Suelo comprar libretas con hojas amarillentas, casi quebradizas. No es por manía vintage, ni por un obtuso romanticismo que celebra lo mágico de esos fetiches, es por mera economía, avaricia disfrazada de astucia en almacenes donde las ofertas son vistas como aves de malagüero.

Sin embargo, hace ya rato que no caigo en esas prácticas debido a que amigos y conocidos han tenido la amabilidad, o caridad, de regalarme cuadernos lujosos, propios, así lo creo, de personas que tienen buena caligrafía, asuntos de bastante importancia que anotar en esas páginas, como el menú de una cena ofrecida a un socio al cual hay que tranzar, o la carta difamatoria a una amante, en fin, qué sé yo.

Cómo comenzar a escribir en esos cuadernos lujosos sin sentirse extraño, incomodo. De alguna manera esas páginas reclamaban ideas redondas, largos párrafos de una investigación sesuda, complejas lucubraciones de una mente avezada en patrología. Hincarles la punta de la pluma o del lápiz a semejantes joyas con ripios, o con bobos recordatorios para sacar el queso de la nevera no parecía viable, digno, de alguna manera. Me pasó por la cabeza idear un proyecto fáustico, pero gracias a la pereza pronto me cansé y no llegué ni al tema tentativo. Llevé algunos de esos cuadernos en mi mochila al trabajo, al café, a los ya muy raros paseos mientras la pandemia se tornaba cada vez más feroz y nada, ahí seguían los renglones, inmaculados.

Fue hasta que di positivo de Covid-19 que tomé la libreta más pequeña para poner un: ya valió madres… De ahí en adelante emborroné esa libretita con pura pedacería de ideas, de arrebatos de ira o envidia, de emociones truncas o meros impulsos

Evité, aunque no del todo, “reflexionar” sobre la pandemia, el encierro y todas esas urgencias que reclaman a partes iguales los que piensan y los que no piensan. Cuando le hablé a mi amigo Juanjo y le comenté lo que estaba escribiendo en esta libretita me pidió que se lo pasara. Prometí hacerlo sí sobrevivía. Llevo más de 40 días sin síntomas ni malestares. Y ahora voy a cumplir parte de la promesa, supongo que Juanjo se crispará un tanto, dado que no transcribí todo el cuadernito y que no encontrará en él más que ideas automutiladas, chismes y chistes por mitad o a tercios. Octave Mirbeau, en Los recuerdos de un pobre diablo, anota esta frase que me viene a la medida: “Tengo brazos, la apariencia de un cerebro, los rasgos de un sexo; y qué ha dado todo esto, nada, ¡ni siquiera la muerte!”    

*

Ya valió madre… positivo, al igual que mi padre, madre y hermana menor.

*

Ahora todos somos víctimas. De qué, de quién, poco importa. El asunto es lloriquear con histrionismo y berrear hasta convertir al vecino en víctima de nuestro patetismo. Hay momentos en mi día que siento cómo esa gangrena del victimismo se asoma en mis pensamientos, en mis recuerdos.

*

No era propiamente alegría, sino aquello que le antecede, quizá la impronta de un suspiro casi cursi, una lenta y vaga exhalación… daba por hecho que mis hermanos ya iban de camino a la cama. Sólo faltaba que yo aguzara el oído para escuchar cómo sus pestañas caían, tal como hace la leña verde al impactarse en un suelo terroso y húmedo. Y podía percibir eso gracias a que el ruido, en pleno desahucio, extinguía sus últimas fuerzas. Ya sólo quedaba mi madre despierta, alisaba con delicadeza una camisa de mi padre, crujía el burro de planchar, sonaba el atomizador, las gotitas que caían en la tela emulaban un rosario mustio que repiten las viudas en un sepelio. Ya viene el silencio, le doy la bienvenida con los ruiditos propios del encendedor que aviva la brasa de mi primer cigarrillo. Algo falta, sin ello es imposible que abra un libro, que coloque el blog de páginas blancas dispuestas de tal manera que sea fácil anotar en ellas un ripio, una cita, un hurto que a través de cambios sintácticos presuma como idea propia. Falta bajar la mirada a mis pies, descender las manos y tomar las agujetas de los zapatos para anudarlas con fuerza. Porque sin este rito jamás emprendí una lectura atenta. Será que embalsamo a mis pies, que les pongo una especie de camisa de locos, o sólo los preparo para un viaje que supone un retorno incierto, tardío, improbable.

*

Me sofoca tanta somnolencia.

*

Siento que mi cuerpo pesa más que ayer, que se encorba.   

*

Lo más relevante de cuando me siento a escribir no es que termine con una página blanca como la pantaleta de un maniquí, sino que las nalgas y los muslos me punzan como sí hubiera cabalgado por largo rato, y al bajar de ese brioso caballo descubrir que no recorrí milímetro alguno hacia delante o a hacia atrás. Cosas de viajar en un corcel de carrusel sin movimiento.

*

En alguna ocasión le oí decir a Cioran que para él fue estimulante creer durante una época de su vida ser el único hombre que tenía razón en el universo. Lo que para algunos es una declaración de arrogancia sin limites, para mi es uno de los autos confesionales más humildes jamás escuchados

Sospecho en noches de vela, en tardes con gorriones enfermos de optimismo atroz que, cada cual, es decir, cualquier mequetrfe, en algún momento de su existencia ha sentido ese peso y liberación del que hablaba Cioran. Así ha pasado conmigo, pero al revés. Me he creído el hombre más desatinado del orbe.

Así es. Me pasa que cada vez que caigo presa de la curiosidad estéril de echar un ojo a las redes sociales me entero de mis desatinos. Ya encuentro a una turbamulta de enejenados haciendo su lucha para quemar a algún pobre diablo con fama, o a un grupo de inmunes a todo fanatismo farfullando los excesos de los fanáticos. Últimamente he volcado mi injuria contra los joyeros, esos alelados que notan milagrosamente que uno de sus compadres escribió un libro joya, algo que todos, dado la rascuacha democracia que pulula en su cerebro, deberían leer.

No es ser aguafiestas decir que la cosa huele a podrido, que la camaradería es gemela de la complicidad más bizca de la que se tenga noticia. Pero, vuelvo a lo mismo, yo sólo soy un alguien equivocado. Leo con cierta atención y morbo a tal persona, ocupada en notificar cómo se las ingenia el universo para joderle la vida… y le queda suficiente energía para postearlo en las redes. Supongo que cuando no está trascribiendo algún agravio del que fue víctima, alguien, muy malvado, la está tundiendo.

No todo es bilis, llama mi atención el gorduelo que se escama de los no-periodistas cuando su trabajo muy apenas alcanza la categoría de vómito. Digo esto porque presume de entrevistar a personas estrafalarias, es decir, toma el más burdo cuestionario y lo hace pasar por una … no sé cómo llamarlo, quizá se trate de un nuevo genero que pondera la idiocia con la masturbación.        

*

Quizá muera por falta de atención médica, por tener débil mi sistema inmune. Miedo a sufrir. A que me falte el oxígeno, a que tenga que pagar por él, a que no pueda pagar una bocanada de aire fresco. Lo que está detrás del KN95 es mi cara infectada de un pavor y desamparo concreto, no imaginario. Estado actual: positivo asintomático. Miedo. Impotencia

*

Desde que comenzó este asunto del virus evité a toda costa saturarme de información pringosa, de interpretaciones chungas sobre conspiraciones; rehuí de los glosadores instantáneos, de los científicos oportunistas, del camposantero que me guiñaba el ojo. También me hice a un lado cada que escuchaba a tal o cual opinar de lo ficticio o real de la pandemia. Y por supuesto, me alejé de aquellos que entendieron este asunto como un día de fiesta en que se abre un regalo: el cerebro ¡hay que estrenarlo con reflexiones funestas pasadas por realistas o algarabías de un optimismo idiota. Y ni modo, ahora me tuve que enterar de ciertos detalles necesarios debido a mi caso. Ese poema tan manoseado de Rumi viene ahora a mí:

La casa de los huéspedes

El ser humano es una casa de huéspedes.

Cada mañana un nuevo recién llegado.

Una alegría, una tristeza, una maldad

Cierta conciencia momentánea llega

Como un visitante inesperado.

¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!

Incluso si fueran una muchedumbre de lamentos,

Que vacían tu casa con violencia

Aún así, trata a cada huésped con honor

Puede estar creándote el espacio

Para un nuevo deleite

Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia,

Recíbelos en la puerta riendo

E invítalos a entrar

Sé agradecido con quien quiera que venga

Porque cada uno ha sido enviado

Como un guía del más allá.  

*

Dirijo mi atención a los zapatos, no al valor de la vida, no a las grandes cuestiones importantes que exigen ser pensadas en estos tiempos de pandemia, de encierro. No celebro este enclaustramiento obligado, necesario. Nada me obliga a escribir sobre este asunto, pese a dar positivo en el test.   

*

Acabo de cumplir 38 años y no sé cómo inventariar todas las culpas que podría echar a Dios. El sólo hecho de pensar en este tipo de rabietas me hace sentir lelo, idiota; el gracioso niño que camina con su pañal atiborrado de mierda y jura que un ángel lo mal aconsejó.   

*

Hay días, momentos, en que digo para mis adentros que es una gran bendición tener ojos, oídos… sentidos para poder experimentar el mundo externo, doy gracias al universo, a dios, a todo aquello que es nombrado como principio…

*

Pura pedacería, no la escritura fragmentaría que un universitario tomaría como pomposo tema de un artículo académico. 

*

Las palabras escritas son como las monedas que te hacen falta a la hora de pagar cualquier nimiedad, cualquier tontería sin otra utilidad que la del más inmediato capricho. Y nada pasa. Vas al bolsillo. No hay morralla. No compraré eso entonces. Y así con las palabras, faltaban en tal poema, un poema nimio, idiota, que nació muerto.  

*

¿Será que uno es más escritor cuando no está escribiendo?

*

Cómo le hago para tapar estos días, ya meses, ya más de un año, en que mi vida ha ido de soponcio en soponcio. A veces me gustaría condesar en una sola frase, en un pequeño montículo de palabras el asco y la aversión que llegué a sentir por todo cuanto tuviera que ver con autores, libros, escritos. Y así enunciar, de una vez por todas, ese malestar, esa persistente nausea. Vomitar la hiel que amarga todo intento de anotar. Expulsar toda el agua negra que pudre cada una de mis referencias al mundillo de las letras. Dar un puntapié al culo de ese animal que sólo rumia y que me vara ante la página.

*

Me fui de la casa de mis padres a los 19 años, luego volví, y me fui nuevamente a las 25. Ya no he vuelto a vivir ahí, salvo por vacaciones o enfermedad. Sé que mi hermana menor está tan loca como yo y, por supuesto, no la tolero más de dos horas

*

No voy en desacuerdo total con la gente que lee libros de autoayuda, hay veces que urge una sugerencia para diezmar la ira, una cruda lonja de cursilería para distraer al suicida que se lleva dentro del propio cuerpo. Libros, que pese a su boba pedagogía, están mejor redactados que la bochornosa tesis doctoral sobre un Schelling.

*

Cuando ya no estés aquí / con pluma por puño

Escuchando los cuchicheos de los locos

Cuando por fin ya no vuelvas y te quejes de la uña

enterrada en el dedo gordo

Cuando no sea un mero desparecer por tiempo indefinido

Seguirás asomando tu nariz en preguntas / confesiones:

Dónde estaría mi hijo ahora

Cómo no extrañar a ese que era mi hermano

Sólo fue tu padre bilógico

De ti, un padre postizo

Dizque escribía

Creo que sólo vendía periódicos

Le puse los cuernos más de una vez

Quién dirá: amaba la palabra topo

Afirmaba ser el amigo imaginario de Dios

*

Quizá sea el momento de comenzar, como todo buen merolico, una larga y fecunda reflexión sobre mi reclusión debido a que soy portador de un virus. O quizá, simplemente no.

*

De algunas personas que he conocido en mi vida puedo decir que me han orillado a vivir.

*

Nada de lo que escribo pasa como verdad absoluta para mí mismo. Hay ratos en que la vida me invade con milagros, en que me siento dichoso por tener poca barba; luego pasan las horas, los minutos, los segundos, y la sensación cambia, ya no hay ligereza, algo apesta, soy yo, un hueso fétido que se pudre lentamente en un calabozo. Carezco de convencimientos firmes, de arrolladores juicios que condenan o celebran esa urgencia vociferada por letrinas.

*

He vuelto a ver películas. Algunas me han gustado bastante. Hace como 15 años que no me paro en el cine, evito estrenos, películas aclamadas, imperdibles, todo sea por no tener tema de qué hablar con ciertas personas.

*

Ya comencé a emborronar los otros cuadernos con notas de lecturas, de vagos proyectos, de nimios recordatorios.

*

Me pidieron que hiciera una semblanza personal de mí mismo para una antología donde se ha colado uno de mis poemas. No lo pensé mucho y salió esto: Por ahora sólo soy /el pedazo de la máscara visible / aún no borrado de la caja de cartón / donde otras máscaras empaquetadas / permanecen sin estrenar.  

*

Cada que he salido a la tienda, a la tortillería, a la farmacia me he sentido como un leproso.

*

Hoy he dejé la casa de mis padres. Pasé ahí un mes y medio. Al llegar a mi habitación experimento una sensación de vacío, de callada angustia. No sé si me permitan abrir mi caseta de periódicos. Es relativamente fácil estar enclaustrado cuando se tienen los medios necesarios para vivir, al menos eso fue lo que experimenté en casa de mis padres. Mis hermanas no escatimaron en derroches de ternura y apoyo, al igual unos cuantos amigos que me hablaron para echarme porras, buenos deseos.

Las paginitas de esta libreta han terminado; quedan unas manos resecas y temblorosas, un nudo en la garganta. 

  • Ilustración: David Pollot
ZONA UG