El tango, ese “reptil de lupanar” como lo describió violentado el poeta Leopoldo Lugones, ha sido elevado a la categoría de lo divino, por la música de Piazzolla y Palmeri, por el mosaico polifónico del Coro del Teatro del Bicentenario, acompañado por Judith Campos al piano y el maestro Raúl Jáquez al bandoneón, en un concierto excelso.

Negro y rojo son los colores dominantes de una presentación musical que estallará en luz viva, en una representación simbólica de ese baile quebrado de muerte que se ofrece humilde, desde el arrabal, como ofrenda dolorosa ante lo divino.

El Teatro del Bicentenario comienza a llenarse de murmullos, de personas -mayoritariamente maduras, aunque también hay jóvenes de aires rebeldes y niños en flor-, frente a un escenario donde destaca lo imponente de un piano alemán de cola, de la casa Carl Bechstein, y sencillos atriles.

Cuatro tiaras de luz coronan la bóveda del escenario donde van tomando su lugar los músicos -dos violines, viola, violonchello, contrabajo, piano y bandoneón- y 52 voces que integran sopranos, mezzos, contraltos, tenores, contratenores, bajos y barítonos, y un impecable director al frente, que es Jaime Castro.

En el sonido del bandoneón que acuna Jáquez, al entrar al escenario, cubriéndole con un paño púrpura, como se cubre sólo lo sagrado, se manifestarán los ecos de ese aire doliente que hicieron nostálgico Paquita Bernardo, Pichuco o su mejor alumno que fue Astor Piazzolla.

Cuadrilátero con fuelle y perladas lágrimas que se tocan al tacto de la digitación -sin verlo nunca pues sólo hace falta sentirlo y dejarse llevar por él-, el bandoneón elevará con la maestría de Jáquez, a un lamento áureo en honor a Nuestra Señora del Buen Aire

El Coro del Teatro del Bicentenario, hoy bajo la dirección de Jaime Castro, ha logrado en apenas ocho años ser un importante referente en México, con miras hacia lo internacional.

El programa es una tríada que comprende La muerte del Ángel de Piazzolla, con arreglos de Néstor Zadoff, Libertango’ de Piazzolla, y la suprema Misatango de Martín Palmeri. Dulces arrebatos sonoros que hacen vibrar el alma y el corazón.

Un bouquet de rosas rojas al pie del atril del director de orquesta, los rojos racimos de cristal que penden de los delicados lóbulos, como su voz, en la mezzosoprano Frida Portillo -en quien se multiplica el rojo motivo floral de su bellísimo vestido-, son representaciones de la pasión y la sangre derramada.

Las voces del Coro del Teatro del Bicentenario -creado en el 2013 con el objetivo de formar profesionales en el canto- hoy crece como fuego vivo gracias a Jaime Castro, y va elevando o haciendo descender, como la poesía, a todos los espectadores que se suman a la exaltación manifiesta en el metalenguaje del director que se ha quitado el saco -en algún momento del concierto- para arrastrar al auditorio hacia una epifanía.

El hilo conductor de este concierto es el engarce entre lo divino y lo profano, desde el ditirambo dionisíaco que profesa el aire percha del bandoneón, hasta la pureza del canto manifiesto en la sagrada frase de ‘Sanctus Dominous Deus

El tango, ese ritmo de temblores metafísicos que nació en la tierra sin yuyo antes de llegar a los galpones, entre los barrizales del arrabal, que se fue constituyendo compadrito y orillero, hijo de la payada y la milonga, con raíces de canbomde, que nos heredó el negro Gabino Ezeiza, que cantó con aire triste de chamuchinas José Betinotti en sus acordes rezongantes, que hiere y hace que uno viva o muera, guapo con facón en mano ante la Luna que gravita silenciosa mientras besa dulcemente la mitología de cuchillos, que nos deja al final esa esperanza de encontrar el amor en un puerto nuevo del futuro.

Ese misma aurora que nos mostró Borges, mientras canta melancólico atado al encadenamiento del corazón, tan niño y genio, tras una reja en una casa de Palermo donde cae la lluvia, siempre como un misterio que vuelve o se va.

El Forum Cultural en sus 15 años de existencia honra, con sobrada suficiencia, el acercamiento a una cultura hermana, la de la Argentina que brilla como un facón de luna plata entre el derrumbe cotidiano y lo celeste.

Porque en la ciudad de los cueros y el Padrenuestro también, desde el Coecillo -barrio cuchillero como los antiguos Palermo o Balvanera-, se deja de ser a golpe limpio en un baile triste, lo mismo que se honra lo sagrado en una penitencia humilde en la misa dominical ante Nuestra Señora de la Luz.

Al final del engarce musical -que me remite a la esperanza rota en lo convulso y amargo de los coventillos de Buenos Aires- entre las voces celestes, el piano, los violines y el ronco bandoneón, un par de lágrimas gruesas resbalan lentas por mis mejillas.

Sí, los malevos también lloramos al ser tocados por la belleza impoluta de la luz sonora.

  • Fotos: Forum Cultural