La ciudad más occidental de México, donde inicia la Patria, es un conglomerado de la cultura del norte y a la vez un enorme e inaudito set de filmación, si quiere verse así

Con decenas de motes para todos los gustos. La de la ‘Revo’, la de la fiesta inacabable, la multicultural, la de las mejores cervezas, donde dicen que se inventó la ensalada César, la dura de roer que alberga a los migrantes, la de los tables dances, aquella de los bares atestados, esa de las mulas que pintan de cebras, esta que se afirma es la frontera más transitada del mundo, la presumida donde tuvo auge el rock, una literatura potente como su cocina a lo Baja Med y  que por creerse eternamente  joven pasa los desvelos como si el cuerpo no le doliera nunca.

A Tijuana le han colgado nombres y sobrenombres por doquier para vérsela ya como las películas de Hollywood, ya como un documental con tintes socio antropológicos, un enclave enigmático o nota escandalosa de todos los diarios, e incluso enmarcada como medalla de progreso.

La ciudad más fronteriza del país, con sus 637 kilómetros cuadrados es un complejo artefacto donde se entra, pongamos un 20 de noviembre de un año de, pongamos 2020, y agreguemos el elemento de una crisis global, amenazada por un virus, y que aquí arrecia, dónde iba a ser si no en Tijuana, elementos suficientes para cocinar una serie exitosa, de esas que ahora se estilan mucho en las pantallas.

Capítulo uno de la primera temporada y única

El guionista se siente un tipo malo que llega del aeropuerto con pocas pistas a buscar una llave escondida debajo de una maceta para abrir el cuarto que se rentó, pero antes, hay que correr la pesada puerta de un garaje en medio de un callejón que tiene cara de pocos amigos y solo ostenta su letrero de No parking, ¿no es digno de inicio de película de Eastwood?

Todo bien hasta que la noche se aparece y hay que buscar uno de los famosos sitios de gastronomía que se anuncian de moda, áreas de food truck con aromas y sabores para muchos paladares. Olvido que aquí, además de las dos horas de diferencia con el resto del país, los precios son altos.

En este capítulo hay encuentros con Orlando, otro huésped que hace recomendaciones al por mayor, tanto de caminatas largas como las que incluyen traslados en auto rentado. “No vayas a equivocarte porque si no atiendes el carril, vas a la garita y ya valiste, no hay modo de salirse”, lo dice como referencia al puente de San Ysidro, la línea para cruzar a San Diego en Estados Unidos, donde cuentan los que saben, que hay 300 mil, sí, 300 mil cruces diarios entre Tijuana y San Diego.

En Tijuana, este virus maligno cuyo nombre está precedido por el de una famosa cerveza que venden hasta en Japón, parece que ha arreciado, pero la gente no lo nota o no quiere notarlo

Tijuana es fiesta y trabajo ‘men’, fiesta y trabajo”, grita uno de los comensales en este Gastro Park donde estamos, grita tan fuerte que se hace un silencio para escucharlo todos segundos antes de su risa estentórea.

Capítulos dos. La revancha de La Revo

El de arriba es un título tentativo y el guionista decide llamarlo así porque la paradoja es cruel. Museos y centros culturales como el Centro Cultural Tijuana, bello por dentro y por fuera, permanecen cerrados, pero no la Avenida Revolución, esa arteria donde se amontonan los bares, la efervescencia a todos niveles, los vendedores de baratijas, los que están al lado de la mula pintada de cebra para que los gringos se tomen las fotos, las jovencitas ufanas paseándose con un tipo que al menos les triplica la edad y…una amalgama de vidas suspendidas en la última ciudad del país, la más occidental.

De arriba abajo peiné la Revolución en diferentes horarios cual detective para ver si el ánimo cambiaba, la temperatura subía o bajaba…vi una serenata improvisada muy de mañana en el famoso arco que engalana la avenida, escuché la declaración más intensa del planeta de dos jovencitas, tomé unas treinta fotos con el celular de una señora que posaba y posaba en cada tienda a su alrededor y vio en mí a su fotógrafo perfecto.

Fui en búsqueda de sitios alternativos que me recomendaron en el callejón Rodríguez que tiene algunas muestras de street art y un par de cafés “con ondita” pero nada del otro mundo; los sentí un poco desangeladones.

Y en las noches, La Revo toma venganza del encierro. No hay sana distancia que valga, lo que quiera visitarse está a la vista, con sus luces neón, su música de ritmos variopintos y cientos, cientos de personas que a un lado y otro de esta frontera, cruzan para venir a esta calle recta a comérsela, así, literal

La calle Sexta es una de tantas donde la noche hierve, los clientes se agolpan y conforme se avanza, las luces son más mortecinas, lo que no aleja a los ansiosos de baile y licor. El Dandy del Sur atrapa, entro para anotar lo que se coció allí adentro…suspenso.

Capítulo tres. Te llevo a la bufadora

Son las doce del mediodía, hora perfecta para terminar el café y tomarse el taxi con rumbo a Playas. Miguel Ángel, el chofer, me lleva allá. Bordeamos la línea divisoria en el trayecto; cuenta que él los fines de semana prefiere ir a Ensenada. En un arrebato de sociabilidad me invita a ir con él y su mujer, porque será domingo y “se pone muy bonito en el mirador”. Maneja con gusto y saca su celular para mostrarme un par de videos donde la gente amontonada observa ese fenómeno natural.

Te va a gustar. Hasta puedes entrevistar gente y les dices que serán famosos”, urde. Yo le agradezco el gesto al tiempo que llegamos hasta el faro, pero…no se puede pasar por las restricciones.

Hay policías que patrullan todo el malecón sin permitir la más mínima reunión y avisan por los altavoces que la gente salga, que no se puede permanecer. Unos obedecen a regañadientes, otros no.

Hablo con el comandante y me da permiso de caminar por la orilla, pero sin entrar a la playa porque “lo regañan”. Me cruzo entonces el trayecto de ida y regreso dos, tres veces para llenarme la vista de esa parte del muro de la discordia que resiste el embate del agua, con esos rostros, frases y corazones pintados por migrantes y familiares que le han puesto color a esos pedazos de hierro sólido.

Las vidas fragmentadas se concentran también aquí, este cacho de tierra que tiene como lema turístico “Aquí empieza la patria”, fabricado en letras monumentales.

Alguien se acerca cuando me ve salir, tiene gorra y cara dura, pregunta si sé a qué hora se van los policías para poder cruzar al otro lado, también que si tengo algún contacto porque a él “lo acaban de echar” mas no se rinde y cruzará por donde sea para llegar a Estados Unidos esta misma noche. Miento, le digo que no se podrá porque se patrulla las 24 horas. Dice que no importa, él “tiene un plan”. Me alejo.

De acuerdo con algunas noticias locales, ni la pandemia ha frenado el tráfico de migrantes, se sigue cruzando en cantidades cada vez más insólitas, con todos los riesgos del mundo

En Playas la gente pulula, compra, atiborra los restaurantes, toma fotos de cuanto puede, pide canciones a las agrupaciones que amenizan cada sitio. Busco un lugar menos ruidoso para continuar el guion, encuentro una silla disponible desde donde ver la playa, lo tomo junto con mi cerveza Tecate roja, “porque aquí el sabor sí es muy diferente”, había recomendado Miguel y le creí.

Veo a varias parejas de enamorados besándose, gringos ufanos con dólares en mano y atuendo a lo James Dean, familias, parentelas completas de más de diez integrantes que esperan por una mesa donde estén todos juntos, carteles anunciando sus mejores descuentos. “Tjuana es fiesta, ‘men’ ”, me resuena en la cabeza. Fin del capítulo.

Capítulo cuatro. Hong Kong

Había dudado en cruzarme, pasar por ahí en esa línea dura, saltarme el arco en plena oscuridad y fingir que las puedo todas, que no necesito policías que acompañen el recorrido en esta zona roja emplazada en el callejón Coahuila.

La noche anterior vi el reportaje de CNN, donde el reportero narra en una pieza de siete minutos cómo se vive la prostitución en Tijuana, la trata, la violencia e impunidad rampantes ahí. En ese reportaje, quizá más por sensacionalismo, el reportero presume que recorrió toda la zona a altas horas de la noche en compañía de policías de Tijuana y se puso un chaleco antibalas. Habló a cuadro de ese riesgo y de cómo se filtró para entrevistar a trabajadoras sexuales, aunque en el reportaje solo hay el testimonio de dos de ellas.

Cruzo sin chalecos ni policías y pregunto por el Hong Kong o el Molino Rojo a unos mariachis que me ven de arriba abajo y señalan el fondo, a la izquierda.

Llego entonces al sitio, el Hong Kong, con sus tres pisos de mesas con varios escenarios, el table dance más grande del mundo y que por estos días ha salido a flote por un asunto de película: camionetas Cadillac convertidas en limosinas trasladan sin costo a los extranjeros al enorme burdel desde la garita de San Ysidro, los cruzan, pues. De sana distancia, ni hablar, eso no existe.

Por fuera y, de hecho, en todo el callejón Coahuila se vive otra realidad, una alterna que muestra con grosería sus luces neón, sus autos de lujo, su clientela variopinta de varias partes del mundo, sus descensos en limosina y carros lujosos de hombres y mujeres que pareciera que van a la alfombra roja para recibir un premio. Así es, todo un set cinematográfico montado en pocos metros, mientras que, a otros pocos, la miseria, drogadicción y oscuridad.

Camino rápido y observo, me observan, mi atuendo delata claramente que no tengo el dinero suficiente para entrar a donde sea. Sigo con lentitud sin inmutarme, pero con un leve temor de que alguien se aloque y busque pelea

Una chica afuera de uno de los sitios insiste en llamar mi atención en inglés, español o balbuceos de japonés. Más adelante, dos chicas de faldas minúsculas y maquillaje extravagante que tienen a sus espaldas a dos corpulentos vigilantes, hablan con tres jóvenes franceses, ellos lo dicen fuerte de dónde vienen, ellas les acarician el rostro y los invitan a entrar, los toman de la mano, están por convencerlos cuando uno de los vigilantes se me acerca y pregunta que qué hago ahí si no voy a pasar (creo que se dio cuenta que tomé unas notas rápidas en mi libretita para el guion).

Envalentonado le digo que soy periodista extranjero (miento) y le sostengo la mirada. Me truena los dedos y dice que siga caminando para no tener problemas. Hace un gesto que de inmediato atrae a quien parece un vagabundo, tipo de unos setenta años sin dientes, que ofrece encaminarme si le compro un hotdog en la esquina. Parto de prisa, tuve la suficiente carga de imágenes y de texturas para escribir. Al salir de esa boca de lobo volteo aliviado, nadie me siguió, creo. Ya tengo la carga de adrenalina del día.

Recalo en el Cine Tonalá de la Revo, donde dan la última función de El baile de los 41, solo somos 6 en la sala. Se hace el oscuro.

Capítulo cinco. Despedida

El clima se mantuvo muy estable esos días, de pongamos, entre el 20 y 25 de noviembre, con pocas variantes, aunque tendiente al frío, con avisos constantes del gobierno de que el coronavirus arreciaba y varios sitios, cerrados, aunque en las calles (se repetirá en el guion), parecía no pasar nada.

De las 31 y pico de cosas que los blogs de viajeros y páginas recomiendan hacer en Tijuana, la mayoría se concentran en su comida, la zona Río, el Cecut, los museos (cerrados, repito), el estadio de los Xolos, Playas Tijuana o Rosarito.

Los pasos me encaminaron a la Plaza Río, un centro comercial más, sin grandes aspavientos y hasta la lamentable Plaza Fiesta, que se vende como un sitio de diversión y muy vivo, pero lucía verdaderamente pobre esa noche.

Tijuana es fiesta y trabajo”, repito ya como un mantra en el aeropuerto donde se borronean las líneas generales de este argumento de la primera temporada de esta Tijuana vibrante y ajada, vibrante y multiidentitaria, dolida pero sumamente gozosa, tachada de todo lo imaginable, que se padece y acaricia por donde se quiera.

La llave del cuarto del guionista que se sentía tipo malo, quedó justo debajo de esa puerta de hierro con su No parking, locación perfecta para iniciar una historia distópica, atravesada por la realidad de ese noviembre de, pongamos, 2020…Escena Uno.

  • Foto: Manolo García
Predial 2021