Encuentro en los crucigramas una fuga menos atroz que la deglución de los adictivos dulces de guayaba, menos onerosa que irme a comprar una corbata.

 

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Mientras relleno las casillas, con letras ruinosas, no reparo en los pendientes que el día me ofrece para que sea “interesante” mi vida, como inventar símbolos de adscripción para una manada de grillos o ver en las tuercas de la repisa del baño una milagrosa cara de Marx. Además, los crucigramas me evitan estar de fisgón en lugares donde se afanan los haraganes, como en el café.

Pero hoy no puede hacerme de ninguno de estos pasatiempos, así que más de las veces estuve negando “ayudas” a los limosneros y fisgando a los transeúntes. Pude haber sacado de la mochila la novela de Don DeLillo que aún no termino de leer, pero no lo hice. Opté por barrer con la mirada a cuanto caminante desfilara frente a mí.

En esas estaba cuando un par de chicas se distinguieron de entre la gente a la que observaba. Algo había en ellas que no me cuadraba. Es decir, no pude imaginar su probable ocupación. El desparpajo con el que gritaban, la vestimenta que llevaban y el desmedido uso de perfume podrían inferirse como “ah, van a una boda”. Pero quién demonios se casa en estos días, en miércoles, a las once del día. Escuché a un vecino de mesa en el café que se expresó así de ellas: “y esas dos buchonas, ¿qué hacen entre los pobres?”. En el momento en que se fueron alejando las dos siluetas, mi alelamiento dejó de agravarse.

Mi cabeza empezó con sus taras: ¿Buchonas? Pues yo no las vi sobradas de peso… Tampoco percibí que padecieran bocio… Quizá el vecino las llamó así por el apretado escote que muy apenas contenía sus senos… Mi madre se refería a las mujeres de pechos grandes como buchonas… Mi padre le decía a un conocido suyo buchón porque estaba bastante gordo… ¿o quizá el vecino fuera conocido de las dos chicas y así las apodará por un oscuro deseo?

No te quedes con las ganas y pregúntale al tipo por qué les dice buchonas, anda, hazlo o no vas a dormir hoy, hazlo, hazlo, ¡HAZLO YA!…

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Después de preguntar e investigar eso de las buchonas me cayeron algunos veintes, o diecinueves, o algo así. Primero que nada, me pasó algo semejante a lo ya referido anteriormente con los bellacos, que esto de ser buchón o buchona no sólo es una cuestión moda, sino que va que vuela para poder ser tipificado como tribu urbana.  De la cual, por supuesto, conocía a los personajes, pero no su correlato ¿ideológico?, ¿social?

Ya había notado, en mis caminatas de vago, que muchos individuos se las ingeniaban para parecer un híbrido entre arribista y narquillo serrano con aires de yuppie trasnochado. De hecho, no resulta complicado identificarlos, andan en camionetas “grandotas”, con vidrios polarizados, con la música de banda a todo lo que da, y cuando se bajan de estos vehículos, ahí aparecen, enfundados en ropa de diseñador, con joyas doradas (quizá hasta en las axilas) y calzando un par de botas vaqueras de piel de avestruz o de caimán.

A las buchonas no las había podido reconocer como tales. Fue hasta que mi vecino de mesa me orientó al respecto. No se trata exclusivamente de que sean las parejas sentimentales de los buchones, sino que a fuerza de dinero, pestañas kilométricas, fajas y maquillaje, se han hecho de un estilo, digámoslo así, propio.

Quizá alguien me reprenda por estereotipar como buchones y buchonas a este grupo de personas, alegando que no todos son maíz de ese costal, o que algunos sólo aparentan ser eso, pero no lo son porque les falta “algo”, o que en realidad obedecen el dictado de su supuesto gusto, el que les ofrece el mercado, faltaba menos.

El sociólogo purista tendrá razones apremiantes para tirarme de la orejas si no menciono que los auténticos buchones son oriundos de la sierra de Sinaloa, que de alguna manera, sea fáctica o simbólica, se relacionan con la cultura del narcotráfico

Hay bastante información sobre esta nueva tribu urbana, básicamente el 70% de los textos que leí son copias de las copias. Redundan en caricaturizar al binomio buchón/buchona. De los pocos escritos serios que encontré al respecto, llamó mi atención un ensayo académico de Ramón Ismael Alvarado Vázquez (Profesor investigador en la Universidad Autónoma de Sinaloa).

Su trabajo demarca tanto la irrupción del estereotipo buchón, así como el contexto regional y nacional donde se da ese fenómeno. El resumen de su investigación lo expresa de la siguiente manera: “La figura del buchón aparece en un momento de crisis, de desempleo, de inseguridad, de un Estado frágil envuelto por la mediatización, las respuestas frívolas estilo espectáculo o telenovela, la apuesta por lo efímero y la falta de un proyecto de vida para los jóvenes. Seduce a los jóvenes, quienes ven una posible alternativa ante la falta de una propuesta del Estado: acercarse a los modelos de la narcocultura. Con base en ese proceso paralelo de construcción social, se expone sintéticamente el buchón y la narcocultura, con el papel de algunos mecanismos que transforman las prácticas sociales y culturales de los sujetos de una región, de una ciudad y de las prácticas culturales que se integran a las prácticas cotidianas de la ciudad de Mazatlán”. En el ensayo del profesor Ramón Ismael López podemos encontrar, de manera sistematizada, la respuesta a las interrogantes que nos hacemos de esta moda/tribu urbana.

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A veces le doy demasiado espacio a la incredulidad de mi cabeza. El hecho de haber interrogado al vecino de la mesa del café y luego hurgar en internet qué son los buchones y buchonas, no me dejó del todo satisfecho. La verdad hubiera preferido haber entrevistado, o platicado informalmente, con las buchonas que iban abriendo plaza ese día.

Como tengo conocidos que parecen ser buchones, y para ya calmar mis dudas, les escribí. Sólo uno de ellos, que confirmó ser buchón, respondió a mis preguntas. La información que me proporcionó era muy parecida a la que había leído en el ensayo del profesor Jorge Flores. El dato nuevo que me ofreció este conocido Anónimo fue que León está infestado de buchones de toda laya. Desde los que son buchones en el sentido más estricto del concepto hasta los pobres diablos fanfarrones que pretenden serlo.

“Los primeros compran todo nuevo y original, los otros, los que van empezando en esto, son los que visten garras usadas que compran en los tianguis… y lo mismo pasa con las morras, es decir, con la buchonas, las meras-meras ni te voltean a ver y las que quieren ser como ellas, son puras chachas bañadas y pintadas con maquillaje corriente”. Cuando le comenté a este conocido sobre la posibilidad de que me presentara a una buchona de las meras-meras en vivo, se negó. “Y ni le busques”, además agregó, “porque te carga la chingada, los vatos que los que andan son muy celosos y broncudos y te pueden hasta matar”.

Esa aclaración sirvió para que dejara en paz el asunto. Me contenté con saber que este grupo de personas, a las que yo veía y sigo viendo de ordinario, son buchones y buchonas, unos de élite y otros del montón. Pese a que esta distinción puede ser notada por los que saben y están en la movida, creo que ambos polos comparten un común denominador: hacerse notar, dárselas de diferentes, de auténticos, como pasa en cualquier tribu urbana.

Su ideal, semánticamente, es menos volátil que la anarquía de los punks o que la paz de los hippies. Para el buchón y la buchona: dinero equivale a poder. Lo demás, dicen ellos, les importa “tres hectáreas de verga”.

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