“Frente al tiempo que nos hace y nos deshace, tenemos al menos dos estrategias: el disfrute del instante o la despreocupación de la duración”.
Pascal Bruckner (Un instante eterno)
La mañana que cumplí cincuenta y tres años no ocurrió nada memorable. No hubo ni revelación súbita ni crisis existencial. Simplemente me hallé revisando el teléfono antes del café, respondiendo mensajes de felicitación con emojis que jamás utilizo, cuando mi hija de diecisiete años entró en la cocina.
Me miró con esa mezcla de ternura y extrañeza que reservamos para los ancianos que aún intentan comprender la tecnología.
—Papá —dijo—, ¿por qué usas esos emojis? Nadie los usa. No era crueldad, sino una observación etnográfica.
Yo había cruzado, sin notarlo, alguna frontera invisible. Ahora pertenecía a otro segmento demográfico, a otra tribu con sus códigos obsoletos y sus gestos desfasados.
Lo curioso es que, por dentro, nada había cambiado. Persistía el mismo apetito de leer hasta las tres de la mañana. La misma urgencia por iniciar proyectos nuevos: una novela distinta, un ensayo imposible, quizá aprender portugués, aunque nunca lo haya necesitado. Los deseos no envejecen al mismo ritmo que el documento de identidad. Habito, como dice Pascal Bruckner en Un instante eterno, ese intervalo extraño entre la juventud y la vejez donde «siempre se está habitado por apetitos abundantes». Pero la sociedad ya ha decidido mi papel: soy el que debe empezar a hacer las paces con sus límites, a resignarse a una sabiduría tranquila, a ocupar el asiento que me corresponde en el teatro de las edades.
El problema es que no reconozco ese asiento como propio. Existe una brecha, dolorosa y fértil a la vez, entre lo que soy según el calendario y lo que siento al cerrar los ojos. Bruckner lo llama «la tristeza de ponerse a la cola, de verse atrapado por la condición común». Yo lo llamaría el vértigo de descubrirse anacrónico en el propio cuerpo.
La edad es la única categoría de identidad que no elegimos, pero que nos define con brutalidad estadística: créditos hipotecarios, seguros médicos, ofertas laborales; todo calibrado según los años que acumulamos como quien acumula deudas
La brecha comenzó a hacerse evidente no en un momento dramático, sino en la acumulación de detalles insignificantes. El día en que un estudiante me llamó «maestro» con el tono que se reserva para los profesores que están cerca del retiro, y no para los colegas jóvenes. La tarde en que me confundieron con un jubilado. La noche en que una mujer de treinta y cinco años, tras una conversación brillante en una cena, me soltó: «Me encantan las pláticas con gente de tu generación, tienen otra perspectiva». No era un insulto. Era el certificado de defunción de mi juventud.
Lo que Bruckner identifica como un puñetazo es que esta edad intermedia no es una transición, sino un territorio propio. No somos jóvenes que envejecen ni viejos prematuros. Somos otra cosa: habitantes de un intervalo donde coexisten la memoria larga y el deseo vivo, la experiencia acumulada y el hambre de novedad. Las preguntas que se plantean aquí no son las de la juventud («¿quién seré?») ni las de la vejez («¿quién fui?»), sino algo más vertiginoso: ¿quién soy ahora que conozco mis patrones pero aún puedo romperlos? ¿Qué hago con todo este archivo de errores y aciertos que cargo a mis espaldas?
Mis apetitos abundantes tienen nombres concretos. A los cincuenta y tres quiero escribir la novela que no me atrevo a abordar, esa que requiere una voz que aún no domino y una estructura que ignoro si funcionará. Quiero aprender a tocar el saxofón, aunque nunca he tenido oído musical. Quiero entablar conversaciones con desconocidos en librerías, viajar a ciudades donde no conozco a nadie, leer los libros que dejé pendientes hace treinta años y los que se publicarán mañana.
Quiero, con una intensidad que me avergüenza admitir, seguir siendo deseado, seguir generando esa electricidad que creía exclusiva de la juventud. Nada de esto encaja con el guion social del «hombre maduro que halla la paz en la aceptación».
Pero tampoco soy ingenuo. Sé que estos apetitos conviven con cansancios nuevos. Ya no puedo leer toda la noche y funcionar al día siguiente. Las resacas duran tres días. Los proyectos que antes empezaba con euforia ahora los contemplo con una mezcla de entusiasmo y escepticismo: ¿tengo tiempo?, ¿vale la pena? La paradoja es que, cuanto más experimento, más consciente soy de todo lo que podría salir mal. Taleb tiene razón cuando habla de antifragilidad, pero olvidó mencionar que volverse antifrágil duele. Cada cicatriz es una lección, cierto, pero no deja de ser una cicatriz.
Vivimos en una época que ha convertido la neomanía en imperativo moral. No basta con estar bien; hay que «reinventarse». No basta con tener una carrera; hay que dar virajes, reiterar, romper esquemas.
Las redes sociales son un desfile incesante de transformaciones: nuevos trabajos, nuevas parejas, nuevos cuerpos esculpidos en gimnasios, nuevas versiones mejoradas del yo. La narrativa dominante dicta que quien no cambia constantemente, muere
En México esto se vive con particular intensidad. Somos un país joven, demográficamente hablando, obsesionado con lo nuevo. Cada sexenio promete un «nuevo país». Cada crisis económica genera una oleada de entrenadores motivacionales que venden la «nueva mentalidad». La tradición, la continuidad, lo que Taleb llama el efecto Lindy —la idea de que lo que ha durado mucho tiempo probablemente durará más—, se percibe como un lastre, como el peso muerto de un pasado que hay que superar.
Yo también caí en esa trampa. Hace dos años decidí que necesitaba «cambiar de aires» y acepté dejar mi rutina, «empezar de cero». Sonaba emocionante en abstracto. En concreto, significó abandonar una red de amistades cultivada durante décadas, una biblioteca personal cuya organización conocía de memoria y una cafetería donde los meseros ya conocían mi pedido.
El amanecer no fue de seda. Regresé a una versión más pequeña de mi vida anterior, porque en mi ausencia otros habían ocupado los espacios que dejé vacíos. La neomanía me había vendido un futuro brillante y me entregó un presente irredento.
He aquí la paradoja: el cambio perpetuo no es progreso, es amnesia institucionalizada. Borrar la pizarra cada seis meses significa no aprender nunca de los errores, no construir sobre lo edificado. Y, sin embargo, el estancamiento tampoco es una opción. Quedarme en el museo de mí mismo, repitiendo los gestos que funcionaron a los treinta, sería otra forma de muerte. El desafío no es elegir entre continuidad y ruptura, sino aprender a discernir cuándo es necesaria cada una.
Bruckner pregunta: «¿Queremos vivir mucho tiempo o intensamente?». Como si fueran excluyentes. Pero quizá la verdadera pregunta sea: ¿podemos vivir intensamente precisamente porque sabemos que el tiempo es finito? La conciencia de la mortalidad no tiene por qué paralizar; puede concentrar. Cada proyecto, cada relación, cada libro cobra más peso cuando sabes que las oportunidades no son infinitas.
El cuerpo, no obstante, no acepta negociaciones filosóficas. La edad no es abstracta; duele en las rodillas al subir escaleras, en la espalda al cargar una caja de libros, en la vista al leer sin gafas. Mi cuerpo lleva su propio registro del tiempo, más preciso que cualquier calendario: las canas que ya no me molesto en teñir, las líneas de expresión que el espejo me devuelve cada mañana, la manera en que el alcohol, antaño combustible social, es ahora promesa de un malestar garantizado.
Pero lo más extraño no es el deterioro gradual, sino los cambios en el deseo. No me refiero solo al deseo sexual, aunque ese también se transforma: menos urgente, quizá, pero más específico, más exigente en su búsqueda de una conexión real en lugar de una mera descarga. Hablo del deseo de silencio donde antes buscaba el ruido. Del placer de quedarse en casa leyendo donde antes habría sentido el pánico de perderme algo. De las conversaciones largas con viejos amigos donde antes privilegiaba la novedad de conocer gente nueva.
Cioran escribió que envejecer es desilusionarse, en el sentido literal de perder ilusiones. Cada año que pasa se derrumba otra fantasía: no seré famoso, no escribiré la obra maestra, no cambiaré el mundo. Formulado así suena deprimente, pero en la práctica resulta liberador
Cuando dejas de perseguir lo imposible, te queda energía para lo posible. Cuando aceptas que no serás extraordinario, puedes concentrarte en ser decente, en hacer bien las pequeñas cosas que sí están a tu alcance.
El cuerpo también enseña. Me he vuelto más sensible a placeres que antes me pasaban desapercibidos: el sol en la cara durante una caminata, el sabor complejo de un buen café, la textura de la página de un libro viejo. La sensualidad no desaparece con la edad; migra. Se vuelve menos genital y más epidérmica, menos espectacular y más sostenida. Hay una erótica de lo cotidiano que solo descubres cuando ya no persigues constantemente el siguiente estímulo.
Pero vamos al punto: también está el duelo. El duelo por el cuerpo que tuve, por la energía inagotable, por esa sensación de invencibilidad que permite cometer errores monumentales porque siempre habrá tiempo de corregirlos. Ya no hay tiempo infinito. Cada decisión importa más porque las posibilidades de enmienda se estrechan.
A los cincuenta escribo de forma diferente que a los treinta. Ni mejor ni peor. Diferente. A los treinta escribía con la urgencia de quien necesita demostrar algo: que tengo talento, que merezco atención, que mi voz importa. Ahora escribo con la paciencia de quien ya sabe que su voz es una más entre millones y que eso está bien; que no necesito ser único para que escribir valga la pena.
Mis personajes han envejecido conmigo. Antes me interesaban los jóvenes en crisis existencial que buscaban su lugar en el mundo. Ahora me atraen los personajes intermedios, los que ya encontraron su lugar pero se preguntan si es el correcto; los que tienen carreras establecidas y matrimonios largos y, de pronto, sienten vértigo ante la posibilidad de que esto sea todo lo que hay. Escribo sobre personas que llevan equipaje, que tienen historia, que no pueden reinventarse porque arrastran demasiadas consecuencias de sus decisiones pasadas.
La pregunta de Bruckner da un latigazo aquí: «¿Empezar de nuevo o ramificarse?». En mi caso: ¿probar géneros nuevos, experimentar con formas que no domino, arriesgarme al ridículo de ser principiante otra vez? ¿O profundizar en lo que ya sé hacer, pulir el oficio hasta alcanzar esa maestría tranquila que solo otorgan décadas de práctica?
La respuesta honesta es: ambas cosas y ninguna. Hay días en que quiero escribir la novela experimental que llevo veinte años postergando, esa que probablemente fracasará pero que me obsesiona. Hay días en que solo quiero escribir bien una escena sencilla, una conversación entre dos personas, sin pirotecnia narrativa, solo por el placer artesanal de encontrar la palabra precisa.
La madurez creativa, descubro, no consiste en saber qué hacer, sino en saber convivir con la incertidumbre. La juventud necesita certezas: este es mi estilo, este es mi tema, este soy yo. La edad permite la contradicción: puedo ser varios, puedo cambiar de opinión, puedo escribir un libro que contradiga al anterior sin sentir que traiciono una identidad fija
Mientras escribo esto han pasado ocho meses desde aquel cumpleaños número cincuenta y tres. Los emojis que uso siguen siendo, al parecer, incorrectos. Mi hija ahora me envía artículos sobre «cómo comunicarse con la Generación X» con una ironía cariñosa. He aceptado que pertenezco a una categoría demográfica que los mercadólogos estudian con la misma fascinación con que los antropólogos estudian tribus en extinción.
Pero algo ha cambiado en mi relación con el intervalo. Ya no lo veo como una sala de espera hacia la vejez, sino como un territorio habitable. Bruckner tenía razón: aquí se plantean con agudeza todas las grandes cuestiones de la condición humana. No porque sean nuevas, sino porque finalmente poseo el lenguaje para formularlas y la experiencia para saber que no tienen una respuesta única.
¿Quiero vivir mucho tiempo o intensamente? Quiero vivir intensamente el tiempo que me queda, que puede ser mucho o poco, pero que definitivamente es limitado. ¿Empezar de nuevo o ramificarme? Quiero ramificarme a partir de raíces profundas, no arrancarme cada tres años para plantarme en suelo desconocido. ¿Cómo evitar la fatiga del ser? No evitándola, sino reconociéndola como parte del proceso, como el músculo que duele después del ejercicio.
La semana pasada volví a esa cafetería donde conocen mi pedido. El mesero que me atiende tiene ahora veinticinco años; cuando empecé a ir allí, acababa de nacer. Me preguntó, con genuina curiosidad, cómo era el mundo antes de internet. Le conté historias que para mí son memoria viva y para él prehistoria. Cuando terminé, dijo algo que me sorprendió: «Debe ser raro tener tanto pasado». Y sí, es raro. Pero también es riqueza. Cargo décadas de conversaciones, libros, errores, amores, ciudades; versiones de mí mismo que ya no soy, pero que siguen resonando.
No he resuelto la neomanía. Sigo tentado por la ilusión del borrón y cuenta nueva, del empezar de cero, de la transformación radical. Pero ahora sé que esa tentación es parte del intervalo, no un defecto a corregir. La sabiduría no consiste en eliminar los apetitos abundantes, sino en aprender a discernir cuáles merecen la energía limitada que me queda.
Bruckner termina su reflexión hablando de «la fuerza que nos mantiene a flote contra la amargura o la saciedad». Yo aún no sé cuál es esa fuerza. Algunos días pienso que es la curiosidad: quiero ver cómo termina esta historia. Otros días creo que es la terquedad: no voy a darle a la entropía el gusto de verme rendido. Probablemente sea algo más simple: mientras haya café por la mañana, libros por leer y alguna conversación pendiente que me interese, seguiré habitando este intervalo extraño entre lo que fui y lo que seré, entre el museo y la neomanía, entre la memoria y el olvido.
El intervalo no es una transición; es un destino.
- Pintura: Mariano Fortuny