Cual  premonición rulfiana, Chavela Vargas  escaló como la lava en cuanto lugar pisó.

A los 6 años, un chamán, según confiesa en una entrevista aún disponible en YouTube, la curó de un problema de la vista. De ahí su predilección por los chamanes,  por ese mundo mágico, reservado a los iniciados.

Muchos años después, la nacida en Costa Rica, la abandonada por sus padres en la casa de unos tíos, se convertiría en la gran chamana, una mujer de voz y piel dolidas que paseó su rebeldía con orgullo.

México fue su patria, donde hizo lo que le entró en gana. Justo en abril pasado, cuando se cumplieron cien años de su nacimiento, los diarios y revistas recordaron su legado, las letras de sus canciones, su característico poncho en los conciertos y esa lengua suelta que no medraba tema alguno: alcoholismo, lesbianismo, corruptelas del poder, soledad, esa tremenda soledad que la acompañó en vida.

Imposible no conmoverse ante su voz de caverna, estrujante por los cuatro costados en cada interpretación de Macorina, Un mundo raro o Volver, volver.

México me enseñó a ser lo que soy, pero no con besos sino a patadas y a balazos. Me agarró y me dijo te voy a hacer una mujer en tierra de hombres y te voy a enseñar a cantar”, soltaría alguna vez enfebrecida.

La cantante mito, a quien Joaquín Sabina le dedicó la letra ‘Por el bulevar de los sueños rotos’ cantó y se codeó a lo grande

Impulsada por José Alfredo Jiménez en la década de los cincuenta, Chavela se enamoró de Frida Kahlo, departió con Ava Gardner, era figura admirada y respetada por presidentes, intelectuales y cineastas. Cantó en la boda de Elizabeth Taylor y Mike Todd, en Acapulco. Publicó su primer álbum discográfico en 1961.

El escritor Carlos Monsiváis la llamó “pintoresca”.

Un mundo raro

Después vendrían años oscuros de tristeza y soledad por su adicción al alcohol, de la que nunca renegó.

Pedro Almodóvar fue su padrino y la ayudó a reimpulsar su carrera en Europa, donde París y Madrid se rindieron a sus pies. También la hoy senadora Jesusa Rodríguez y su compañera Liliana Felipe, la apoyaron para reordenar su carrera.

Rabiosa, enfundada en pantalones, lentes oscuros y cigarro en los labios, la Vargas, como se puede constatar en las decenas de testimonios que hay en videos, jamás tuvo pelos en la lengua para decir lo que le viniera en gana.

Esa rebeldía fue plasmada en ‘Chavela’, un documental estrenado el año pasado en México y que ganó en 2017 el Premio del Público y Mención Especial del Jurado del Festival de Cine Latinoamericano de Biarritz

Dirigido por la documentalista Daresha Kyi y la cineasta Catherine Gund, que conoció a la intérprete en 1991, el filme se considera un retrato íntimo de la cantante.

No obstante, pocos conocen un documental anterior, Su nombre es Chavela, del año 2006, dirigido por el guanajuatense Eduardo González Ibarra, con el apoyo de Canal 22 y que resulta uno de los ejercicios mejor documentados y con un estupendo diseño sonoro.

En él, Miguel Bosé, Pedro Almodóvar, la propia Jesusa Rodríguez y más personajes, perfilan a una Chavela en ebullición constante. Con llenos en el Auditorio Nacional y el Palacio de Bellas Artes, Chavela Vargas vive unos años gloriosos, cuando a decir de ella misma, la vida se le estaba apagando.

Al Festival Internacional Cervantino vino en 2003. Su concierto de clausura en la Alhóndiga de Granaditas  es de los más celebrados en la memoria del festival. Ahí, ante 7 mil almas, con su poncho, su “caballito” de tequila que le acercaban constantemente los organizadores, Chavela diría una y otra vez que quería morir ahí, en Guanajuato, en la tierra de José Alfredo o en algún otro escenario.

El alcohol es la enfermedad de la soledad, del abandono, de estar rodeado de mucha gente pero al final, nada”, espetó alguna vez la Vargas.

 

Volver, volver

Se construyó a sí misma un personaje, uno al estilo de Juan Rulfo, o quizá de un minimalismo beckettiano; y al ser ella misma un personaje, no aceptó que alguno osara mandarla en la industria del cine.

Cuentan que rechazaba papeles cinematográficos, aunque sí accedía a participar cantando en algunos

Con Werner Herzog apareció en Grito de piedra (1991); Pedro Almodóvar la incluyó como intérprete en Tacones lejanos (1991), lo mismo que  Julie Taymor en Frida (Salma Hayek, 2002), donde cantó La llorona. En Babel (2006), de Alejandro González Iñárritu cantó Tú me acostumbraste.

Chavela Vargas murió el 5 de agosto de 2012 a los 93 años. Su cuerpo fue velado en el Palacio de Bellas Artes, grabó más de  80 discos pero de entre todos, es sintomático el que grabó en 2006 con el músico Jorge Reyes, Cupaima, una gozosa fusión prehispánica-ranchera, donde el fallecido Reyes arma un diseño sonoro inquietante, rulfiano pues, provisto de un arsenal de caracoles, flautas y sonidos onomatopéyicos.

El tema número doce es la canción La despedida, y al final de esta interpretación, su hálito profético exclama al micrófono en voz en off:  “Ya no me están quedando fuerzas”.

  • Ilustración: Aldo Novick