“El sentido del humor sirve para proteger los recuerdos y para hacerlos soportables de pronto”, dice Milena Busquets.
Suelto una paradójica carcajada nerviosa al encontrarme en una fotografía que nos muestra en el patio de la escuela. La tomó mi padre muy seguramente, si no no estaría en un álbum de la familia. Mi rostro está rayado con tinta azul. Es muy factible que mi hermana haya consumado ese Pollock exclusivamente en mi cara debido a alguna chingadera que debo haber hecho.
Se sabe cómo uno quita de la foto a alguien con singulares métodos. Ahora mismo tengo en la mente el ejemplo de la China Mendoza que tenía procedimientos más radicales como hacer un recorte del rostro o arrancar el pedazo de papel de revelado con el objetivo de condenar al indeseable a no aparecer en el encuadre ¿Quién no ha hecho algo así?
La foto intervenida me muestra con las manos por detrás, inflando el pecho de pichón. Visto el uniforme escolar que se impuso cuando cursaba cuarto de primaria. La indumentaria, azul para los niños, al centro del chaleco el escudo de la Josefa Ortíz de Domínguez; para las niñas, el mismo chaleco azul, pero falda a cuadros rojos y grises y calcetas blancas.
Estoy junto a un grupo del salón elegido para montar una obra de teatro infantil. Soy el único que sale con uniforme en la imagen, pero somos varios de nosotros los que fuimos parte del coro que acompañaba la obra
Como se puede ver, éramos clasicistas en la forma. Quienes le avisaban al auditorio de las cosas que pasaban en la obra éramos nosotros, cantando.
Las otras niñas que salen en la foto son parte del elenco y aparecen con vestuario. Cuatro eran abejas además de Lizzete, que personificó a una víbora. En esa foto se nota que el vestuario le queda ajustado y, recuerdo, más que la trama de la obra sobre la amistad o la tolerancia acaso, el momento de vestirse, también cómo sufrieron porque el disfraz de víbora había sido un fracaso.
Se reían de nervios a la hora del performance porque temían que se rompiera la tela delgadísima como de papel y eso dejara a la actriz estelar en paños menores. Las abejas, si no recuerdo mal, pero puedo estar inventando, son Claudia y Nereida, Montse y Paula. Y en la foto, sonreímos como divertidos, alguien nos debe haber contado un chiste sobre nosotros mismos.
No fui actor en la primaria. Me alcanzó para ser una especie de Cachirulo en uniforme azul que presentaba ante el auditorio la obra del Rincón de Lecturas que montamos, a instancias de la maestra Cecilia, un año antes de salir de la primaria. Alcanzó para incluirme como parte del coro griego que contaba la historia de unas abejas, una víbora y varias plantas en aquella labor de grupo que nos llevó a conocer el mundo de las otras escuelas públicas locales.
Comenzamos en la escuela y debe haber sido la mejor o la que seleccionó un consejo de docentes para representarnos en otros certámenes. Y entonces alcanzó para asistir a concursos de representación o de teatro infantil o algo parecido. Conocimos la escuela Juan Escutia, según me acuerdo. Lo que no puedo recordar ahora es si ganamos algo, pero, ahora que rescato del patio de la escuela esta memoria, pienso en cómo la maestra Cecilia, que me consideraba un chiquillo maldoso o mugroso y con cualidades como las de ser un niño de orejas grandes y cabezota, me eligió para presentar a la mini compañía teatral de sexto de primaria.
Fui el maestro de ceremonias o la voz en off al estilo Arturo de Córdova en algunas películas. Hablaba con el público y los guiaba a la puesta en escena que se construía a mis espaldas a la hora misma de dar un discurso aprendido de memoria
Nos presentaba, a mis compañeritas, al coro y a mí, como el grupo de sexto grado, que pertenecía a la escuela Josefa Ortíz de Dominguez, primaria urbana número 3. Decía con la seguridad de un actor hamletiano que no fui, que esa mañana presenciarían la historia de amistad como la de las Lindas abejitas del jardín. Dictaba mis líneas con ademanes expresivos incluidos mientras los demás integrantes del coro hacían de tramoyistas y acomodaban macetas, colocaban el árbol de cartón y las flores, nuestra escenografía.
Me sorprendo un poco al escribir este texto que tenía planeado para reírme de mí por no haber sido actor como me he burlado por no haber entrado a la escolta o por haber sido el comandante de banda que ha recibido más regaños de una directora. Lo que descubro en este lance etnográfico es que la maestra Cecilia me descubrió como un narrador de historias, como alguien que presenta a otros una puesta en escena. Sin gloria y menos ánimos de engolar la voz veo en esta aventura del patio de la escuela, la del Rincón de Lecturas y el grupo de teatro, un hallazgo.
Siempre estuvo ahí y hasta ahora lo veo porque hasta ahora he visto el patio de la escuela como un epicentro de vergüenzas. Y no es que sea un mérito esto que descubro, pero me sorprende de buena manera. Posiblemente la maestra Cecilia no imagina que vio en mí algo que no hubiera podido distinguir solo, ni ahora que recuento, ni en ese entonces que me dominaba la idea de mis defectos. Los tenía presentes porque me había tocado escuchar a la maestra decirle a su hija que yo era un chaparro, nalgón y cabezón y eso me hacía sentir el centro del mundo a partir de la autocompasión, como diría Terenci Moix; a partir de la vergüenza y el resentimiento, como diría Michel Leiris.
No me distinguía en su perspectiva como alguien capaz de ser quien introduce con su voz el espectáculo, menos teniendo siempre la conciencia del frenillo, otro motivo para hacer metafísica de la infancia y el cabuleo en contra. Puede ser que ahí haya empezado a contar concentrado algo, aunque al contarlo lo esté inventando.
Un mitómano irredento era ese Cachirulo que había elegido la maestra no sabremos nunca por qué para que diera la primera impresión de nuestra obra. El inicio de algo, aunque sea un desastre
Debo decir algo a propósito del coro. La maestra lo conformó de la nada. Cantábamos varias melodías centrales para el desarrollo de la trama. Sólo recuerdo las primeras frases de una de las canciones. Entonamos Las lindas abejitas del jardín y comenzaba la acción. Recuerdo el ahínco con el que la maestra Cecilia, famosa por cantar entonada, nos ensayaba cada mañana luego del recreo.
Tengo en la mente al escribir esto su convencimiento para cantar y exigirnos aprender y entonar con ritmo, tono y acierto las églogas ésas que musicalizaron la bucólica pieza donde las abejas chupan miel de unas flores -que hicimos con alambres y papel de colores- mientras una víbora les salía del tronco de un árbol -un rollo de cartón cubierto y muchos periódicos pintados que emulaban un frondoso árbol-. He dicho, lo acepto, que no recuerdo la trama, y así es.
Quizás lo invento porque ahora y no antes comprendo que se trataba de unas abejas. Se sentían afectadas y experimentan temor ante la presencia de la víbora que, en nuestra cultura, lo sabemos, simboliza muchas veces el mal y, en esa obra, lo desconocido del bosque.
Lo he entendido ahora mientras ordeno los párrafos de este relato, y no en ese tiempo, la víbora muestra cualidades y bondades y se hace amiga de las abejas, comprensivas, que la reconocen con amistad de abejas y que nosotros identificamos con la Abeja Maya, una caricatura de por ese entonces que veíamos en la televisión.
Esa es la trama, no recuerdo diálogo alguno o escenas en particular salvo la entrada de la víbora a escena. La hacía notar el coro con una tonada animosa que decía “La viborita, la viborita con su cascabel, ya se lo pone, ya se lo quita, para jugar con él” y entraba haciendo sonar un cascabel mientras se contoneaba siempre con el peligro de que se le rompiera el traje.
- Foto: Especial