Este 22 de diciembre se cumplen 30 años de la muerte del autor irlandés y 50 años de haberle otorgado el Premio Nobel en 1969. Beckett, ese pájaro negro, rezuma desolación en su escritura

Samuel Beckett es un territorio en sí mismo, una región inabarcable a riesgo de sonar común pero no, Beckett es ese universo herido por la filosofía, la literatura, el sistema de pensamiento musical e indiscutiblemente, el teatro, su teatro tan único.

Todo un ecosistema de lenguaje, un mundo tan raro que solo pudo nombrarse beckettiano para intentar asirlo.

Este 22 de diciembre se cumplen 30 años de la muerte del autor irlandés y 50 años de haberle otorgado el Premio Nobel en 1969,  noticia de la que al enterarse, se encerró en un monasterio  para luego desconectar el teléfono.

A Beckett, que lo mismo escribió en inglés y francés, se le ha estudiado de todas las miradas posibles porque su obra que se volcó en poemas, narrativa, drama,  radio y cine; catapultó una y otra vez las posibilidades de la escritura.

Reconocido por ser el autor y representante máximo del absurdo, a Samuel Beckett le queda corta la etiqueta de vanguardista aunque haya seguido una línea esbozada por Alfred Jarry y Antonin Artaud, Beckett es una poética pura.

¿Acercarse a sus obras? ¿Cómo? Puede empezarse por sus novelas, los ensayos, el río de letras y todas deslumbran

Poseído quizá por sus personajes, se habla de Beckett como un tipo complicado asiduo a caminar y quejumbroso de un sinnúmero de dolencias.

Contemporáneo y gran amigo de James Joyce, estuvo en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y en el periodo de 1946 a 1950 escribió algunas de sus mayores obras.

Mercier et Camier, Eleutheria, la trilogía (Molloy, Malone muere y El innombrable) y Esperando a Godot.

Ese mundo fragmentado, lleno de desposesión, seres marginales, imposibilidad de acomodo y un elegido silencio, permea la obra del Nobel.

Merodear a Beckett puede ser desde cualquiera de sus escritos, todos son recomendables.

Un fragmento de El innombrable da un atisbo de sus experimentaciones literarias:

… hay que seguir, no puedo seguir, hay que seguir, entonces voy a seguir, hay que decir palabras, mientras las haya, hay que decirlas, hasta que ellos me encuentren, hasta que me digan, qué esfuerzo extraño, qué pecado extraño, hay que seguir, quizá ya se hizo, quizá ya me lo dijeron, quizá me trajeron hasta el umbral de mi historia, delante de la puerta que se abre a mi historia, eso me sorprendería, que se abriera, voy a ser yo, va a ser el silencio, en el que estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir.

Nacido en Dublín el 13 de abril de 1906,  fue el  segundo hijo de una pareja solvente y de joven, práctico varios deportes

Estudió filología moderna y enseñó  inglés en la École Normale Supérieure, París. A partir de 1937 se instaló allí en definitiva y adoptó el francés como su lengua literaria.

De sus amoríos, la compañera que estuvo con él por décadas fue  Suzanne Deschevaux-Dumesnil, seis años mayor que él, aunque también hubo otras, como la millonaria Peggy Guggenheim o Barbara Bray, traductora y editora de la BBC, a la que conoció a finales de los cincuenta.

La biografía total y el teatro

Mucho se ha escrito sobre el enigmático archipiélago del autor pero es la biografía de Anthony Cronin, Samuel Beckett. El último modernista, (La uÑa RoTa, 2012), la mejor de su tipo, con 604 páginas que no tienen desperdicio alguno y en donde el biógrafo se sumerge en detalles y anécdotas desconocidas de Beckett, la tristeza por sus permanentes fracasos entre más, que hacen una lectura imprescindible para conocer de primera mano a uno de los más importantes literatos del siglo XX.

Yo tengo un recuerdo claro de mi existencia fetal”, contó Beckett alguna vez. “Fue una existencia en la que ninguna voz, ningún movimiento posible podía liberarme de la agonía y las tinieblas a las que estaba sujeto”, se lee en la biografía.

De sus obras teatrales, que lo hicieron retumbar en el mundo entero, ‘Final del Juego’, ‘La última cinta de Krapp’ y ‘Esperando a Godot’, son el referente del teatro del absurdo y de la literatura dramática por doquier

La idea del tiempo es vital en Esperando a Godot y los dos protagonistas: Vladimir y Estragón, encarnan acaso las obsesiones del escritor; son seres sin salida, envueltos en una espiral de la espera sin que suceda absolutamente nada o todo.

Los personajes beckettianos parecen estar condenados entonces a la inmovilidad y al deseo de salir, huir, a realizar incesantes ejercicios de memoria y acciones violentas.

Mucha o casi toda la escritura de Beckett está llena de resonancias bíblicas, aunque él fuera agnóstico.

Ese gusto por los fracasados, los territorios lumpen, la vida sin respuestas ni esperanza alguna podría emparentar al irlandés con los planteamientos de la filosofía de la desesperanza de Émile Michel Cioran.

Este pájaro negro también escribió 15 mil cartas que se publicaron en cuatro volúmenes (solo disponibles en inglés y francés).

Al respecto del primer volumen publicado en 2014, el escritor Enrique Vila-Matas escribió: “El primer tomo de Gallimard lo he ido leyendo a lo largo de estos últimos días y me ha convertido en sereno testigo alucinado de un violento y complejo proceso de extirpación de toda tiranía matriarcal, familiar, nacional, estatal, con el consiguiente abandono de la plomiza lengua nativa, también de la patria somnífera, de los grandes maestros espesos, de Irlanda misma en su totalidad, y de todo lo demás, incluida cualquier esperanza”.

Beckett y la radio

La relación de Samuel Beckett con la radio supone quizá uno de sus más aventurados anhelos de fragmentación del lenguaje.

Tanto en su teatro como en su obra novelística y poética, el autor  apela siempre a una revolución lingüística, cargada de vaciamiento y tendiente a un minimalismo extremo

Indagó en todo aquello que podría hacerse con el lenguaje en su mínima expresión. Así, All that Fall (1956), From an Abandoned Work (1957), Embers (1959), Rough for Radio i (1961), Rough for Radio ii (1961), Words and Music (1961) y Cascando (1962) forman el conjunto de sus obras escritas expresamente para radio. Aunque es difícil encontrar dichos textos en español, la editorial Tusquets, que ha publicado la mayor parte de la producción del irlandés, reunió bajo el título de Pavesas algunos de sus escritos para televisión, radio, cine y obras breves de teatro.

El mismo sello editó en 2006 un volumen con el teatro reunido de Beckett, que incluye Pavesas y los textos radiales: Todos los que caen, Astracanada radiofónica i, Astracanada radiofónica ii, Letra y Música y Cascando; es, hasta ahora, el libro que conjunta en nuestro idioma casi la totalidad de la producción radiofónica del escritor.

Su primera pieza, Todos los que caen, se estrenó en la BBC el 13 de enero de 1957, con lo que también se inauguró el Taller Radiofónico de la estación londinense, ya que los discos convencionales de efectos especiales no servían para dicha producción. En esa emisión, las voces de los animales se hicieron con imitadores humanos y los otros sonidos fueron procesados para quitarles el exceso de naturalismo.

La misma obra, en la que se advierte la preponderancia del papel del actor y la intangibilidad del texto, fue montada en su versión teatral en 1959 en Francia, ante la renuencia del dramaturgo respecto al tránsito del medio radial al escenario.

Si hablamos del concepto fragmentario del lenguaje en la dramaturgia beckettiana —por su tendencia a lo quebrado, a lo incompleto y también a la condensación elíptica de la reiteración en los diálogos—, el autor consigue en la radio la cohesión de tal estilo.

En un medio como el radio, Beckett parece haber encontrado la relación óptima entre las palabras, el silencio y la existencia

El poeta Jenaro Talens, traductor de Beckett, ha reparado especialmente en el magnetófono usado por el autor como elemento en el drama La última cinta de Krapp, para hablar de las obras radiales Letra y Música y Cascando:

“ [Beckett] avanzó en dirección complementaria eliminando la presencia, con lo que el mundo verbal dejaba automáticamente de tener sentido al prescindir de una materialidad referencial en qué apoyarse (es el caso del magnetófono en La última cinta de Krapp y de su producción radiofónica, especialmente Letra y Música, donde palabras y sonidos coexisten en igualdad; o Cascando, que repite el procedimiento técnico de Krapp, al utilizar un magnetófono, pero dentro de un espacio puramente auditivo, con lo que en vez de sonido dentro del teatro tenemos sonido dentro del sonido; o Pavesas y Todos los que caen)” .

Para el ensayista, el único texto que Samuel Beckett escribió para cine, Film (protagonizado por Buster Keaton y que originalmente se iba a llamar El ojo), aúna ambas tentativas. La cinta es muda y se ha eliminado la presencia de un modo simbólico: eliminando el referente real.

Tan oscuro y desangelado como su producción sumida en la desesperanza, Samuel Beckett llevó al extremo, en el medio radiofónico, la experimentación de los modos de representar, así como la ausencia de una sobrerepresentación.

La radio permitió al escritor fijar de manera inamovible su visión del texto como representación. Todavía hoy, y en el futuro, producir y transmitir sus piezas constituye uno de los más arriesgados montajes a los que la radio puede atreverse.

Por gran parte del planeta, principalmente en Londres, Irlanda y Estados Unidos, además de España, Francia y buena parte de Latinoamérica, se han preparado coloquios, celebraciones y exposiciones en torno a la obra y figura de Samuel Beckett, un autor imprescindible al que hay que revisitar en estos tiempos aciagos.

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