A la pregunta que me hace un cliente: ‘¿dónde y cómo te imaginas el paraíso?’, respondo, sin mucho esfuerzo: ‘es un lugar donde seguramente no estaré yo’.

La cara del cliente se descompone a través de muecas propias de quien está frente a un abismo. Carraspea y se despide con la timidez de sobra conocida por los desdichados que han encontrado a un idiota más avezado en arruinarse la vida que ellos mismos. Supongo que el cliente sobreentendió mi respuesta como un: lárgate, no quiero hacer plática. Pero yo sólo trataba, por extraño que parezca, de ser sincero, desplante que sólo se me da en arrabales y oseras.

Y entre que le doy vueltas al asunto y repaso mi respuesta me entero que en realidad no mentía. Soy propenso a la queja, al achaque estéril, a la rumia injuriosa y a la victimización falsa y ventajosa. A mi favor diré: sé reprimir estas joyas de mis adentros con la cara de bobo que siempre sobre-interpretan, mis amables interlocutores, como seriedad.

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Pero, insistiendo, de estar yo en un paraíso… seguro me quejaría, le encontraría algún “pero”, algún “es que por qué no”. Y no es cosa de la que me sienta orgulloso. Ser un quejicas es quizá, aunque no me guste, una marca, un sello (como los que llevan los rebaños de ganado rumbo al matadero), de que soy y estoy en un determinado tiempo y espacio, en una época caracterizada por una “mentalidad” ocupada en inventar cualquier tipo de quejas.

El quejoso, a fuerza de insistir en sus padecimientos, penas y sufrimientos, termina convirtiéndose en una ‘víctima’

Darme cuenta de mi propensión a la queja, al sollozo melodramático,  a los lamentos retóricos es, a mi modo de entender, una ventaja que me previene y me incita a no prosperar en ese varadero voluntario. No por escribirlo me curo de esa peste, pero algo se gana: la necesaria purga y autocrítica a la que rara vez está uno dispuesto.

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Quién demonios quiere ir contra sí mismo. Pocos. Pero decir, sobre todo públicamente,  que se lleva a cabo esa tarea otorga crédito y prestigio. Es, hasta cierto punto, una moda hacerse el enterado de los propios defectos. Qué me hace creer que no soy yo un “cliente” de esa moda. Nada. Es un círculo vicioso del que poco provecho se puede sacar. Sin embargo, hay una pista que sirve para notar sí se ha progresado en el paseo por nuestro infierno: el que deja uno de cabrearse espontáneamente cuando le juzgan los otros, los próximos y los extraños.

Es fácil decir: “hombre, yo soy un estúpido, un imbécil. Y te lo cuento, querido mengano, por salud mental, para evitar un malentendido que suponga o me haga sospechoso de sentirme moralmente superior”. Pero, hagamos una prueba, digan en su cara o escriban a este humilde siervo de la verdad, que es un imbécil y un estúpido. Pronto veremos que se las ingenia para negarlo por vía del sarcasmo, del ninguneo y, en el mayor de los casos, se ungirá como víctima de una serie de calumnias. –Protestar-, escribía Cioran en Ese maldito yo, –es una prueba de que no se ha atravesado ningún infierno-.

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Ir contra una mismo, en definitiva, no es algo fácil. Años atrás, cuando fingía ser estudiante, me gustaba “confesar” que yo era un tipo difícil en todos los aspectos. Cuando mis compañeros comenzaron a darme por mi lado y a no reprimir su incomodidad ante mi “seria dificultad para cualquier asunto”, ya no me gustó. Y como típico cobarde, comencé a negarlo por medio de la réplica y la chapuza. Aún hoy me es difícil tolerar que me digan: “hombre, que complicado (pendejo) eres”. Y sin embargo, quien me lo dice, rara vez comete un desatino.

  • Ilustración: Gustave Courbet