Hace ya casi veinte años que voy al Café.

Le tomé gusto a esta bebida cuando comencé a trabajar en uno de estos establecimientos, el Café Gourmet. En ese lugar yo hacía de barista; decliné ser mesero por mi trato no precisamente amable, la gente siempre me preguntaba que por qué no hablaba, que por qué estaba enojado y cosas por el estilo.

Preparando cafés y cortando rebanadas de pastel fue como me fui introduciendo a este mundillo del Café, de los cafés. Cuando dejé de trabajar en ese establecimiento ya había hecho amistad con esa bebida, con los lugares donde la venden y con el aislamiento voluntario en un lugar público.

Como nunca me ha gustado la leche, menos caliente y espumosa, prefiero tomar el llano y ordinario café americano, sin azúcar, preferentemente de sabor fuerte, sin que esté quemado.

Cuando voy al Café, como ya me conocen los empleados, no me preguntan qué quiero, sólo se limitan a poner una taza de café americano y un cenicero sobre mi mesa. Esa acción y el primer sorbo son, básicamente, las señales para que yo pueda empezar a leer algún libro o conjunto de artículos, para tomar notas y escribir algo o para no escribir nada. También, en menor grado, una vez que me sirven el americano, puedo echar la vista a los transeúntes, a los vecinos de mesa, o al vacío.

Pese a que los cafés quizá sean los últimos reductos donde aún conversa la gente, yo prefiero no estar acompañado

Hago de mi estancia en el Café, un poco más de dos horas, un espacio para el recogimiento, para el estudio o para el ocio. Por supuesto, cuando toca el caso de reunirme con alguien, la conversación fluye, los ánimos pueden ir del mustio cuchicheo al exaltado derroche de frases. Evito cabrearme en ese lugar con la personas, no hay peor compañero para el café que los corajes.

Sé que hay una larga y entretenida historia del café, del lugar donde se consume esta bebida. También sé que este espacio suscita suspiros y requiebros. Ahí se desarrollan las más anodinas pláticas, las cruciales estrategias para negocios o asuntos políticos. Prefiero las primeras, las segundas me dan sopor y me invitan a levantarme y correr lejos de ahí.

Concibo, de manera personal, al Café como un espacio para la soledad, donde se puede ejercitar, como lo sugerían Cicerón y Montaigne, el aprender a estar solo, en búsqueda de sí mismo. Alguien, no recuerdo quién, me dijo alguna vez que aprendiera a estar sólo en la multitud, y creo que en el Café es posible esto.  Aunado a esa idea del Café, la conversación con libros y personas es indispensable (escucharse y escuchar), y claro, el festín de la mirada.

Porque ir al Café, para mí, es leer con los ojos no sólo letras impresas, sino personas, movimientos y lo que se ponga enfrente

Ahora, cuando decido a qué Café iré, tomo en cuenta los horarios. Antes de las siete de la tarde, prefiero los que tienen mesas en el exterior, donde aparte de beber el amargo americano, pueda fumar sin que nadie me quiera rebanar la cabeza.

Ya por la noche, prefiero ir al Café Safronia. Hay en ese lugar una especie de calma, entre lunes y viernes, que no he encontrado en otro lugar. Quienes lo atienden, el barista-cocinero y la mesera (que es la dueña) tienen el tino de no estar molestado con insistentes preguntas sobre lo que desea uno. Eso se agradece, porque llega uno al Café a resguardarse, a mandar al carajo las ocupaciones y requerimientos de los cuales no puede uno evadirse a ciertas horas del día.

En el Café Safronia, pequeño pero bien administrados sus muebles, uno puede ir a estar solo, muy solo, cuando no se atiborra de clientes. Pero también puede uno ir a ahí a charlar, a conversar con el amigo o la novia(o) de turno, con la pareja. Ofrece, además de café, un variado menú de emparedados e infusiones exóticas. La música de fondo no lastima los oídos, está a buen volumen. Cuando toca, creo que cada fin de semana, que un músico amenice la velada, es cuando yo no voy al Safronia. No es que canten mal, lo que pasa es que a mí no me agrada la trova mezclada con chistes. Pero comprendo que a muchas personas esto les resulte un atractivo y aliciente para pasar un rato en Safronia.

Quizá lo más inusual del Café Safronia son sus jueves de lecturas

Así es, la propietaria, Elena Gordillo, invita cada semana a uno o varios autores para que lean parte de su obra. Dichas lecturas comienzan entre las ocho treinta y nueve de la noche. Esta iniciativa nació más por azar que por estrategia de mercado. Es decir, no se vale de estos eventos para captar clientes, sino locos que disfrutan de leer y escuchar versos y cuentos.

Elena Gordillo escribe poesía y narrativa breve, de hecho, ha participado en el Seminario de Poesía Efraín Huerta que auspicia el Fondo Editorial Guanajuato, Editorial La Rana y el IECG. Su cultivo y gusto por ambos géneros literarios le ha permitido trabar relaciones amistosas con autores del estado de Guanajuato y de otras tierras de México y Latinoamérica. A la fecha no se sabe cuántos autores, entre poetas y narradores, han leído en Safronia, lo cierto es que la cantidad rebasa la media centena.

Ningún otro lugar de León, y quizá de las inmediaciones, ha promovido tanto la lectura de textos, en voz de sus autores, como Safronia. Hay algunos lugares que suelen ser base para estos eventos, pero carecen de regularidad y de un programa. Elena, cuando le proponen los autores otras actividades, como presentaciones editoriales o charlas, pone de su parte todo, publicita el evento por medios impresos y electrónicos. Consiente a los autores con una cena, como muestra de agradecimiento.

Entre los autores que han leído en Safronia se cuentan a José Luis Bobadilla, Eduardo Padilla, Julio Rivera, el chileno Daniel Rojas Pachas, Renato Contreras, Yadira Moreno, Galia Monzón, Miguel Tolentino, Gabriel Márquez de Anda y un largo etcétera

Celebro que existan en León lugares como Safronia, de ahí que me haya extendido en mencionar algunos de los detalles de ese lugar.

Sin embargo, el punto crucial de cualquier Café radica, como afirma Antoni Martí Monterde en su ameno ensayo Poética del café: Un espacio de la modernidad literaria europea, en que ahí uno se ejerce el derecho personal a que no se le hable por el mero hecho de encontrarse en público.