El otoño siempre trae a mi voz los ecos del viento y la caída de las hojas muertas. Escribo desde la alteridad. Me sacude la muerte de un poeta hermano, un hombre de dimensiones solares.

Ángel Ortuño siempre fue fiel al gozo de la palabra, guardo de sí la más bella relatoría de un libro que me hermanó con él por siempre. Porque tuvo el gesto hermoso de llevar en voz de su mujer, Flor, lo florido de su lenguaje. Fue un poeta provenzal con motosierra.

Quisiera tener suficiencia para describir el dolor que siento con la noticia de su muerte. No me alcanzan las palabras para ello. Por eso revuelvo entre los papeles de mi caótica biblioteca el indicio de nuestro también caótico encuentro, porque me desgarra mucho saber que ha dejado de ser.

Termino por arrojar todo con furia de alteridad, como su poesía. Y mejor vuelvo a sus versos, los que un día celebré con él como una ruleta rusa en este poema suyo

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Miré los muros,

vi un automóvil

estrellado. Después en una casa

con muchos libros

leí que las bacterias pueden adherirse

a la pared de la uretra

o la vejiga.

En la calle alguien dijo: no

somos dioses pero la idea

es que sea un momento inolvidable, higiénico

porque la santa

ama

la obediencia.

Yo lo entendí mal

todo.

Ángel, que desde la acepción de la palabra tiene en sí lo aéreo, aunque haya reventado contra todo y todos, hizo nacer un lenguaje nuevo, la forma de manifestar la poesía en tiempos de la podredumbre.

Celebro su poética de granadas incendiarias, su metralla. Me vence el dolor y me ahogo en un río de bourbon… escucho Bloodflowers… y le recuerdo con amor ente las sombras…  desde el reino de Perséfone…

*Este texto, como fuego herido, está dedicado a Flor, la musa y mujer total de Ángel, a quien recuerdo con cariño en mi despedida del mundo también, un día incierto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, llevando en su voz la voz de un poeta inolvidable.