Con otra jerga, y con otros ademanes, hay en el presente una revitalización del maniqueísmo. Abundan los chicos malos y los buenos, las hembras y los machos, los astutos y los idiotas, los que proclaman una revuelta para que este (su) asqueroso mundo cambie de paradigmas y los ilusos que edulcoran e higienizan cualquier barbarie.

Un viejo conocido cada vez que puede, bajita la mano (así le llaman en mi tierra), hace de conocimiento público su estrujada sensibilidad por medio de ingeniosos posteos, no sé por qué me recuerdan a los sermones y cantaletas del cura obeso que condena a los golosos. Creo, lo que no me exenta de estar equivocado, que muchas de las personas que protestan sin descanso por nobles causas tienen el ojo más atento en su egotismo que en las soluciones (dadas, efectuadas y en construcción) que otros individuos, menos lastimeros y oportunistas, echan a andar.

Hoy entonces es fácil, y hasta bien visto y celebrado, que hagamos de inconformes, que nos sumemos a la turbamulta que regala antorchas para quemar a algún heterodoxo, a un individuo ajeno a la normatividad de lo políticamente correcto, o simplemente, al vecino que nos choca cuando, con voz nasal,  llama a su gato para que coma. Extrañamente todos nos sentimos jueces y víctimas, nunca verdugos. Siempre estamos del lado correcto, siempre, pese a que las tesis de grado académico digan lo contrario, nos sabemos racionales, jamás lerdos o tontos, jamás fantasiosos o charlatanes.

Nos gusta jugar tramposamente al sabelotodo, al sujeto con mente abierta y receptiva, al dialogante, al sereno y tolerante, ponderamos estos valores en espacios cibernéticos, en eslóganes o en calcomanías, cuando de antemano sabemos que llegando a casa o a la oficina nuestro humor espantaría a cualquier psicótico. De buenas a primeras ignoramos todo cuanto pueda comprometer nuestra mascareta de ciudadanos ejemplares; nos comportamos con cerrazón cuando acusamos de imbéciles a los que disfrutan ver un partido de fútbol; sale sin mucho esfuerzo nuestra celotipia al momento de percatarnos de alguna mirada indiscreta que le ciernen a nuestra pareja; hacemos del monólogo auto-irónico nuestra arma (pero que nadie se atreva a decirnos fracasados o pendejos); pateamos e injuriamos al carnicero antes de reprobar que nuestra mascota de cague en la vía pública.

Sólo toleremos al comparsa, al ñero y secuaz de nuestra odisea de lombriz, al que nos apapacha y nos guiña el ojo cuando estamos dispuestos a incurrir en alguna sandez

Hubo un tiempo en que traté con un sujeto que afirmaba tener la verdad absoluta en sus manos por el sólo hecho de haber leído todos los libros de la biblioteca de su papá. Ostentaba ser parte de la New Age, ser pacifista, irradiar energía positiva, equilibrar los chacras, leer el tarot, hablar con los espíritus, respetar a todo ser vivo y demás gracias que no cabrían en un grueso tomo.

En estas fechas del equinoccio de primavera, decía y recomendaba, siempre vestir de blanco y amarrarse un cordón rojo en la cintura (para repeler las malas vibras). Cada que hablaba parecía un merolico ofertando las respuestas a las incógnitas de la vida. No le voy a dar más vueltas al asunto, el tipo me caía mal y yo a él peor. Pero teníamos que convivir en un aula. Ambos asistíamos a un seminario de estética y teoría del arte.

Del florilegio de sus argucias recuerdo que estaba a favor de erradicar toda obra artística que aludiera a lo que él llamaba pensamiento negativo, que insinuara el descontrol de las emociones o que mostrara impudicia. Por increíble que parezca, el tipo tenía quien le hiciera coro y le festejara sus dotes de orador ante la picota. En alguna ocasión llegó a acusarme de retrógrado por citar la versión de Fray Luis de León de El Cantar de los Cantares.

No eran sus argumentos de carácter filológico ni de aficionado a la literatura comparada. Sencillamente decía que referir cualquier apartado de la Biblia era asunto de gente mocha y retrasada. Preferí no hacerle la fiesta grande con una venenosa respuesta, porque sé que suelo ser visceral cuando se trata de vengarme. A partir de ese momento empleó toda su energía positiva en ningunear mis argumentos. Por supuesto que yo estaba reservando una cantidad considerable de energía negativa, o ira ciega en mis términos judeocristianos, para cuando hubiera oportunidad de aplastarlo (no fue la tolerancia la que me hizo guardar silencio ante las fanfarronadas de mi interlocutor, sino la llana timidez y la falta de agilidad en reaccionar).

Cuando por fin me decidí atacar al iluminado tocó la suerte de que no se presentó a la sesión del seminario. Pregunté a uno de sus epígonos sobre el paradero del acuariano. Recibí por respuesta una compungida frase: el pobre anda aún pedo, creo que se le pasaron los pulques en su afán de volverse más místico.

En mi cabeza se repetía, de manera obsesiva, una sentencia: pero ya lo veré

En efecto, lo volví a ver, pero a distancia. En esa ocasión él lideraba a un grupo de personas que peleaban por el derecho a pensar “diferente”, que proponían el diálogo antes que la censura. Supuse que yo y mis argumentos no eran parte de los agremiados a los que defendían. Ganas no me faltaron de irle a sacar plática y así ofrecer mis observaciones sobre toda la logorrea que empleó para censurarme. Afortunadamente fui cobarde y me seguí de largo, dejando atrás a los indignados.

No creo que toda la gente que anda en eso del New Age sea como aquel tipo. Pese a que no comparto sus creencias (las cuales considero meras mercancías simbólicas ofertadas por charlatanes), intento no meterme con ellos y dimito cada que me invitan a sus sesiones de hot yoga o de quiromancia. Nada en ellos y sus ritos pálidos me parece espontáneo y místico, sólo una caricatura malhecha de lo que para ciertas culturas era un camino de vida y no una mera exaltación de la moda. Cada que los veo presumir su pureza y santidad me acuerdo de G. K. Chesterton y de Ernest Jünger: aquellos que llevan una vida ejemplar, como los santos, los místicos o los hombres justos, jamás lo gritan a los cuatro vientos.

2

Ya hace calor y esto, según las culturas ancestrales y las neurociencias, promueve que nuestro comportamiento cambie. Las actitudes aciagas y las perspectivas fatalistas van a la baja. Mientras los homicidios aumentan en estas fechas los suicidios disminuyen. No es un cliché que en la primavera la vida fruye o fluye, según se quiera ver. Y los seres humanos no estamos exentos de ese reloj cósmico y biológico. Nuestros cerebros producen, en primavera, mayor cantidad de endorfinas (esos neuropéptidos que alivian el estrés, levantan el ánima y estimulan la respuesta sexual tanto en hombres como en mujeres) y como consecuencia hay más historias de amor y coitos. No es extraño entonces que las tiendas y casas de lencería vendan más prendas que “avivan la pasión”.

Este periodo del año, escucho a una señora copetona que le dice a su homóloga en la fila del cajero, es cuando más hay que hacer el amor, unir energías, practicar el Kama Sutra, en fin, gozar del cuerpo propio y el de nuestra pareja. Te recomiendo que hagas yoga antes de tener relaciones íntimas y, de ser posible, hazte un limpia con yerbas antes de ir a la cama con tu marido y también después, esto sirve tanto para cargarse de buenas vibras como para luego arrojar aquellas que nos dañan y no nos pertenecen.

Ya verás que los orgasmos serán cósmicos, porque el cosmos se encargará de eso, tú me entiendes. La otra señora, menos joven y optimista, le responde: pero lo que no me gusta es que luego me tengo que confesar y ya ves cómo es el padre Manuel, primero me regaña por platicarle de esos rituales y luego se enoja porque dice que le presto mucha atención a la lujuria, en fin, deja pensar bien si vale la pena, pero te agradezco los consejos, tú eres mi mejor amiga y sé que eres una especie de sabia.

Cuento los escasos billetes que expulsa el cajero. Me tienta la idea de preguntarle a la señora sabia si sabe de algún ritual para multiplicar los billetes. Pero desisto

Soy más escéptico que creyente. Y dudo que esté dispuesto a invocar a espíritus que luego me persigan en mis pesadillas. Además, por experiencias previas, no le encuentro interés a las innumerables prácticas que ofrece el New Ege para estos y otros casos desesperados. Me gusta usar camisas blancas, no con la finalidad de atraer energías cósmicas, sino para evitar quebrarme la cabeza con ese asunto de las combinaciones. Y también, pero esto ya es un asunto personal, uso camisas blancas para recordarme que en cualquier descuido puedo ir a parar al manicomio.

3

Ella me dijo que era un adulto índigo, me hizo unas preguntas y mis respuestas, antes de desaparecer de su súper conciencia, fueron estas: No, la verdad no me siento un asesino cada que ingiero carne y ensaladas. Y tampoco he intentado llenar mi vacío existencial con los recetarios de la fortuna y abundancia de best sellers. Y claro, sé que también yo soy charlatán. Y por favor, no intente quemarme con leña verde o con post virales, sólo le estoy respondiendo sus preguntas de la manera menos retórica que puedo.

Ahora, le agradezco que me permitiera entrar a su oficina a charlar, pero ya me tengo que ir, no quiero enturbiar con mis malas vibras su sofá que ha armonizado por medio de eso que usted llama Feng Shui.  Y disculpe que no le de la mano, no quiero contagiarla de mi karma negativo. Adiós.

OCT 2