La historia parece carecer de importancia. Estigmatizada desde la memorización de efemérides, convive entre nosotros sin saber para qué sirve, ni cómo se usa. Hay que darle el mérito que corresponde a Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, por revitalizarla, aunque no estemos de acuerdo con el tipo de historia que promueve.

Desde sus tiempos como candidato vitalicio de la izquierda mexicana, López Obrador, encontró en la historia oficial un mediador efectivo desde el que comunica su idea de nación. El actual Presidente de México, se ha interesado mucho por la construcción de la nación y casi nada por el Estado. El lugar otorgado a la negritud africana en la reciente enunciación demográfica del Instituto Nacional de Geografía e Informática (INEGI) y sus descalificaciones permanentes al Instituto Nacional Electoral (INE), demuestran con solvencia, mi planteamiento.

En el constante linchamiento mediático que hace de las instituciones mexicanas, está su desinterés por el Estado. Resulta llamativo que la lectura social de nuestra realidad, expresada cada día, por López Obrador, sea decimonónica y sus referencias contra las instituciones transiten, con notoriedad, por lo negativo.

AMLO vive anclado al siglo XIX, pero resta valor histórico al Estado, la más importante invención del periodo decimonónico. No puede existir un Estado sin instituciones

El vacío interpretativo del Presidente de México, se explica en el tipo de historia elegido. Obrador habla desde la historia patria. Ésta refiere una visión maniquea de las sociedades. Nos clasifica en buenos y malos, en liberales y conservadores, en chairos y fifís. Es un discurso que coquetea con el odio, con la discriminación, con la intolerancia a la diferencia. Hay que considerar la visión histórica-moralizante-educadora del Presidente de México, para profundizar en sus intervenciones.  

En la lectura ficcional que López Obrador hace de la sociedad mexicana, prevalece el mito y las referencias esencialistas. La enseñanza de la historia es importante porque en ella se anida nuestra visión política. AMLO es un Presidente que divide a los mexicanos, igual que la historia patria estereotipa a buenos y malos. Existen diferentes formas de hacer historia, la de él está en la historia oficial. No tengo duda que si Andrés Manuel López Obrador se posicionara desde la Contrahistoria, por ejemplo, su diagnóstico político sería más realista y equilibrado.

El proyecto de José Antonio Meade, ex candidato por el PRI, estaba construido desde la historia económica y el de Ricardo Anaya, ex candidato por el PAN, desde la historia de la ciencia. En los tres candidatos presidenciales del 2018, había una interpretación histórica de México. Al mexicano no se le explica para qué sirve, cómo se usa y qué valor tiene la historia. La deficiente formación histórica de los mexicanos, potencializa el éxito del discurso moralizante de Obrador, el cual está construido desde la enseñanza de la historia oficial. Siempre hay que prestar atención máxima, a la interpretación histórica que del país, exponen los candidatos.

Si queremos fortalecer la democracia en México, necesitamos modificar la enseñanza de la historia. La fórmula patria de estudiar el tiempo, dejó de ser funcional. Fue útil en el XIX por la conformación de los Estados-Nación.

El discurso de odio incentivado por la historia nacionalista decimonónica, es aprovechado por el Presidente de México, en su carrera por el control total del Poder Legislativo. La oposición política debe responder a la historia patria lópezobradorista, con un discurso contrahistórico, liderado por profesionales del oficio de historiar

Las escaramuzas que López Obrador mantiene con Enrique Krauze hay que referirlas desde las batallas por la historia. A Krauze, al igual que a Héctor Aguilar Camín, se les debe respetar como intelectuales. Es muy soberbio descalificarlos en su oficio. Son historiadores científicos respaldados por una amplia trayectoria. Obrador los ataca porque reconoce el peligro que representan los historiadores académicos, en el camino hacia su consagración como Alteza Serenísima.

En la enseñanza de la historia está su mayor fortaleza política, pero también su más grande debilidad. La historia es muy importante en la conquista del poder. López Obrador habla de llevar al límite la recaudación de impuestos, igual que el Imperio Romano, antes de colapsar. Al mismo tiempo, anuncia el fortalecimiento del mercado interno y su apuesta por micro-economías basadas en el auto-consumo, como si de una sociedad medieval se tratara. El de AMLO, es un gobierno lleno de contradicciones históricas. Un historiador de oficio, se percata y lo desnuda.

Eso de ser generoso con las masas y entregar dádivas a raudales, con el propósito de mantener una base social votante, también es una práctica muy romana. Lo que coloquialmente denominamos, pan y circo, aplica a los programas sociales orientados con fines políticos, no sólo a los conciertos de populares bandas que los candidatos regalan cuando tienen lugar sus mítines. Cada decisión tomada por el gobierno lópezobradorista, posee un fondo histórico.

Es importante que la oposición se fortalezca con historiadores académicos. Serán necesarios en las elecciones. La semántica histórica es una arena política, desde la que, el nacido en Macuspana, Tabasco, dicta una parte de la agenda nacional

La desacreditación del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el cuestionamiento al uso de crecimiento y producto interno bruto (PIB), como conceptos que permiten apropiar y entender la realidad económica de las naciones, confirman mi planteamiento.

Andrés Manuel López Obrador ha señalado, en repetidas ocasiones, que debemos hablar de desarrollo y de bienestar, no de crecimiento. Su experiencia le permite proponer una deconstrucción política desde la semántica histórica, espacio académico surgido con Aristóteles, en la Grecia Clásica, y reinterpretado por el alemán, Reinhart Koselleck, en el siglo XX. El análisis cotidiano de la política lópezobradorista, exige competencias en el ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales.

El Presidente de México trabaja desde la historización del mundo. Resulta fundamental que la oposición desmitifique a los ídolos del régimen socialista mexicano, comenzando por Benito Juárez. Los partidos de oposición deben recurrir a la Contrahistoria para consolidar un frente político contra el gobierno obradorista. Una de las claves está en evidenciar la divinización de las efigies seleccionadas por él, en su derrotero como Presidente de México.

Es posible que la oposición no se haya enterado que el gobierno lópezobradorista está haciendo lo propio. El ejemplo más reciente ocurrió en el cambio de imagen del billete de 1,000 pesos mexicanos. En el mes de junio del 2020, Arturo Herrera, Secretario de Hacienda, anunció que salían Miguel Hidalgo y la Universidad de Guanajuato, dos referentes guanajuatenses de la derecha mexicana. De Guanajuato es el sinarquismo.

La historia habla, aprendamos a escucharla.

  • Foto: Presidencia de la República
BICI