Giovanni Boccaccio pone a contar cuentos a diez jóvenes para huir de la peste. En esa tarea se develan las pasiones humanas y el privilegio del placer.

Parece entonces que sí, parte de la historia se repite incesantemente, aunque en circunstancias diferentes y aquí está Giovanni Boccaccio para comprobarlo. La ficción como puerta de huida a una realidad lacerante.

Con El Decamerón, Boccaccio construye una narrativa con ambiciones descomunales de arquitectura gótica y lo logra, teje una de las más altas obras de la prosa italiana donde desperdiga a diestra y siniestra los claroscuros caracteres humanos.

El trasfondo y motor de la novela es la peste negra que azotó a Florencia en 1348. Boccaccio monta una novela teatral, enigmática, donde siete mujeres y tres hombres huyen de ese horror de sangre y cadáveres para encerrarse a contar cuentos, cien cuentos en diez días. Los narradores son, por supuesto, jóvenes de la aristocracia florentina.

En ‘El Decamerón‘ la narración se impone entonces como única salida, un parche de inmunidad para aislarse en una quinta a inventar historias: teatral ciento por ciento

A Boccacio, que entonces tenía 35 años, la epidemia lo pescó en marzo de 1348, al igual que a todos los habitantes de Florencia, cuyo saldo mortífero fue al parecer de una tercera parte de sus 120 mil habitantes de entonces.

Primera jornada

Dividido en diez jornadas, El Decamerón en su inicio es desolador, crudo en extremo por las condiciones de las muertes y el comportamiento social, tan similar a la pandemia que vivimos.

Dicha peste adquirió mayor fuerza porque los enfermos se la contagiaban a los sanos, con la misma rapidez que cunde el fuego al acercarse a las materias secas o gaseosas. Y el mal siguió creciendo más adelante, porque no solo el hecho de hablar o tratar con los enfermos condenaba comúnmente a muerte a los sanos, sino también el de simplemente tocar la ropa o las cosas de aquéllos”.

El impacto que provocó en el escritor la peste, lo impuso a dejar la literatura más intelectual y de élite para escarbar en las historias de los hombres y mujeres comunes, en cuyos avatares de las más variopintas situaciones se sustenta El Decamerón, que hace gozo de los vicios, las incontables manías, la alegría del baile, la vida del cuerpo, los instintos, el sexo, la comida y la bebida.

La altura de esta joya de la literatura medieval circuló primero en copias hasta su primera edición impresa en Venecia en 1492, año también del Descubrimiento de América.

Contar los cuentos, esa es la tarea de los jóvenes reunidos en Villa Palmieri, que conlleva también un ritual, pues se nombra a una reina o rey cada día al que deberán obedecer todos y los cuentos serán escuchados solo cinco días de la semana, a excepción de viernes y sábado, por razones religiosas.

Gozar, gozar, gozar, la novela es un altar al hedonismo puro, sin más, disfrutar en un sentido material y poco espiritual, ejerciendo la libertad con alegría y sin tapujos.

Fuera las convenciones morales de la época, el qué dirán, pues ante la cercanía de la peste y de la muerte, no existe un freno moral para la realización de los deseos y la entrega al placer

Hay libertad de palabra, de invención, los personajes -hombres y mujeres- alcanzan sus objetivos por condenables moralmente que sean, nada importa en la búsqueda afanosa del placer como justificación de la vida.

Segunda jornada

El mundo de Boccaccio en la novela es el de su propia juventud, el desenfreno y la supremacía de los banquetes mundanos a toda costa.

Cada jornada agrupa temas diversos, cuentos o brevísimas novelas para algunos, que suponen todo un fresco de la época, un acto de catarsis teatral, foto fiel de las preocupaciones, ocupaciones y sentires de los hombres.

Se trata la fortuna, el amor, el ingenio en las primeras jornadas y mientras se avanza en la lectura, a partir de la quinta jornada predominan las narraciones centradas en los entresijos amorosos y la potencia carnal.

El placer, como valor supremo justifica las mentiras, las traiciones, una auténtica comedia humana total.

Quien se adentre en algunos de estos cien cuentos, podrá encontrar humor corrosivo, razonamientos cínicos, maldad, impudicia, inocencia extrema, sentimientos muy oscuros y también acciones luminosamente increíbles.

No hay prurito alguno en ocultar los defectos o vicios de la condición humana, parece más bien, que el alto poeta y escritor quiere demostrar que el hombre siempre está esclavizado por sus pasiones más bajas.

Pero no se engañe el lector ni la lectora, pues si bien se trata de personajes de cuento, Boccaccio no los inventó, sino que se atuvo a observar su entorno, realismo puro en esta literatura, con situaciones que de verdad ocurrieron a decir de los estudiosos.

Las mujeres, por ejemplo, tienen idénticas pasiones que los hombres, en lo bueno, lo malo, la venganza y el ansia de transgresión, algo sumamente escandaloso para la época

Lo mismo con el clero en general, que es retratado como una bestia corrompida, voraz, pervertida.

Tercera jornada

Con años de diferencia, La Divina Comedia de Dante (1312) y El Decamerón (1353) son obras antagónicas que se complementan en su ambicioso retrato del lado espiritual y carnal de la humanidad.

Dante, de quien Boccaccio era su ferviente admirador, consigue con su Divina Comedia, sintetizar todo un corpus filosófico y religioso, que es la suma literaria de la concepción cristiana de la fe.

Se lee como una admonición o profecía a toda la humanidad, cuyo mal comportamiento solo tiene como destino el infierno, donde incluso Dante coloca en ese círculo a varios religiosos.

En cambio con El Decamerón no se advierte una identificación la teología cristiana, sino que el escritor asume cierta distancia laica, sin que por ello algunas de las narraciones tengan un velo religioso.

Hay pues, una representación artística de la realidad cotidiana, eso tan humano, lleno de aventuras y azar como la vida misma.

Si Dante pone en lo más alto el sentido de trascendencia en esa obra monumental, no es menos meritoria la intención de Boccacio, poner en el plano terreno la absoluta y paradoja naturaleza de todos los hombres.

  • Ilustración: John Everett Millais
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