Hace una década que me fascinaron por completo las civilizaciones antiguas, cuando me topé con Graham Hancock.
En la escuela, a todos nos obligan a leer una letanía de hechos cuestionables como si fueran conocimiento , y solo algunos de nosotros logramos seguir una formación profesional en la universidad y estar expuestos a la naturaleza más compleja de la “verdad”.
Entiendo que los adolescentes no pueden manejar epistemologías relativas, pero nuestra sociedad nos graba a fuego cosas como “el nacimiento de la civilización” o nos vende cambios de paradigma como si fueran una transición suave: “y luego inventamos el telescopio, y después de usarlo, quedó bastante claro que la teoría heliocéntrica era correcta”.
Dejaremos la epistemología para otro día; digamos simplemente que Paul Feyerabend presenta un argumento bastante claro en su libro Contra el método, sobre cómo un telescopio medieval de mala calidad y desenfocado, construido con fragmentos de vidrio, demostró poco o nada a la gente de esa época.
La antropología “tradicional” afirma que el cambio de un modo de vida nómada a uno agrícola, hacia el año 10 000 a. C., supuso una enorme revolución para nuestra especie (se puede encontrar más información al respecto en “Sapiens, de Yuval Noah Harari, por ejemplo).
El lenguaje escrito aparece hacia el 3500 a. C. con símbolos cuneiformes en Mesopotamia. Después, se desata la carrera: las pirámides se construyeron (supuestamente) en el 2500 a. C. y unos 3500 años después, enviamos un coche a Marte, sin ningún motivo. Fin
Pero siguen apareciendo muchos casos inexplicables. La doxa pretende hacernos creer que las civilizaciones que precedieron a la palabra escrita eran unos ignorantes bárbaros incapaces de nada relevante, como construir una pirámide. Pero ¿cómo construyeron estos protosalvajes Göbekli Tepe , 5000 años antes de que se inventara el lenguaje?
Una hipótesis plausible es que una civilización anterior, mucho más avanzada de lo que creemos, fue aniquilada por una catástrofe climática (inserte su meme favorito de la Atlántida). Esta idea, ridícula hace un par de décadas, ha despertado cada vez más interés ahora que sabemos que al final del período dryas reciente se produjo una gran inundación. También sabemos que su causa fue muy probablemente un meteorito y sus restos .
Estos hallazgos y especulaciones conducen a una historia alternativa: una civilización avanzada fue aniquilada durante un diluvio hace 10500 años, dejando atrás sólo megalitos como las pirámides .
No pretendo proponer teorías antropológicas a medias de las que sé muy poco, sino simplemente cuestionar la historia lineal de la humanidad que hemos recibido. Me parece interesante, ya que es muy probable que estemos al borde de una catástrofe ambiental que transformará radicalmente nuestra especie.
Sin embargo, sé que el término “cambio climático” se ha convertido en una palabra cargada de significado, imposible de analizar racionalmente. Son esos copos de nieve cobardes que intentan obligar a las empresas a pagar la atención médica, o el comunismo, o algo así (un círculo de pedófilos que explotan a niños en una pizzería, Bohemian Grove, etc.).
Así que no se fíen solo de mi palabra. Pero ¿qué hay de la palabra de las generaciones pasadas? ¿Las personas que sufrieron hambruna y sequías? ¿Quizás ellos sepan una cosa o dos?
Este verano ha aparecido en Europa una piedra del hambre que ha despertado el interés de… absolutamente nadie. ¿Qué es una piedra del hambre ? Se trata de un marcador hidrológico que colocaron nuestros antepasados para advertirnos de una catástrofe inminente. ¿Estoy exagerando demasiado?
Las piedras del hambre se colocaron en regiones principalmente prusianas, en las orillas de los ríos, entre los siglos XV y XIX para señalar una época de sequía y las penurias que la siguieron. Una apareció en 1918, por ejemplo, para anunciar la hambruna que se produjo hacia el final de la Primera Guerra Mundial.
Para ser justos, esta no es la primera vez que vemos las piedras del hambre, ya que también aparecieron en 2018 cuando el Elba comenzó a secarse. Sin embargo, la frecuencia con la que han aparecido se ha acelerado.
Personalmente, me horroriza la poca cobertura que los medios de comunicación están dando al inminente apocalipsis climático. Si hay algo sobre lo que soy pesimista es sobre nuestra capacidad para evitarlo
Necesitaríamos que todos se pusieran de acuerdo para resolverlo: los chinos, los indios, los estadounidenses, los brasileños…
Estamos hablando de un conjunto de países que tendrían que comprometerse seriamente a reducir drásticamente el consumo, juntos, todos al mismo tiempo, para alcanzar incluso los objetivos más conservadores.
Esto no es realista: en la teoría de juegos, la “tragedia de los comunes” explica por qué esto siempre será sólo una promesa fugaz de políticos y gobiernos.
No quiero deprimirles con quejas sobre el clima, pero si una piedra medieval enterrada hace siglos aparece de repente con la inscripción: “Si me veis, llorad”, ¿qué reacción se supone que debemos tener? ¿No es así como empieza (2012, N. Del E.) una extravagante película de Rolland Emmerich?
Mientras tanto: sigan de fiesta, que Dios sabe que voy a bajar con un martini en la mano…
- Ilustración: Pieter Brueghel ‘el Viejo‘