Sentimos una debilidad por el amor romántico, aunque no tengamos una idea clara de lo que es. En estricto sentido, el amor romántico es la concepción del amor puesta en boga durante el romanticismo, hacia el final del siglo XVIII e inicios del XIX.

I

El amor de los románticos ponía énfasis en la entrega apasionada, mórbida, que el amante sentía por su objeto de amor. Era un amor eminentemente masculino. Esto es: un amor que sentía el hombre por la mujer.

El sufrimiento era una ofrenda de amor, y éste, a menudo, terminaba con la máxima ofrenda de amor: entregar la propia vida por el objeto amado. Así, el amor solía culminar con la muerte o, incluso, el suicidio.


Uno de los mayores ejemplos del amor romántico es el Werther de Goethe

Esta forma de sentir el amor se popularizó en la misma época romántica con la novela confesional, un tipo de historias de corte sentimental que se contaban a través de misivas confidenciales que se escribían entre sí los personajes.

Werther, que también en su estilo epistolar es una novela modelo, está escrita bajo ese esquema.

II

El gusto por las tramas sentimentales fue explotado en la segunda mitad del siglo XIX por el instinto mercantilista de la revolución industrial. Con el ascenso de la burguesía, la industria editorial expandió su público lector.


La alta burguesía se codeaba con la aristocracia pero la baja burguesía apenas si podía elevarse por encima de las clases campesina y proletaria. La baja burguesía era un público ingente, aunque sin la rigurosa educación de la clase ilustrada, y por tanto carecía de los gustos intelectuales exquisitos de la clase alta.

Pero los burgueses sabían leer y escribir y sentían la avidez de consumir historias escritas, tal y como ahora sentimos la misma avidez por consumimir historias en el cine o en la TV.

Un tipo de historias producidas, digamos, en serie durante la primera Revolución Industrial, son las historias sentimentales

Para entonces la evolución literaria ya había superado la estética del romanticismo. Inspirada por el mundo mecánico que revelaba la misma revolución industrial, los escritores de la época desarrollaron la estética del realismo y, a la postre, derivaron de ésta otras corrientes literarias como el naturalismo social.


Pero eso no obstó para que se produjeran historias de aventuras, de terror, policiales y, como ya dijimos, de contenido sentimental.


De hecho, las raíces de casi todas las temáticas que se siguieron explotando durante el siglo XX y se siguen explotando aún hoy, tienen su origen en la literatura popular de entonces.

El género policial, que fue de Edgar Allan Poe, escritor romántico estadounidense, a Arthur Conan Doyle y su emblemático detective Sherlock Holmes.

El género de terror que transitó de la novela gótica romántica a las historias de miedo que cultivaron muchos escritores de la época; entre ambos géneros, las historias de misterio y los antecedentes de la novela negra con libros como El agente secreto de Joseph Conrad.

Las historias de aventuras, tan en boga en la época, como las escritas por Julio Verne y Emilio Salgari; y hasta los antecedentes de la ciencia-ficción con novelas del propio Verne como Veinte mil leguas de viaje submarino, Viaje al centro de la tierra y El eterno Adán, o El extraño caso del doctor Jekill y Mister Hyde de Robert Louis Stevenson.

Incluso ubicamos en esa época los antecedentes de los primeros superhéroes del cómic al estilo de Fantomas, en personajes de la novela de folletín como el Rocambole de Ponson du Terrail (cuyas ingeniosas aventuras dieron origen a las peripecias que, un su honor, designamos «rocambolescas»), y Raffles, creación del cuñado de Arthur Conan Doyle, Ernest William Hornung.

Las selectas historias de amor del período romántico, escritas para una sociedad aristocrática, derivaron en la novela rosa producida en tiempos del realismo literario


Y así como el cómic derivó de las historias folletinescas, la novela rosa del siglo XIX evolucionó (o involucionó) hasta las telenovelas de finales del siglo XX, pasando por las novelas impresas para consumo popular de Bárbara Cartland y la pléyade de mujeres novelistas que escribieron historias de amor para consumo femenino.

III

Gustave Flaubert, uno de los pilares del realismo francés, escribió a mediados de siglo Madame Bovary, una novela «romántica» que critica a las novelas «románticas» o, para hablar con más propiedad, a sus sucedáneas, las novelas rosas tan de moda en la época.


En esto, Madame Bovary es a las novelas rosas lo que el Quijote de la Mancha es a los libros de caballería: una novela que critica al género literario al que se adscribe.


El Quijote es, así, la novela de caballería que da la vuelta de tuerca defintiva, y con eso mata el género al que pertenece y critica. Esto es: el Quijote es un hombre maduro, de vida prosaica, que vive en la ilusión de que una vida de aventuras caballerescas es posible.


En el curso de la novela queda desvelado el «engaño» de las historias de caballería y, particularmente, los efectos perturbadores de esas historias en la mente de un lector apasionado. Los libros de caballería quedan expuestos en el «ingenioso hidalgo» como una mentira de la que sólo los crédulos se fían.


Madame Bovary hace lo propio con las novelas rosas: plantea una historia falsamente sentimental, sólo para criticar los efectos de estas historias en una vulnerable mente femenina


Madame Bovary es una mujer de vida mediocre, sumida en un entorno mezquino e igualmente mediocre de provinicia, que vive en la ilusión de que es posible una vida de amores idílicos.


Tratándose de una sabia novela picaresca, la credulidad del Quijote lo lleva a correr divertidas aventuras en las que suele ser engañado con tomaduras de pelo que evidencia el sentido común de su escudero Sancho.


Pero en el caso de Madame Bovary, la credulidad de Emma sólo le acarrea aventuras sexuales de dudosa moral, deudas económicas y el suicidio, con la concecuente desgracia a su esposo e hija.

Madame Bovary es pues una novela que critica a las historias de amor romántico. Perteneciendo ella misma a las postrimerías del período romántico, es sin embargo uno de los modelos de la literatura realista.

Dentro de esta corriente estética, se le ha llegado a considerar una novela perfecta. Desde el punto de vista artístico, Madame Bovary sigue también los pasos de El Quijote, aunque de manera más modesta.

Con su crítica a los libros de caballería, Miguel de Cervantes, creyendo que escribía un libro más de caballería, acabó escribiendo la primera novela en la historia de la literatura universal, creó la novela como género literario.

Con su crítica a las novelas rosas, Flaubert creyó escribir otra novela romántica, pero acabó escribiendo una de las cúspides de la novela realista.
Incluso, por su resolución técnica, es considerada por algunos como la primera novela moderna, antecedente directo de la novela del siglo XX, de la que habría empezado, con medio siglo de anticipación, a expandir sus posibilidades expresivas y narrativas.

IV

Pero lo que no aprendió Emma Bovary a mediados del siglo XIX, nos negamos a aprenderlo pasado siglo y medio desde entonces.


Uno de mis mentores, Fernando Robles Femat, me dijo en mi juventud que vivimos en un mundo en que las actitudes románticas ya no son posibles

En efecto, esa concepción del amor y de la vida pertenece a un período histórico en que las condiciones sociales permitieron su florecimiento: quienes sentían ese idealizado amor sufriente, tenían la educación, la sensibilidad y el estilo de vida aristocrático para recrearse en él.


Pero cuando uno tiene que ocuparse en sobrevivir, en ganar dinero y en abrirse camino en un mundo competitivo, es difícil recrearse con delicadezas emocionales.

Con todo, esta concepción exacerbada del amor prevaleció tal vez porque tiene un arraigo más antiguo que el romanticismo, que data de cuatro siglos atrás, cuando surgió entre los caballeros medievales el amor cortés.


Las características del amor cortés son las características del amor caballeresco que emula el Quijote en sus aventuras, dedicadas a su Dulcinea del Toboso: el caballero dispensador de esta clase de amor debía tener una dama a quien dedicar sus proezas.


Una aspiración legítima del caballero era que se cantaran sus hazañas y su amor por la dama de sus pensamientos. La unión con ella podía no concretarse jamás. Casi era un requisito que eso no ocurriera. Se trataba de un amor más bien literario, de gusto exquisito y de concepción idealizada.

V

Pero antes del amor cortés, el amor apasionado no estaba tan ensalzado como lo ha estado a partir de entonces. En la antigüedad, su reputación era más bien negativa.

Para los filósofos griegos el amor tenía otras características. En primer lugar no se dispensaba necesariamente entre un hombre y una mujer y el sexo no era necesariamente una muestra de amor


Los ritos de la fertilidad dedicados a Dioniso por los griegos y las fiestas bacanales (practicadas en honor a Baco) marcaban la práctica libre del sexo, incluso grupal.

La necesidad de una pareja estaba determinada, según Platón, por el mito del andrógino, una raza de seres primitivos, anteriores a los humanos, con cuatro piernas, cuatro brazos y dos cabezas que los dioses crearon pero que, por sus características anatómicas, eran físicamente más poderosos y rebeldes.

Para evitar el riesgo de sublevación que entrañaban, Zeus, con sus rayos, dividió a los andróginos en dos individuos. Por eso los humanos, sus descendientes, buscan a lo largo de su vida al otro que los complementa.

Pero ese otro, su pareja, no necesariamente es un individuo del otro sexo, pues había andróginos compuestos por dos hombres o por dos mujeres. Por lo tanto el amor no era una corriente reservada para circular entre un hombre y una mujer.


Platón distinguía entre el amor que sentía un hombre por una mujer del que sentía por un mancebo, y se recreaba en la admiración del cuerpo joven masculino. La atracción homosexual era corriente entre los griegos. Para el amor, sin embargo, tenían sus reservas.

Para Platón el estado mórbido del enamorado era semejante al delirio del loco y el amor, en consecuencia, una forma de locura.

VI

Otra razón por la que el amor romántico debió de prevalecer después de la época en que floreció es que el movimiento literario y artístico que le dio vida fue, en opinión de Isaiah Berlin (Las raíces del romanticismo, 2005), el primer movimiento de su tipo en la historia que fue más allá de la estética y que se convirtió en un movimiento de alcances sociales, con un impacto crucial en el estilo de vida.


Después del romanticismo el amor romántico degeneró en las novelas rosas que pasaron, ya en el curso del siglo XX, de su manifestación literaria al cine, a la canción popular, al cómic y al deplorable producto de las telenovelas


En todas estas manifestaciones, las historias de amor pasaron sutilmente de historias con elementos propios del romanticismo a historias que explotaron esos elementos para adaptarlos a la sensibilidad popular.

Las historias románticas se volvieron sentimentales, lacrimógenas, con un abuso de recursos trillados como la separación de los amantes, la casualidad como fórmula para el encuentro pero sobre todo para el descubrimiento, y el final feliz.

Pero aun con todos estos ardides, este degenerado romanticismo educó nuestra sensibilidad enseñándole cómo debemos sentir el amor y, sin darnos cuenta de la mixtificación, lo preconizamos como una de las cúspides de nuestra vida.

  • Ilustración: François-Charles Baude