El impresionismo revolucionó nuestra forma de ver el mundo: la luz, el color, los momentos específicos. Pero junto a los paisajes y las escenas urbanas, hay un elemento más terrenal que se repite en muchas pinturas: la comida.

Una obra simbólica es El almuerzo sobre la hierba (1863) de Édouard Manet. El escandaloso desnudo de la protagonista a menudo ha eclipsado otro detalle revelador: la presencia informal de la comida. Fruta, pan, botellas: no una mesa puesta por aristócratas, sino una comida moderna y burguesa al aire libre. Un picnic que rompe con la pintura académica y retrata la vida real.

Los impresionistas (y postimpresionistas) siguieron este ejemplo.

Pierre-Auguste Renoir, con obras como Le déjeuner des canotiers -El almuerzo de los remeros- (1881), pinta a amigos reunidos alrededor de una mesa con copas de vino, fruta y platos aún calientes. La comida está viva, forma parte del festín, no es solo un objeto para admirar

Un nombre menos conocido pero fundamental es el de Gustave Caillebotte, quien en Déjeuner -Almuerzo- (1876) retrata un momento íntimo: un hombre solo, sentado a la mesa, inmerso en el silencio. Aquí la comida se convierte en símbolo de la vida doméstica, de la burguesía silenciosa y reflexiva del París moderno.

Berthe Morisot, figura femenina clave del impresionismo, también retrata desayunos y meriendas, a menudo vistos a través de los ojos de mujeres o niños. En estas obras, la comida simboliza el cuidado, la vida cotidiana y el entorno familiar.

En estas obras, la comida no es ni un símbolo religioso ni una ostentación de riqueza, como en la pintura barroca. Es un acto compartido, social y cotidiano. Y precisamente por eso, profundamente humano.

En la era de la “comida para fotografiar“, los impresionistas nos recuerdan que una comida puede ser mucho más: un recuerdo, una luz, una emoción para capturar al instante.

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  • Pintura: Pierre-Auguste Renoir