A veces pienso que una historia, cuando se la quieres contar a alguien, hay que empezarla en el lugar exacto, pero luego no sé qué lugar es ése y comienzo a contarla al menos un poco antes, por si acaso”, dice Ray Loriga en Sábado, domingo.

Se regresa uno a buscar dónde está el centro del relato. Yo sigo en el patio de la escuela. Busco en los lunes de uniforme blanco con saco azul marino de rigurosos seis botones, escudo de la Josefa Ortiz de Domínguez en el costado izquierdo, muy águila, pertrechado con un segurito cerca de la solapa.

Quiero contar una historia. La directora de la primaria me reñía por un plural de causas frente a la comunidad infantil que aguardaba paciente a mi martirio.

La líder moral, a quien le celebramos el santo cada 4 de Octubre, con misa y acto en el patio, me reventaba con la naturalidad de quien reconoce que tiene ante sí algo muy defectuoso 

Había motivos, parece. Llegaba tarde y por esa causa, también, se armaba un zafarrancho que entorpecía el inicio puntual y londinense de los honores a la bandera de cada lunes. Era necesario que estuviese temprano, pero era habitual que yo no dijera presente a la hora que se me exigía porque llegaba tarde.

Las causas de arribar al colegio luego de las ocho de la mañana y no antes ya no tiene caso esgrimirlas. Aunque cuando recuerdo, y me río, no encuentro explicación sensata a esa impuntualidad viviendo a cuatro cuadras de la escuela: a la lata de siempre salir a prisa, agujetas sueltas, uniforme a medio hacer, sin beberse el vaso de licuado completo, incapaces de salir de casa a tiempo, como si fuéramos protagonistas de El ángel exterminador.  

Llegaba tarde. Impedía el inicio de los honores. O metía en aprietos a Jorge Luis, el subcomandante de la banda de la que yo era la corneta principal, quien daba las órdenes del toque de bandera con bastantes pifias a la hora de entonar, y a quien la directora sometía a un roster matinal luego del fiasco de la banda de guerra y sus innecesarios protagonismos.

A Pachita no le interesaba si llovía o había desmayos entre el contingente, si el juramento a la bandera había inflamado nuestros pechos cívicos como para morir por la Patria o si habíamos aprendido algo de la historia de nuestro país con las efemérides o las distintas y muy creativas maneras de contarnos la conmemoración de ese o aquel lunes.

La mujer a la que recuerdo con unas ojeras que distinguía yo desde mi puesto de enjuiciado buscaba el micrófono. Puedo estar exagerando, como suele suceder conmigo, pero pienso que el ritual de los honores no se cumplía si Pachita, voz lenta y algo trompicada, como si le costara hablar o arrastrara con cierta pereza las palabras, dedicara una filípica contra el comandante de la banda de guerra de la primaria de entonces. Ése era yo.

Ingresé como parte de la banda en tercero o cuarto de primaria. Si me preguntaran por qué motivos no se me ocurre nada, salvo que había ensayos casi a diario antes del recreo

Significaba salir de la escuela, rumbo a la explanada del tianguis, a aterrorizar a los vecinos de la calle Pedro Moreno con una tanda de tamborazos. Cuando camino por ahí, suelo pensar que deberíamos pedir perdón públicamente a toda esa comunidad por haber sido los causantes del mal humor de las familias los días de ese entonces, de nueve a diez y media. Éramos ruidos, muchos ruidos. 

Cuando llegué a la banda el comandante era un chico fornido, al que le llegaba yo a los hombros. Nunca fui de la escolta pero la maestra Marielena vio que yo tenía potencial para ser el centro de atención en el patio de la escuela y decidió investir comandante a este que suscribe, que cursaba sexto año de primaria.

La transmisión de poder entre las generaciones constituye un momento crítico de la historia de las unidades domésticas”, dice Bourdieu. Un militar, Pablo Mendoza, de ese nombre sí me acuerdo, a instancia e insistencia de una maestra decidida, conformó un grupo de chiquillos que se sentían atraídos por la disciplina y ese raro rito de paso que es una banda de guerra en una escuela primaria. Y yo estaba siendo parte de eso. 

Más de alguno debe acordarse de los regaños. Tenía que tragarme las palabras de Pachita, la directora. Era un ritual donde fomentaba los conflictos con la autoridad que demostraría yo en el futuro, pero también me convirtió en testimonio de un estoicismo de monje que ahora mismo no me explico.

No recuerdo si me afectaba como ahora me afecta que alumnos me consideren un pésimo profesor; que me hiciera algo en el estómago lo que decía de mí, un poco sin piedad, la directora de la escuela

No alcanzo a distinguir si yo reaccionaba o decía algo o me enojaba. Me cuesta ver cómo  encajaba los sablazos que reiteraban no servía para el puesto, que los golpes de bandero eran mucho para mí, que el quepi me hacía ver orejón, que llegaba tarde y además tocaba mal.

Lo que sí aprecio es que muchas de las tragedias íntimas y personales, forman parte de lo inolvidadizo, que se mantiene ahí y, varias de ellas, ya lo veo, me sucedieron en el patio de la escuela, ese al que José Emilio Pacheco llama desierto, y donde uno combate batallas en posición de firmes.

A veces, dice Ray Loriga, la vergüenza te impide mirar atrás durante mucho tiempo, y la gente que te recuerda algo malo se vuelve rara en la memoria, y uno aparta toda la historia con las manos de dentro de la cabeza como quien espanta moscas. 

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa