La fauna que se reúne en el café a donde suelo ir cuenta con especímenes, digámoslo así, permanentes. Son éstos los ancianos, no todos muy venerables.

Creo que se la pasan bien, a ratos sus carcajadas me suelen irritar, en otras ocasiones, sus acaloradas y coléricas charlas me llegan a robar la atención. Pese a que se suele asociar a estas personas con discursos trasnochados, ya caducos o reaccionarios, a mí me da la impresión que es injusto estereotiparlos así.

De hecho, en muchas de sus discusiones es notorio un cinismo que intercala observaciones alegres y amargas, son menos puritanos que un tierno veinteañero y su sensibilidad no es esclava de los melindres y achaques a los que recurre la sobrevalorada juventud.

Hará unos días que estos ancianos se enfrascaron en una de las discusiones más áridas y altisonantes que me ha tocado presenciar. El centro de sus querellas era la figura del expresidente Lázaro Cárdenas del Río

Dicho tema salió a flote por el cercano octogésimo aniversario de la Expropiación Petrolera.  Creo que eran perfectamente detectables dos bandos entre los ancianos. Aquellos que no escatimaban en celebrar y hacer de apólogos y los respectivos anticardenistas y detractores de sus acciones.

Los primeros lo elevan al rango de héroe, con cualidades sobrehumanas, para la justicia social y la soberanía nacional. Los otros, sus antagonistas, le achacaban el oportunismo de sus estrategias políticas, no dejaban de tildarlo como comunista y lo reducían a mero humano, es decir, ajeno a todo vínculo numinoso.

-Ay cabrón, pero qué cosas dices. Cómo te atreves a cuestionar los logros de Lázaro Cárdenas. Te puedo asegurar que la percepción que tienes de él es hija de tu ignorancia, de tu catolicismo rancio y de tu enemistad hacia el pueblo. Caray, ya ni porque eres viejo… deja te digo algo, Cárdenas está a la par de Hidalgo, de Juárez y hasta de tu venerado Jesucristo, así nomás, cómo ves… Cárdenas luchó por y para el pueblo, desde que era soldado en plena Revolución, luego cuando fue gobernador de Michoacán y ya como presidente impulsó la educación, el campo, amparó a los más pobres, por qué crees que la gente aún lo recuerda cómo Tata Cárdenas…

-Naa, cómo crees. A mí no me digas esas cosas. Yo estudie más que tú. Lo que pasa es que eres chaquetero (carcajadas), antes decías que eras comunista, que tu ateísmo no era para apantallar a las señoritas, ora hasta te confiesas cada domingo… a Lázaro Cárdenas le celebran la expropiación petrolera, pero no dicen, o se hacen pendejos, que ese asunto es ante todo un ataque a la propiedad privada. A eso súmale que no fue muy diferente su postura a la de Calles respecto a la libertad de creencias, los dos eran unos intolerantes. Ora dime ¿a poco no fue Cárdenas el que encumbró el presidencialismo, subordinando así a los poderes Legislativos y Judicial al Ejecutivo?

La charla, donde intervenían mínimo seis voces, se hizo larga; lo de arriba es apenas un pequeño fragmento. Lo trascribo, a manera de nota, para corroborar algo que leí en alguna ocasión: Lázaro Cárdenas es un mito

Quizá convenga tener dos acepciones de lo que implica el mito. Por ejemplo, cuando Roland Barthes, es su librito Mitologías, se pregunta: “¿Qué es un mito en la actualidad?”, responde así: “Daré una primera respuesta muy simple, que coincide perfectamente con su etimología: el mito es un habla… constituye un sistema de comunicación, un mensaje… se trata de un modo de significación, de una forma”. Añadamos, como lo hace el propio Barthes en una nota al pie de página, que él intenta “definir cosas y no palabras”.

Otro acercamiento a lo que podemos entender por mito nos lo brinda Peter Burke en su obra Formas de historia cultural, donde anota lo siguiente: “El pasado recordado se convierte en mito. Hay que destacar que el resbaladizo término mito no se emplea aquí en el sentido positivista de historia inexacta, sino en el más positivo y rico de historia con un significado simbólico que implica a personajes de proporciones heroicas, tanto si son héroes como malvados. Tales historias generalmente se componen de una secuencia de acontecimientos estereotipados, a veces denominados temas”. Sucintamente el mito refiere a una narración con una carga simbólica en su significado, en donde están implicados personajes de índole heroica. Bajo el amparo de estas nociones es como se puede sostener la aseveración de que Lázaro Cárdenas es un mito.

A manera de acopio, para no enfadar al lector con una bibliografía pesada, las siguientes coordenadas podrían resultar útiles para sostener este juicio, que seguro a muchos no les parecerá del todo convincente.

La Revolución Mexicana, que también tiene mucho de mito (es el origen de todo: del gobierno, de la justicia y de la soberanía), da cabida al mito de Cárdenas. Es él quien parece llevar, hasta sus últimas consecuencias, ese imaginario. Cárdenas vendría a ser el legatario de otros mitos, como los de Hidalgo y Juárez. Una doble lectura, estadista y popular, refuerza al cardenismo como el sólido cimiento del Estado mexicano como Estado-Nación.

Tanto el nacionalismo revolucionario como el cristianismo son las distintas cosmovisiones desde donde se robusteció el mito de Cárdenas. Del primero reflejó la demanda de los recursos naturales, la justicia social y la distribución de la riqueza; y del cristianismo toma valores como la solidaridad para con los pobres, es decir, la    generosidad, bondad, paciencia y humildad.

Cárdenas es la expresión radical de la propia Revolución Mexicana y de una cultura política tradicional, donde aún son lejanos aquellos ciudadanos que portan una cultura cívica propiciada por las democracias maduras (conciencia de la importancia de la participación política, rendición de cuentas, participación en procesos electorales).

No podemos pasar por alto que esta interpretación sufrirá cambios al momento de ser tamizada por otra posición política. Por ejemplo, Cárdenas es visto, por el discurso de la izquierda marxista, como un personaje contradictorio, siempre al borde del capitalismo por su condición de pequeño burgués que sabe manipular a las masas. No obstan estas observaciones para también acordar que Cárdenas asumió compromisos con la soberanía nacional y la reforma agraria.

Cárdenas, al ser la personificación de una corriente que consolida a las instituciones surgidas de un proyecto de economía mixta y de formas de propiedad colectiva, será foco del discurso crítico proveniente de una lógica liberal, la cual lo rechaza por achacarle defectos como el estatismo, el paternalismo, el corporativismo y la antidemocracia.

Los detractores Cárdenas aunarán a sus críticas el proyecto de desmitificar su figura. Es de suponer que esa fracción ya se había percatado, desde los años treinta, de la existencia del mito heroico que representaba Cárdenas. No les tembló el pulso a los de la derecha católica, liberal y anticomunista, cuando lo señalaron como dictador, comunista y demagogo. Ahora, paradójicamente, el marxismo contribuirá a ensanchar esta imagen negativa, anti-mítica, de Cárdenas. Ellos no dejaron de restregarle su tibieza como comunista, además de tacharlo como agente directo de la consolidación, a través de la manipulación,  del Estado burgués.

El mito de Cárdenas, que cumple ochenta años, no ha dejado de mostrar su actualidad. Sigue vigente la admiración que suscitó en los inicios del siglo XX. Sus apólogos y detractores, como en su tiempo, se devanan en discusiones. Así es como pervive periódicamente el mito, que se nutre del propio antimito para durar. Es relevante que cada generación, enumerando los mismos valores, exprese un particular interés sobre Cárdenas.

Ese mito, desde su origen, ha acompañado al país ya casi un siglo. Despierta aún la admiración por su rechazo explícito de las injusticias que propicia el capitalismo, por considerar prioritarios los temas de la igualdad y la justicia social, pero quizá más al defender un nacionalismo económico. El cual, por cierto, cada vez más parece ir a pique.

  • Ilustración: Ignacio Aguirre. Taller de Gráfica Popular.
OCT 2