Leí Anjani (Editorial Yerba Mala Cartonera, 2020), libro de César Antezana Lima que contiene una colección de poemas luctuosos, y tomé algunas notas, que a través de los días fueron tomando forma de un diario de apuntes.

Escribir una reseña de tal libro no está en mis capacidades, en mis gustos, para eso están los escritores de diarios, los que traen una jerga opaca en sus bolsillos y no dudan en despilfarrar su capital, disque intelectual, en una arenga que raya en lo odioso. Yo prefiero el rodeo, el laberinto, el despiste, después de todo, mis santos patrones en estas aventuras siguen siendo Montaigne, Stevenson y Benjamin, los cuales, por cierto, rara vez cito.  

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¿Quién es el muerto? ¿Quién ha incitado este paroxismo?

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Los pequeños hombres rotos / se tutean / en medio de una sobria retirada en cámara lenta…”, escribe Antezana.

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Por ahora sospecho, y apuesto con carta tapada, que rara vez le lloramos al muerto, a ese bulto arrojado al agujero; le lloramos al que muere en nosotros, el difunto no es más que un recordatorio de aquello que somos no siendo, una larva que tarde o temprano alzará su estéril vuelo en la negrura de la muerte.

San Agustín llora lágrimas de infelicidad ante la muerte de Santa Mónica, su madre; pero también muy amargo era su llanto, y sólo en la amargura encontraba paz, cuando murió aquel amigo suyo al que consideraba su alma gemela, e incluso, tal como sucede en la fábula de Orestes y Pílades, se sintió inclinado a morir por él, con él, puesto que más atroz era una vida sin su compañía que la propia muerte.

Hanna Arendt y, más tarde, Maurizio Ferraris sostienen la tesis de que para San Agustín la experiencia del autentico morir es la del luto donde, en la muerte del otro, se revela en toda su claridad la estructura completa de la caducidad

Vuelvo a ver mi carta tapada y confirmo algo: Aurelius Augustinus de Hipona, el de Tagaste, mimetizando a sus difuntos, también murió una y otra vez antes de su conversión al cristianismo, murió el epicúreo, el maniqueo, el escéptico y el platónico que había en él; pero también murió el hijo de Mónica y Patricio, y también murió el amigo. Todas estas muertes de San Agustín, por mengua psicológica pero también por erosión ontológica, fueron lloradas y guardadas en luto, sus Confesiones dan testimonio de ello.     

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Mientras el cuerpo del difunto yace en lo exterior, antes de ser devorado por gusanos o incinerado en el crematorio, parece invadirnos una certeza: lloramos esa exterioridad con gestos exteriores, con lágrimas demasiado pesadas para ser retenidas por los globos oculares, con palabras rencas que al ser expulsadas del fuero interno lamentan no ser un lamento auténtico, idéntico al ardor que crepita en su origen, motejamos con lágrimas las palabras pronunciadas con rabia, con impotencia manoteamos; todo se vuelve exterior, mentimos.

Nada expresamos en realidad por consecuencia de un sismo interior, de un carretón de emociones ardiendo lenta y ruidosamente. Expresamos una merma, aquello que sale sólo es una réplica ficticia, fallida, de aquello que nos arrasa internamente. Un berrido desgarrador que ensordece al vecino, que alerta a los empleados del crematorio es en realidad un mormullo comparado con lo que acaece dentro. Aún cuando se finge la muerte hay un reservorio de experiencias que irradian vida a través de una furiosa memoria destejiéndose sin pudor.

Hay un estribillo, con respectivas variaciones, en Anjani que da ritmo a una catarsis, que impide deponer toda la hiel y la tristeza en el féretro, la sospecha de que quizá el muerto no está del todo ido

Mientes cuando dices que has muerto / un vecino te vio ayer comprando algo de pan, / rezongando por el precio de las afeitadoras y los mentolados / tratando de sonreír a pesar del barro en tus zapatos”.

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Cuando tenía 13 años de edad murió mi tío Alejandro, alias Jolín, Judas, el Barbas, etc. Murió víctima del alcoholismo, murió, ahora lo recuerdo, muy amarillo y flaco. Y como todo alcohólico, dejó un rastro de dolor, vergüenza y sufrimiento. Pero antes de morir fue a nuestra casa en busca de mi madre, su única hermana en quien confiaba. Le dejó unos retratos de mis bisabuelos y abuelos, y un recado para sus hijos: que me perdonen y no peleen entre ellos. Mi madre, un tanto confundida, le preguntó qué tan borracho andaba, a lo que él contestó: no he bebido desde hace días, ya no me cae el alcohol, sólo que ya estoy por irme de viaje e iré ligero de equipaje. También le pidió a mi madre que no llorara cuando se enterara de su partida, ni en el velorio, ni en el entierro, ni en los rosarios. No llores por mi muerte, no caigas en la hipocresía de los demás. Mi tío se fue de viaje y es hora que aún no vuelve. Mi madre cumplió con lo solicitado, hasta que, 10 años después, no soportó el dolor y rompió en llanto, y a su vez en culpa, por haber quebrantado el pacto. Ese día mi madre canceló el luto guardado a mi tío Alejandro. Ese día mi madre, lejos de vociferar cursilerías y falsas libaciones, purgó su dolor en el tamiz de los reclamos y quejas, y con un sentido y sincero adiós que aún hoy le ilumina el rostro de alegría se despidió de él.

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Recuerdo haber llorado la muerte de mi tío. Lloré porque sí. Por mimesis; porque los demás así lo hacían, y me sentía asfixiado por una pena sin previó registro en mi corta experiencia. Mi llanto fue, como lo había profetizado mi tío, el de los hipócritas. Confieso que la muerte del tío Alejandro no se presentó como un evento que trajera a colación mi propia finitud. De alguna manera me las arreglé para ocultar que yo había llorado por afectación de los que lloraban, pero no por el deceso del Jolín.

E hice esto, ahora me es diáfano, por esa manía de pertenecer, por sentirme parte de una familia, apostar por la esterilidad de mis ojos, según mi yo de aquel entonces, me hubiera costado la proscripción, el destierro emocional, además de ser tipificado como un monstruo insensible. Años después, cuando mis abuelas murieron, pasó algo semejante, entristecí por efecto de contagio, no por la muerte de ambas abuelas. El sobresalto que exterioricé fue más fingido que sentido, y la verdad es que ese acto histriónico no fue del todo voluntario sino un mero reflejo de algo ya aprehendido.

Ateniéndome a esta breve retrospectiva, yo nunca he estado de luto, no he experimentado el dolor y la aflicción que implica la defunción de un otro, de alguien ajeno a mí mismo

Me he afligido y he llorado por costumbre, para acompañar a quienes si experimentan esta conmoción brusca y torrencial. A veces, pero ahora no se pega la gana hacer de incendiario, sospecho que así es como reaccionamos ante la muerte de alguien del que dependíamos y que, por ornato, decimos amar. Voy con Heidegger cuando dice en Ser y Tiempo que nadie puede asumir el morir de otro, que la muerte es en cuanto es esencialmente mi muerte.

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La sinceridad, no me cabe duda, está revestida de mal gusto y desatino. Por qué no siento, no entristezco y no me aflijo por la muerte de quienes fueron cercanos para mí y a quienes traté en lo íntimo. Mi tío Alejandro, el Jolín, era, pese a su rusticidad, amable en sus caricias y tratos. Mis abuelas, hoscas y hurañas, tenían en el tuétano pura caricia y ternura. El aprecio de estos tres parientes fue creciendo en mí en la medida que los fui tratando por vía individual. Y cuando se fueron, no supe qué sentir hasta que vi en otros el descontrol emocional que supuso su muerte.

La cuestión que anoté más arriba no es de ahora, surgió en mi adolescencia, cuando un 2 de noviembre, Día de Muertos en México, fui invitado a leer y escuchar versos fúnebres en una biblioteca pública. Recuerdo que mi amigo Francisco González leyó el poema Nocturno difunto de Elías Nandino, y luego un poetastro de voz hueca y honda leyó de corrido los siete poemas que componen Oscura palabra de José Carlos Becerra.

Esa fue la primera vez que escuché unas palabras luctuosas, no sólo el derramadero de lagrimas y pujos en funerarias y cementerios. Leer Anjani ha supuesto avivar todos estos recuerdos, destejer y tejer nuevamente todas estas memorias.

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De alguna manera se ha tratado de leer Anjani como se lee cualquier libro que nos fascina y conmueve, que nos recuerda el poder de las palabras oscuras, pero también, y eso lo agradezco profundamente a Antezana, que su libro permita leer-me, releer-me.

Para acercarme al luto de Antezana he tenido que revivir mis lutos, los cuales, aunque ficticios (coincido con Heidegger en que dichas experiencias tienen su capital más en lo inauténtico que en lo propio), no han dejado tabula rasa en mi vida

Esos lutos, a la manera de san Agustín, han, hasta cierto punto, servido como adiestramiento y anticipación de mi propia muerte, pero sobre todo, y aquí ya no soy mimético, he vuelto a sentir la herida del luto que he guardado a mi amigo Margarito, ese humilde jardinero que me tocaba las mañanitas con su armónica el día de mi cumpleaños desde el 2013.

Ahora que dicen que has muerto querido amigo, dice mi otro amigo, el poeta Antezana que: “… Y los árboles frutales me observan de pie / tristes, inmóviles, exiguos / No puedo cambiar de paisaje y esta simple certeza / me humedece los ojos…”.

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Hoy, sentado en un café, me tocó escuchar la historia de un hombre que se precipitó al suicidio, estaba cansado de su adición a la droga llamada cristal. Quien relató lo escuchado era una mujer que decía ser la hermana del suicida. En algún momento ella lloró con avaricia, como no queriendo hacer dramas innecesarios puesto que, hasta donde me alcanza la experiencia, así se le llora a un adicto que rehuyó de un proceso de rehabilitación no escaso de sufrimiento, pero completamente inferior al que se padeció cuando se estuvo enganchado al alcohol o cualquier enervante.

En fin, la anécdota cobra relevancia porque el libro de Antezana es un lamento mortis, pero también un acopio de quejas, un paroxismo de rabia tamizada por una fiera ternura a veces musicalizada por Chopin, Berlioz y Bach. El caso Antezana es atípico en la poesía; él, un militante de la subversión al orden establecido (desde lo lingüístico hasta lo teológico) no es, a mi parecer, la voz que resuena en sus poemas. Tengo la impresión que a César no le tiembla el pulso cuando se trata de ser poeta, un poeta ajeno a su propio discurso político. Y esto no significa que la coherencia entre vida y obra, retomada por un Goethe, esté ausente en la obra de este enorme poeta boliviano. Todo lo contrario. No se atreve, y esto lo celebro con un estruendoso aplauso, a ensuciar y envilecer su poesía con los idiolectos propios de todo programa ideológico o contra ideológico. A veces he escuchado en entrevistas a un César demasiado racionalista, demasiado sereno cuando toca su agenda política, su discurso de choque, no pasa así cuando escribe. Ahí hay un poeta, sobre todo en Masochistics y en Anjani, y no un pelele, como tantos otros, escribiendo versos pestíferos que ornen las filias políticas a las que hoy hay que someterse, so pena de ser señalado y condenado como facho o cualquier otro termino que sirva para denostar.   

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El poema lo escribe un poeta, no un ideólogo o un fantoche con aíres de revolucionario, el poema exige que lo escriba el poeta comprometido con la palabra y no con el discurso en boga, sea este para animar filias o agrietar fobias.

Abrir el libro de Antezana es como irrumpir en un ataúd y escuchar el chillido de los clavos que ya un Vallejo asoció con el tono adecuado para todo fenómeno ambiguo que va de la tristeza a la felicidad

Y no sólo encontramos el cuerpo yerto en esa caja, esa caja es el umbral a los fragmentos de una vida que por mor de sospecha sigue ahí, en la memoria y que se resiste a desaparecer pese a la evidencia de lo inanimado.

Alguna vez amé las fisuras de las cañerías, los rincones en que / celoso amontonabas tus trapos renegridos de alcohol y virutilla / pero ahora me es imposible recobrar entera esta memoria / gangrenosa de asfalto y machimbre…”.

El poemario de César es el tipo de libros que resucitan las ganas de leer palabras de poeta, poemas que son tales porque no rinden adhesión a una abstracción llamada poesía. Leo Anjani y me quitó el sabor terroso y dulzón de los versos que hoy son moda y modo para agradar a los colegas y jurados de premios, este poeta de La Paz no es el ya experimentado pseudo-comediante más propenso a orinarse de miedo en público que a reír con desenfado.

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César, de hecho, es un maestro del histrionismo. Antes de leerlo, yo lo escuché y vi en un festival en Cochabamba. Aún lo recuerdo como una diva herida por su propia belleza. Y ahora me lo imagino leyendo algunos poemas de Anjani, y lo mimetizo en su luto, pero sobre todo, anticipo y preveo mi muerte y la de él… quién, como él, le arrancará a las tinieblas un hermoso canto fúnebre como el volcado en Anjani. Suerte tendré de que alguien se acuerde de mí.       

  • Ilustración: Arturo Rivera

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