La nostalgia es un concepto moderno, afirma Diego Garroncho.

Nostalgia es el término que se le dio al mal del país, que consistía en echar de menos la casa materna, cuando te destacaban en una misión militar. Generó una enfermedad que, en España, se conoce como el mal del corazón. No era solamente un dolor frente a la hostilidad del campo de batalla, nunca sencilla, también afloraba una experiencia como la de echar de menos la casa, las canciones, la fruta del árbol de la cuadra, la voz de la madre o el barullo de los vecinos. Echar de menos más que extrañar solamente, eso es nostalgia. 

En griego, esto nos lo dijo Donald Draper en uno de los capítulos de Mad Men, etimológicamente significa “dolor de una herida vieja”. Agrega que no es solo el recuerdo, punza el corazón. Evocar con nostalgia, más que una recuperación, es una máquina del tiempo que restituye poco menos mediocres las experiencias que debieron serlo. En el regusto aparecen como heroicas, que tienen su espacio en las charlas con los otros.  

Dice Garrocho que tenemos derecho a la nostalgia en nuestro tiempo porque somos una generación exigida a mirar con cierto aire mítico, pues se nos ha truncado la esperanza de futuro. Aquello que inauguró el concepto fue la conciencia de finitud. Por eso es que es un sentimiento alienante y, como las drogas, también necesario, porque la realidad no es suficiente. 

La ficción que significa narrar en retrospectiva con cierto objeto de rescate o buscando conmover puede ser ilusa pero también legítima.

Pienso que no solo busco recordar o traer a la conversación un hecho sino componerlo de tal manera que hable de momentos decisivos, como los que cada uno en nuestras existencias medianas cree haber tenido: la nostalgia tiene su cabida y su legitimidad en la propia biografía

Concuerdo con Garroncho. Pienso, como él, que tenemos derecho a hacer de nuestra vida algo menos inocuo de lo que verdaderamente fue. Si recordamos el primer amor, aquel viaje, ese encuentro, la imagen del profesor que nos enseñó a ver en un libro algo que no entenderíamos por nosotros mismos, nada tendría algo tan noble de por sí. Esos hechos vistos objetivamente son borralla. 

Por eso es que la nostalgia es un derecho que permite vivir, no como los mediocres que hemos sido sino con algo de esperanza de haber sido protagonistas de una historia que merece la pena. Esa cursilería de narrar otro pasado por encima del que quizá fue el real, incluso sin tanta fidelidad, es el centro de la nostalgia en donde la esperanza es retrospectiva. 

Cuando uno sale de la escuela la historia propia se detiene y el carrusel de las fotografías un poco polaroid se pone a circular. Uno se apropia de ese tiempo como si de un objeto se tratara porque es esa querencia que, en la vida adulta, es muy difícil de repetir. Es el lugar donde sucedieron las cosas y desde el que se pueden relatar como un episodio propio; que vienen a colación luego de algún testereo entre el presente y aquello que sucedió en otro tiempo, cuando fuimos otros. 

Encendí la tele hace unos días, en la habitación de un hotel, en Aguascalientes. Era un tercer piso, había muerto Javier Marías, era once de septiembre, una fecha que, para un nacido antes del 2001, tiene algo de central. En la tele pasaba un concierto. Era aquel irlandés cantando. Posiblemente es que mi estado de ánimo era un poco el de quien está ante un hallazgo, que ha descubierto algo que la nostalgia me puso en las manos en una imagen: 

Primer concierto al que asistí en el Lunario. Debe ser 2004. Vengo de Irapuato, me invitó Gina, una vieja amiga que ya no me habla, pero en ese entonces me quería, como yo a ella. Nos habíamos conocido en un Congreso, en Aguascalientes. Esa vez terminamos en la casa del Huevo, que no supe nunca por dónde era, bailando en fila india. Compartimos direcciones electrónicas y blogs. Luego, una relación epistolar que todavía guardo en alguna caja de zapatos donde compartimos lecturas y estados de ánimo. Era fanática de Elizondo, Cortázar y la Lingüística. Sospecho que ya no lo presumiría más en estos días. 

Total, éramos amigos y yo sabía que era Damien Rice ese del grito hundido en una sordina atávica gracias a ella. Aunque había escuchado canciones de él, no hubiera dado con él, menos en esos tiempos donde teníamos que ir a tiendas o ser muy sabios para dar con música, a diferencia de estos que uno solo abre el espejo con memoria en el Spotify y a buscar.  Gracias a ella, yo podía tener idea de quién era ese Damien Rice. Lo escuchaba con obsesión porque lo que canta siempre hormó con mi estado de ánimo de mis veintipocos en donde lo claro era que el mundo no me daba lo que yo creía merecer. Jodido por esa aventura donde me puse al tú por tú con una maestra -lo que se convirtió en mi lección para saber dónde buscar y dónde no y hasta cuándo- había vuelto a Irapuato.

Me había titulado después de un peripatético e inexplicable (disculpen los adjetivos, cuesta describir) proceso donde salí perdiendo, al día siguiente, debía dar clases en prepas particulares, unas de DHP y otras de redacción, sin saber hacer lo de una ni lo de la otra. Yo, al menos ahora mismo, me imagino como un monstruo pequeño e indefenso que se da cuenta de algo.

La vida era corta, me pesaba mi presente y no tenía un paisaje antojadizo más que en esas historias que amigas y amigos me contaban. Decían cosas que me sacaban del perímetro que me atosigaba. Envidioso porque los más jóvenes recibían reconocimientos como el de dar clases en universidad sin titularse aún, o los puestos institucionales, mientras que yo, que me creía el centro del mundo, titulado y todo, nada. Ser el imberbe que intentaba transitar cincuenta minutos con grupos cuyo promedio de edad estaba muy cerca de la mía aún me resultaba frustrante.

Ahí entra Damien Rice. Lo ponía todo en un aparatito pirata que simulaba ser un iPod. Audífonos y tristeza química venida de la adolescencia encendidos. Puro Damien Rice, Patti Smith y Nina Simone dando vueltas en las caminatas que hacía de escuela a escuela. Entre clases, me aplastaba en un café fuera de uno de los colegios y escribía con rabia en mi diario

Tarareaba todo. Me asalta la curiosidad de saber qué carajos escribí y podría tener unos datos abriendo un cuaderno, pero lo central en esta puesta en abismo es el concierto: 

Viajé por la tarde, iba al DF; no sé bien ni de dónde saqué la lana para ese viaje, supongo que me alcanzaban los pesos de mis clases y el dinero de una beca por escribir que me dieron ese año. Recuerdo la algarabía fuera del Auditorio Nacional. Me pareció sofisticación pura: la ciudad -qué cliché–.

Era una de las primeras veces que iba a DF en calidad de habitante o de persona en tránsito, solo. Caminé ese pasaje que todos alguna vez hemos visto con silenciosa perplejidad. Lleno de gente, el túnel de la ciencia es un pasadizo a otra dimensión que lo alejaba a uno del cordón umbilical de la Terminal del Norte, al menos para un tipo como yo que llegaba de Irapuato con el específico llamado a dejar el vagón de metro en Auditorio Nacional, extraviado, ingenuo, pero fingiendo que sabía qué estaba haciendo. 

Es muy posible que esté inventando cosas. El Lunario estaba atiborrado. Gina escribía notas y hacía la lista de canciones que conocía de memoria porque debía sacar una crónica del concierto. Ese era el motivo por el que podíamos estar ahí sin pagar boleto y por lo que uno podía sentirse invitado especial. Damien Rice cantaba y yo me sentía como rompiendo un capullo. Orgulloso de mí aplaudía y vitoreaba cada canción aunque no pudiera saber qué decían las letras, sentía que me hablaban a mí, rabiosas, largas, como gritadas desde una mazmorra. 

Final del concierto. Damien Rice exige una botella de tinto. 

Se la destapan y sirve una primera copa. Bebe como en concurso, un trago largo, dos, tres. Da unas palabras. Explica el origen de esta canción, sigue bebiendo, directo de la botella ahora. Canta: Cheers Darlin

Here’s to you and your lover boy/Cheers darlin’/I got years to wait/around for you

Le pide al público que suba con él, al escenario: apoteosis. Se chingó la botella en el transcurso de la canción. Yo, extasiado, me sentía en el mundo, por fin. Posiblemente desde esa vez me rondaba esta sensación de rabia sublimada y cada que algo me salía mal o me salía como acostumbraba salir me decía, en silencio, Cheers Darlin, como un significativo modo de decir resignación y ponerle la cara a lo decepcionante que era crecer.

También, posiblemente desde esa vez sentí que lo podía todo y que la ciudad me llamaba para regalarme noches estelares de la existencia que pueden haber sido mediocres, una como las otras, pero, para mí, merecen el tratamiento nostálgico, esperanzado en retrospectiva; relatos en donde hasta el regreso, de madrugada, para llegar -ojeroso- a dar la clase de las siete, luce como un regreso triunfal.

  • Ilustración: Damien Rice