‘De Ausencia‘, novela publicada por María Luisa “La China” Mendoza en 1974, está dedicada al erotismo del azogue. El narcisismo de la mirada de Ausencia Bautista Lumbres, su protagonista, va abriéndose a una consciencia del cuerpo desde su devenir y sus deseos, contra toda convención y contra el paso mismo del tiempo.

Con un estilo que retuerce las palabras y las hace significar de nuevo, La China logra llenar de dramatismo su escritura, con la teatralidad de un cuerpo que se sabe observado.

No hay que olvidar que La China Mendoza nace justo enfrente del Teatro Juárez -el 17 de mayo de 1927-, en una especie de gesto dramático que no la abandonará nunca; ese sesgo irónico que se desprende de la comedia y un sino trágico del que no puede escapar su vocación escritural.

Ella misma llegó a afirmar en una entrevista en 1974: “Entonces, como no voy a ser yo un teatro, ¿cómo no voy a ser un drama, cómo no voy a ser una comedia,cómo no voy a ser Atenas y el mercado, cómo no voy a ser una señora en la época de Don Porfirio, o una mujer del medievo?”. De su escritura, acierta una de sus sobrinas al decir que es como Guanajuato, su tierra natal: sube, baja y da vuelta, como entre callejones.

En ‘De Ausencia‘, hay un retorno ficcional y nostálgico a Guanajuato, donde al igual que Ibargüengoitia un año después, juega con los nombres reales de los espacios, por ejemplo: la Presa de la Cazuela y la calle Gimerranas

A la par de sus retornos constantes al lugar de origen, entre los amores confesos de La China destaca el periodismo, que la hizo viajar y conocer a muchos personajes de la literatura y la política. Siempre rodeada de gente, siempre sonriendo en las fotos, con esa mirada fuerte y retadora, la de una mujer que, como ella señala, abandonó el corsé de la casa materna para elegir otra vida: la del amor, la de la literatura, la de las poderosas palabras que cuida con todo detalle.

Rosario Castellanos, en Mujer que sabe latín, señala que en la obra de La China: “no hay una sola frase que produzca en el lector la idea de haber sido redactada ni para salir del paso ni para hacer gala del dominio de la retórica, sino que es el producto de una experiencia entrañablemente vívida y que ahora que llega al umbral del lenguaje y lo traspasa adquiere sentido y significado”.


Persiste algo lúdico en su elección del lenguaje, persiste algo trágico en su
trasfondo. Rafael Argullol señala que “La conciencia estética del barroco refleja la sensibilidad de un mundo sumido en profundas contradicciones políticas, religiosas y morales”.

‘De Ausencia‘ se apropia de esta tensión del barroco, señalada antes por Margo Glantz en la escritura de Elizondo, su amigo y contemporáneo; y descrita por Severo Sarduy, escritor también de un llamado erotismo- barroco.

La China logra con estos juegos de yuxtaposiciones y deformaciones especulares de la palabra situarnos en las contradicciones de su protagonista. Ausencia nunca será una heroína, dice su autora. Es capaz del mal y de toda tentación humana. Es también una “hembra bragada”; no cede, no da tregua a la moral de su época, no admite las culpas de la
religión, no es no en ella, siempre altiva, siempre portadora de una belleza perversa. La novela no podría llamarse de otra manera, porque Ausencia lo ocupa todo. Sus siete capítulos son imágenes especulares de la historia de esta mujer nacida en el siglo XIX, hija de un minero pobre que pronto obtiene una riqueza tan escandalosa como la vida de Ausencia.

El espejo funciona como metáfora de la autoconsciencia del personaje sobre su cuerpo, como sitio de todos sus deseos y lugar donde se marca su historia; sin embargo, los espejos como objetos que siempre acompañan a Ausencia se muestran hasta el final de la novela en un giro autorreflexivo. Son ellos quienes narran sus historias, en un juego que perdura desde la infancia hasta ser esa anciana-niña viajando sola en un barco a punto de
hundirse.

En su estilo hiperbólico, podemos leer este vínculo de forma explícita, la mujer y el espejo como criaturas inseparables:

La mujer viene al mundo para conservar intacto el azogue del yo detrás del cristal, en él se ve, y relee en él su espejo historia, el testigo domable que alcahuetea las interferencias de los defectos o los resultados de uno mismo
verse la cara.

Cada uno de los siete espejos de Ausencia relata un capítulo del libro, cada uno es un rostro multiplicado en momentos diversos: el de la niña bonita, el de la niña pobre, el de su soledumbre, el de la maligna, el de la niña muy prendada, después la arrepentida, hasta la niña viejecita. Todos son llamados naufragios, donde el trayecto solamente puede ser el de
la afirmación de su subjetividad en una sociedad llena de convenciones y atavismos.

De Ausencia‘ es una novela erótica; pero, como señala David William Foster, no solamente es eso, va más allá del relato de una mujer para quien la sexualidad le permite autodefinirse

El deterioro corporal descrito en los últimos capítulos desde su mirada al espejo deja ver una nostalgia que remite a una insatisfacción profunda y a las contradicciones de su vida; porque como reclama la novela: “El tiempo que es un cabrón en primera instancia, dejaba firmas y recordaderas por todos lados”; erotismo de la fantasía, erotismo del recuerdo, erotismo de los límites traspasados.

No debe olvidarse que De Ausencia es también el relato de un crimen afrodisíaco, cometido por Ausencia Bautista y Macedonio Llamas con la lentitud del verdugo y, más allá, sin ninguna justificación. Además, el asesinato ocurre en una cueva, en medio de esa oquedad que les otorga metales preciosos y funge como único testigo. El cuerpo torturado
es el de H. D. Haller, un norteamericano-árabe, explotador de las minas del pueblo, y de quien Ausencia está enamorada hasta el final de sus días.

¿Cómo puede el amor o el erotismo desbordado de Ausencia llevarla al asesinato? Pocas respuestas -por fortuna- dará el texto, tras mostrarnos la tranquilidad de la protagonista ante la saña con que Llamas hace pedazos ese cuerpo tan amado por ella, descrito con detalle algunas páginas antes, deseado desde el principio y para siempre. Porque en ese momento, Haller era solamente un pedazo de carne que se quiebra, del que se han apropiado ambos y ya no tiene voz, ni rostro, ni mirada. Lo cierto es que Ausencia se arrepiente, porque el espejo de este acto le devuelve solamente el vacío el de su nombre.


Macedonio Llamas era su otro amante, con el que turnaba a Haller, entre domingo y domingo, día destinado para las visitas en el cuarto trasero de la mansión. Llamas es el minero que en silencio cumple sus fantasías en la cama hasta dejarse cargar con la culpa sin decir una palabra. Haller, por su parte, la había deseado desde esa tarde en que Gerundio Bautista, el padre de Ausencia, los presentó. Hombre casado y orgulloso de su fama de
buen amante, más que poseer a la niña rica de apenas dieciséis años, termina poseído por ella. Algunas lecturas destacan que posiblemente Ausencia lo asesina porque pensaba dejarla. Sí, el texto señala que Haller estaba cada vez más cansado del ímpetu insaciable de Ausencia, pero no hay rencor en el homicidio, hay deseo, hay una sexualidad que se
apodera del otro. Por eso, Ausencia lamenta no poder enterrar su cuerpo, haberlo perdido.

En esta parte hay dos guiños políticos que no pueden pasarse por alto. Primero, la elaboración subterránea de la metáfora, señalada antes por Aralia López González, del extranjero que explota las riquezas del país y el cuerpo de la mujer, asesinado por el minero nacido en esa tierra y por la mujer-tierra. Segundo, la pérdida del cuerpo, como un hecho común en México en la conciencia histórica de la voz narrativa: “En México pasan muchas cuevas así, y ahí seguimos encuevonándonos sin que se halle el cuerpo ¿cuál cuerpo?”.


El barroquismo del cuerpo de Ausencia radica en su conflicto, en el amor y la muerte, la saturación y el vacío

El barroquismo de La China viaja de minas y callejones, tiene un estilo propio de escritura, acumula en sus páginas su amor a la vida y lo vuelve voluptuosidad de la palabra: decir que se tensa y se abre, que explota los sentidos y exige al lector el mismo placer que ofrece.

No podemos leerla sin entrar en el ritmo frenético del cúmulo de adjetivos e imágenes que se agolpan, viajan y vuelven a su centro, donde lo poético emerge desde un erotismo arrancado al lenguaje y se va metiendo por la piel, hasta hacerse parte de una corporalidad gozosa; goce de una anatomía política; goce de una apropiación barroca llena de contrastes y tensiones.


En De Ausencia, las palabras se agolpan con el latido que nos impone una
respiración particular, la del cuerpo se sabe de azogue, hecho de consciencia de sí mismo.

La China nos exige ese erotismo en la lectura, y ¿por qué no leer con esa respiración exaltada como si escucháramos el relato de un amante?

-Te podría contar largo y tendido una vida hermosa porque nunca me faltó el derrame, lo que pasa es que las mujeres cronistas de sus coitos el cincuenta por ciento los inventan, y las reservadas son las de adeveras cameras. Yo mi vida se la novelo a mis amantes nada más, y a su manera y estilo, haciéndola a su imagen en el “cuéntame, Ausencia”, saben lo que quieren saber.

  • Ilustración: Diego Velázquez
Avanzando