes liberales, con ser tan importantes profesiones.

43. Tu verdad, dila a los menos, y a los más, di lo que desean oír. Querer ir contra la corriente es un error que lleva tanto al desengaño como al peligro. Sólo un gigante como Sócrates se atrevió a hacerlo. Cuando expresas tu disentimiento, el otro casi siempre lo interpreta como una ofensa, debido a que estás condenando el juicio que él había expresado. Haces que se multipliquen los disgustados contigo, pues se molesta la persona que contradices y quienes aplaudieron lo que ella dijo. La verdad es de pocos, el engaño es de muchos y vulgar. Nunca conocerás al sabio por lo que le oyes decir en la plaza, pues allí él no dice lo que siente, sino lo que desea oír la necedad común, aunque en su interior él sepa que miente. El hombre cuerdo huye de ser contradicho al igual que de contradecir. Tan pronto tú contradices una idea, tu actitud se interpreta como que deseas detener esa idea, anularla, que no se difunda más, coartarla por equivocada. Como la gente siente amor por la libertad, no debes herir ese sentimiento, al contradecir al que opina. Así que a la gente, dile lo que oír quiere. Luego, retírate al silencio sagrado de los sabios, y tal vez permítete decir y contradecir lo que sientes a la sombra de pocos, y de cuerdos y sensatos.

  • Intervención gráfica: Ruleta Rusa