La sesión se abre con el sonido de ‘Who Dun It?’, de Blue Mitchell, jazz funk sensual. Un bajo persistente, sax y trompetas acompasados, batería saltarina. Aparecen entonces los modelos. Ella, B. Y él, Diego. Es hora de comenzar a dibujarlos. Desnudos.

El departamento es espacioso. Tiene la clásica sala de tres piezas. Decorado ecléctico. Los muros son blancos. Del techo cuelga en mitad de la sala una lámpara-campana de barro. Hay una estantería de madera con diversos artículos. Una pequeña mesa de hierro forjado. En uno de los muros una bellísima acuarela con flores plumbago y violeta. Dos focos de luz blanca, fluorescente. Una larguísima tela negra, rectangular, en el piso.

La sensación es un poco extraña. Uno no ve cotidianamente a un par de personas sin ropa. Tranquilamente posando. Uno no ve cotidianamente a gente dibujando a esas personas. Sin alterarse. Ninguna de las partes. El morbo no tiene cabida en esta sesión de dibujo con modelos desnudos.

Es la primera vez que poso como modelo (…) estoy relajada… y emocionada, porque nunca había hecho esto. Y qué mejor que ayudar a personas que están practicando el dibujo. Ver más allá del morbo, realmente enfocarnos en la esencia del cuerpo…en su perfección o imperfección”, me confía, minutos antes, B, una joven leonesa menuda y curvilínea, de 23 años. Respira profundo, hace flexiones con sus manos y cuerpo. Respira profundo. Le ha tocado siempre estar del otro lado, dibujando.

Ahora B es a quien van a dibujar los asistentes. Por ello respira profundo

El estudio ‘Desnudarte’ nació en marzo de 2017. Es una iniciativa de una ex estudiante de Artes Plásticas y actual gestora cultural. Minca Juniday Alemán tiene 30 años y antes fue modelo de desnudo, en la CDMX. Ahora impulsa este espacio en León, una ciudad conservadora donde, dice, aún existe el tabú al cuerpo.

Esto nace porque no veía la cuestión del apoyo a artistas emergentes (…) dije: ‘voy a hacer algo que te guste, que no sea nada más artístico sino que venga con desarrollo social (…) y es ahí donde meto los objetivos (del proyecto), y más en León donde mayoritariamente es católico, y veo que esa parte del desnudo lo ven como algo más cerrado”, expone sobre sus motivaciones Minca, una joven mujer de largo cabello trenzado –con estilo rastafari suave- y una sonrisa que aspira a ser impoluta.

Minca cobra 60 pesos a cada dibujante y una parte de ello lo entrega a los modelos, pero a ellos no les importa el dinero. Se desnudan por amor al arte. Ella permanece siempre sentada a la mesa de un modesto comedor para cuatro personas, frente a la computadora que marca el ritmo musical e Isabel Ibarra, quien marca el tiempo escrupulosamente con cronómetro en mano.

Cada pose tiene un tiempo. E Isabel es la encargada de hacer se cumpla

Dibujar la figura humana es un reto.

No. Sería muy pretencioso si te dijera eso (que tengo una conceptualización del arte). Este tipo de actitud te abre la mirada, dejas de ver por un ‘tubito’ y tienes una mirada más amplia de las cosas”, me ha dicho Diego Vega, el modelo masculino, minutos antes de aparecer sin ropa ante los cuatro dibujantes que preparan lápices de color, hojas en blanco y el ojo clínico para plasmar cada detalle de los cuerpos al natural que se muestran ante ellos.

Diego dice que es algo diferente desnudarse frente a ojos desconocidos, pero a los tres minutos esa preocupación es menor porque ya está pensando en no cansarse, en no moverse.

Este joven de 30 años. Atlético. Luce en su cuerpo una simbología de imágenes que le describen. La cabeza de un elefante hindú multicolor adorna su pectoral. Una concatenación de planetas desciende por su antebrazo izquierdo. El título de un grabado de Goya domina su antebrazo derecho con perfecta letra manuscrita : “El sueño de la razón produce monstruos”.

Ecos del pasado. 

Isabel Ibarra es una chica cariredonda. Tiene un aire de musgo y lluvia. Quizá porque proviene de un pequeño pueblo montañés de San Felipe, cercano a la Sierra de Lobos, de donde salió dispuesta a cambiar su mirada del mundo. Quizá por ello ahora estudia Comercio Internacional y  es co-responsable de que exista Desnudarte.

Me gusta este proyecto, porque es romper con los estereotipos. No es para las modelos 90-60-90, realmente es para romper esos estereotipos y ver el cuerpo de forma artística (…) –¡tiempo! ¡cambio!-“,  grita para que no se olviden que el segundero del cronómetro marca una nueva pose.

Isabel ya lleva ocho años en León. Y asegura que le ha cambiado la visión, de una comunidad cerrada pasó a ver las cosas naturales. Dejar de ver cosas tan pequeñas para ver cosas panorámicas.

15 segundos, 5 minutos, 15 minutos, -la última pose más definida- 35 a 45 minutos. Es lo que duran los tiempos marcados por Isabel y el cronómetro

Los leoneses son gente sin miedo o complejos.

B y Diego están desnudos. Improvisan su caracterización con una facilidad que sorprende. Él toma un sombrero hipster, un pañuelo negro con motivos arabescos en blanco para adornar el cuello, y un delgado bastón donde descansa sus manos en una pose estilizada. Ella, sentada en un alto banco de madera, luce un collar huichol, una banda celeste que ciñe su frente, unos lentes redondos de sol estilo hippie y un ramo de flores artificiales. Como detalle especial, B añade el símbolo del pace and love con dos dedos de su mano derecha -el índice y el medio-.

Me enamoré del proyecto (…) el cuerpo desnudo es un espacio de todo, tabú, esclavitud…es la belleza”, me expresa con tranquilidad y sin despegar la vista del lápiz color pastel marrón -un Conté 1355-, Ivone Ramírez. Y repentinamente voltea, un instante, para verme con sus ojos marrón y una sonrisa amable. Luego vuelve a concentrarse en el dibujo de los cuerpos desnudos.

Xavier y Alejandra están tan ensimismados en el dibujo de esos cuerpos en flor, que no me atrevo a preguntarles algo. Xavier dibuja con la velocidad de un relámpago y Alejandra con la paciencia de un corazón que late

Eros y Psique.

Es la segunda semana (que vengo). Vi su cara cuando dibujó. Vi que tenía dos opciones, quedarme allá afuera o subir con ella (…) La primera vez que vine me habló mi Mamá, y le dije: ‘estoy en una sesión de desnudos’. Me dijo:’¿Te encueraste?’. Y le dije: ‘No Mamá. No me encueré’ (…) en la semana llegamos (Ivone y yo) a casa. Y me desnudé y le dije: ‘dibújame’. No es fácil”, me expone Marco Vázquez, un arquitecto proyectista de 29 años de edad y esposo de Ivone, sin despegar la vista del dibujo a simple bolígrafo, con punta fina, sobre una libreta de estilo francés, donde atrapa el instante en que Diego posa alejado del mundo reposando ambas manos sobre el espigado bastón de madera con motivos multicolor.

La sesión transcurre con cinco poses y caracterizaciones distintas. Ahora es Diego en solitario. Ahora son B y él en versión hippie-hipster. Ahora son ambos en una situación donde B domina con un aire bondage. Ahora son ambos sentados con aires orientales –turbantes de por medio-. Y al final ambos en una pose hermosa que refleja el poder del cuerpo desnudo y el amor secreto.

Después de dos horas, la sesión ha terminado. Cada sábado de 5 a 7 de la tarde ocurre este ritual de lo habitual. Pero no son siempre los mismos modelos. Minca me confía que hace poco una chica robusta se atrevió a desnudarse. Quería sentirse liberada de sus complejos físicos.

Antes de salir del departamento, que se ubica en una céntrica calle de la ciudad de León, no resisto y le pregunto a B sobre su experiencia. Me llama la atención el letrero que está fijo en la puerta: “Está prohibido salir de aquí sin antes haber sonreído”.

Me sentí más liberada… es algo como desprenderse…”, dice B, la chica de cabello castaño que desnuda, en un sillón barato asemejó por un momento a la Olympia de Manet, con un delicado listón  negro al cuello y la quietud de una carne ajena al mundo, como una estrella que arde. Ya con la ropa puesta se ve extraña. Entonces alcanzo el pasillo que me lleva fuera. Hacia la ciudad, otra vez.

Y sonrío.

  • Fotos: Ruleta Rusa