El 4 de marzo de 2018 iniciaba las notas del viaje a Costa Rica, una salida relámpago de seis días donde acudí seducido por los precios del vuelo desde México y la promesa de un clima y vegetación exuberantes, buena movida cultural, parques nacionales envidiables, a la par de la presunción de país inmensamente bello y cálido. Pero no se hablará tanto de eso, para frustración de caza recomendaciones.

Más bien les contaré primero del Barrio Amón y Barrio Escalante, este último con sus 26 cuadras cercano al centro de San José, donde anduvimos Jahel y yo hasta que el calor nos obligó a tomarnos una cerveza en la cantina Acapulco -por supuesto, en honor al puerto mexicano-.

Ambos barrios concentran buena parte de la movida de la ciudad; con sus bares, cafés, cines, tiendas de diseño, paseo gastronómico, arquitectura muy bella, además de sitios favoritos de la juventud costarricense para escapadas urbanas.

Jahel, lo olvidaba, es mexicana que ya llevará unos 15 años de vida en San José. Actriz y colaboradora fiel del fallecido cineasta Gabriel Retes (a quien siguió junto con otros en sus aventuras por estos lares), y que en ese entonces combinaba el trabajo en cine con la función cultural en la Embajada.

En la cantina nos agasajaron con “algo típico de los bares”, dijo el mesero, que nos trajó el chifrijo, un conglomerado de frijoles, chicharrón en trocitos, arroz, pico de gallo y aguacate, bien para botanear, pero hasta ahí

Costa Rica cumplía 70 años sin ejército, con lo que se había sumado desde 1948 a la veintena de países que prescindieron de las fuerzas castrenses en su territorio. Los discursos oficiales de los diarios de estos días que corrían, argumentaban la apuesta de este cacho de Latinoamérica por la infraestructura, la educación y la salud.

Parte del pulso social también estaba atento a la segunda ronda de elecciones presidenciales, donde triunfó Carlos Alvarado Quesada ante la algarabía de muchos que habían pugnado por desterrar del poder al partido conservador Restauración Nacional, cuya candidatura abanderó el periodista y cantante cristiano, Fabricio Alvarado.

¡Vaya paradojas!: un país sin ejército, con avances claros en políticas públicas, sede de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), pero con gobierno de fuerte raíz cristiana que permeaba todo: cultura, educación e incluso acciones de salud y con una franca condena a personas no heterosexuales.

Andaduras

Toda una tarde me fui a Plaza de la Democracia para después tomar la Avenida Central (que, en sí, es el corazón de San José). Ahí, en esta calle grandotota, una de las más antiguas de la ciudad, se pueden visitar varios edificios emblemáticos y recorrerse de pe a pa como una arteria vibrante llena de comercios, vendedores de calle, artesanías, y más, más. De ahí también se llega al Paseo Colón, aunque lo sentí muy sucio y descuidado. Percepción muy subjetiva al fin y al cabo.

Comí en una fonda del mercado local por 4 mil 500 colones que me dio derecho a una porción generosa de duro con queso (plátano macho y queso derretido), una chorreada (masa de elote extendido) y agua de guanábana. Como todos los mercados de México, la artesanía, baratijas, comida y demás chunches pululan por doquier.

En las oficinas de Turismo me atendió una chica en extremo amable, interesada por conocer Guanajuato, Cancún, el ‘defe’ y las pirámides, en ese orden, me lo repitió y lo escribió, además de usar varias veces el vos conmigo

Sí, en Costa Rica como en Colombia, Uruguay o Argentina, se usa del cotidiano esta forma para referirse al tú, aunque si alguno busca por la red, se afirma en varios sitios que en México también se usa mucho el vos, lo cual, lo sabemos, es una mentira colosal.

Enfilé luego, por recomendación de esta chica, a la librería (cadena de librerías) Lehmann, mas no hubo cosa más decepcionante, pues los libros estaban acomodados en estantes iguales a los de cualquier supermercado grande o papelería, así de plano, peor que la más modesta o desaliñada librería Gonvill. Aun así, hurgué en determinados nombres de culto y novísimas plumas que el dependiente me acercó.

Al día siguiente me apersoné de nuevo por el Barrio Escalante para caminar con más calma en la Casa del Cine, el Museo de Arte Contemporáneo, el Parque España y fisgonear por aquí y por allá; cenar en Franco hasta bien entrada la noche, justo para tomar el autobús de regreso con Jahel.

Cartago

Con casi 15 mil habitantes y a 24 kilómetros de San José, se encuentra esta ciudad, extendida, junto con su cementerio, en 22 calles y 26 avenidas, enclavada en las faldas del Volcán Irazú.

Había tren para llegar allá y se me fue, literal, de modo que tomé el autobús sin arrepentimientos.

El paisaje, junto con la vegetación y las montañas que podían observarse durante el trayecto, bien valió la pena.

Uno de los estudiantes de historia, Pedro, cartaginés, como es su gentilicio, se ofreció acompañarme a dos sitios que no podía perderme según su experiencia, la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles y Las Ruinas.

La leyenda de la Basílica es prácticamente igual a la de la Virgen de Guadalupe, pues en 1635 a Juana Pereira, una indígena de la zona, se le apareció la imagen de la virgen muchas veces en el mismo sitio, lo que orilló la construcción del templo.

Las Ruinas de Santiago Apóstol, en tanto, es el anhelo de la edificación de un santuario de estilo románico que no se concretó allá por 1910, pero quedaron esos vestigios. Ambos sitios pueden visitarse sin prisa ni tumultos.

Apenas en Cartago me decidí a probar el “casado”, platillo típico de Costa Rica consistente en arroz, frijol, plátano frito, carne, ensalada de col y yuca, muy abundante y delicioso si se decide acompañarlo con jugo de tuna.

Terminé el día en el Café Nauta, un sitio en una casona antigua justo al lado de la Casa del Cine, con excelente café, de las mejores mezclas del país, lo presumieron sus dueños -Costa Rica destaca en el mundo por la producción de este alimento- , música muy bien seleccionada y una tiendita de diseño de apoyo a las comunidades, aunque también, para mi sorpresa, tenían una selección de los famosos y más recientes modelo de tenis Panam, cuando acá en México la marca había resurgido y tenía cierto auge.

Literatura y volcán

Las últimas 48 horas en el país las pasé de vértigo, con el ansia de llevarme un poco más del sabor tico en la sangre.

Estuve en el Parque Francés una buena parte de la mañana porque me di a la lectura de la única novela que llamó mi atención por las críticas laudatorias y su ánimo rompedor, muy rompedor para las conciencias de este país. Se trata de Bajo la lluvia Dios no existe, de Warren Ulloa Argüello…mmmm. No la terminé. La historia de Mabe, “que lleva de la gloria al averno a Bernal, como una moderna Beatriz en un desenfreno”, deja mucho qué desear, nada que no se hubiese explorado ya al menos en la literatura de la Onda en México o algunos títulos de Armando Ramírez y Xavier Velasco. Fin de la novela rompedora.

Peiné de ‘carrerita’ la Universidad de Costa Rica hasta que fue la hora de ver Dark, obra de un grupo chileno de intercambio y residencia artística ahí, aunque en una puesta sin grandes sorpresas, un falso documental muy mediano en sus alcances para mi gusto

Esa noche había quedado con Jahel de ir a Los agüizotes en el Barrio Escalante, donde la oferta de ambiente y comida era generosa. Nos bebimos un par de cervezas pequeñas, “tumbacalzones” (juro que así se llaman) y contó buena parte de sus andanzas en este país como mexicana, actriz independiente, gestora y todo lo que ha tenido que hacer desde que decidió quedarse aquí a vivir.

Yo tuve sueños inquietos a saber, entre cuevas oscuras, dragones, falsos suicidios y delirios proféticos, ¡pura vida!, pues.

De madrugada tuve que ir a tomar el transporte para conocer el Volcán Irazú, mi última parada en la ciudad.

Fueron dos horas de camino con paisajes otra vez hermosos y llenos de una licencia bucólica especial.

Una vez que descendimos, caminé hasta el punto más alto permitido del lugar, donde la vista del cráter y las nubes es decididamente imponente. Estuve apenas 90 minutos por ahí, ya que el autobús regresaba pronto y yo estaba con el tiempo justo.

Si algo debo quejarme de Costa Rica son sus precios, la mayoría si eres turista, te cobrarán en dólares al tipo de cambio alto conforme a los colones; pagas pues en dólares o colones a un precio alto. Lo mismo pasa en los museos, los parques y las playas. Si eres local pagas un precio, si eres turista, otro, que regularmente es el doble. Definitivamente como ciudad, no vale esos precios.

Lo que sí me voy a llevar es su verdor, su alegría, ese aire de felicidad y tranquilidad que se respira pese a su doble moral cristiana.

Extrañaré muchas de sus calles, sus ricos y aromáticos cafés, el agua de pipa (coco), las chorreadas, la torta de queso, el tamal de maizena, los queques, tantos y tantos “maes” que escucha uno por aquí y por allá, la sonrisa de sus mujeres…San José, no sé si volveré a verte en los ojos de una tica o en el recuerdo de un par de colones que encuentro en mi bolsillo trasero cuando debo pagarle al taxista que me trajo ya acá, de regreso en el aeropuerto.

  • Ilustración: Jonathan Rod
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