Los primeros acordes del clavecín me cimbran entero. Son ecos sonoros de hace 307 años que llegan desde la elegante y exquisita Francia barroca.

La Capella Guanajuatensis abre el FIC en su edición 48: Cuauhtémoc Trejo, el dios Pan que ahora toca la flauta de cristal, la diva Djamilia Rovinskaia, señora de las estrellas, Mikhail Rovinski, digno sucesor de Marin Marais, y el maestro imperial José Suárez al clavecín. Son la gloria barroca de Guanajuato.

Es extraño estar a las 11 de la mañana, en casa, frente a la computadora observando cómo los músicos ofrecen el recital a través de las redes y el streaming, cuando apenas el año pasado podía escuchárseles en vivo. El mundo ha cambiado en 2020 con la pandemia.

La música de François Couperin me hace temblar de emoción. Como un detalle del que tengo conciencia de pronto. Las tomas de las cámaras permiten ver lo que pareciera nimio, pero que si se observa con cuidado dan otra perspectiva de la apreciación estética.

Una toma en primerísimo plano permite observar la digitación de los dedos de Cuauhtémoc Trejo sobre la flauta traversa de madera con motivos circulares en marfil, y casi se percibe el aliento que sale sutilmente de entre sus labios para dar vida a los acordes celestes.

El programa musical está compuesto del Concierto Real No. 2, el Concierto Real No. 4 Leçons de Ténèbres, un assemblage de emociones que define con precisión el título del recital: ‘De lo sagrado a la tragedia lírica en el barroco francés

Sobre un dolly que avanza suave se permite ver en perspectiva a los integrantes de la Capella Guanajuatensis mientras se ofrece el escenario que enmarca el concierto. Tomas en contrapicada muestran los frisos neoclásicos -adornados con florituras- a los que soportan al frente cuatro pilares de cantera verde con remate corintio, y al fondo del Salón del Fumador con su tapicería de terciopelo sangre y un amplio espejo de marco dorado. Belleza pura ad hoc para enmarcar la música, aún más bella, del grupo guanajuatense. Buen trabajo del equipo de producción de TV4.

El maestro imperial José Suárez tiene un aire de suficiencia sosegada mientras desliza con precisión lo alargado de sus dedos sobre las teclas del clavecín – una pieza soberbia elaborada por otro maestro: Gijs de Graaf van Doesburg-, para hacer que desde el interior las pulsaciones del plectro sobre las cuerdas den evidencia de su sonoridad aérea, pues la música barroca es un puente hacia lo sagrado.

Pero también esta nueva forma de ‘ver’ la música a través del streaming me hace obseso con los detalles. Perdido en los acordes de Couperin y la interpretación excelsa de la Capella Guanajuatensis, me irrita ver la vulgaridad de un caballete de metal -que anuncia Salón Fumador-, un taburete sin sentido al lado del flautista, o la grosera caja de madera que muestra a la vista extintores. Irritación que se eleva por el deficiente servicio de Megacable, paradójico patrocinador del FIC. La señal intermitente del internet hace que pierda un poco la paciencia.

La entrada en escena de la soprano Luz Escalera, envuelta en un delicado vestido púrpura con florituras negras, pendientes de oro y lapislázuli y una voz de timbre cristalino me devuelve al ensueño musical

Para entonces el engarce de los sonidos se ha vuelto avasallante.  Y vuelvo un poco a los detalles mientras los acordes se elevan, como la dulce voz de Luz Escalera -una bella analogía de lo que ocurre ahora: una escalera de luz sonora-.

Misha pulsa siempre con aire grave la viola da gamba, esas siete cuerdas -instauradas por Monsieur de Sante-Colombre, maestro de Marais- cuyo sonido es el más cercano a la voz humana. Mientras la Rovinskaia -vestida con un bellísimo vestido negro rematado con motivos de fino encaje, un moño negro en coleta baja y un par de esféricos pendientes en oro-, secunda con pulso finísimo la viola y el clavecín y la flauta y la voz y el instante son perfectos. Como las arañas de luz perlada que penden del domo iluminando como un racimo de diminutos soles.

El conjunto se agranda, se agiganta áureo entre las tinieblas cuando se integra una segunda soprano. Nadia Ortega aparece con aires de noche -vestido negro estampado con bouquets de rosas, cabello lacio atezado, gruesas arracadas de oro en media luna y pulseras en ambas muñecas-, como anticipando el canto fúnebre y violento de Medea.

La Capella Guanajuatensis tiene en el nombre ya un indicio de su gloria. Hace alusión a la sexta estrella de la constelación del Auriga. Y como un cochero celeste lleva pues con su sonoridad hacia alturas sagradas  

Cuando comienza el Concierto Real No. 4 ya no sé de nada. Se ha esfumado mi realidad inmediata, se ha disuelto mi irritación contra Megacable, contra los detalles groseros que afean el decorado general. Cierro los ojos y me dejo ir…en un cabriole mental.

Abro nuevamente los ojos, obligado por el silencio que anuncia el término de la pieza. Y me alegra ver, como se alegran con una sonrisa cómplice, a la vista de la cámara, Cuauhtémoc Trejo y la Rovinskaia. Giño que manifiesta lo perfecto de la interpretación. Mi agitado corazón también sabe que es cierto. Couperin era un músico-poeta.

El final es una cantata más mundana, desgarrada, violentamente humana que refleja la pasión desbordada y envenenada de Medea por Jasón que le ha sido infiel. Tragedia griega pura en música y vocalización melodramática de la ópera ideada por Luigi Cherubini.

El tiempo se ha escurrido, líquido. El concierto ha llegado a su fin. Y no puedo evitar pensar que la Capella Guanajuatensis ha dignificado a Guanajuato, en un momento grave por la pandemia, en un mundo enloquecido por la inmediatez, por la sobresaturación de banalidades y estulticia. Ha manifestado grandeza con el concierto inaugural de la edición 48 del FIC.

Pienso en una frase de Madame de Staël que da justeza a esta emoción que ahora comparto: “Las únicas satisfacciones ilimitadas están fuera de uno mismo. Si queremos sentir el precio de la gloria, hemos de ver a quien amamos ensalzado por su esplendor”.

  • Foto: IEC
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