Desde hace un tiempo recibo solicitudes de amistad en Facebook, y no es porque vean en mí a una olvidada o futura amistad, tampoco porque goce de celebridad, ni porque mis estornudos y desplantes lacrimógenos sean populares.

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No soy un escritor revestido de fama literaria, ni un opinólogo que haga leña del árbol caído y sea coreado por quemar al hombre malo en turno. Lo que llego a publicar va y para en manos de algunos amigos, uno que otro detractor y, rara vez, a más de algún despistado al que le vendo mis libritos.

De ordinario respondo, a quien comenta mis estados o posts de Facebook, con un sobrio: Gracias, aunado a un corazoncito. Por falta de ingenio y de espontaneidad me reservo probables respuestas, piques o controversias estériles.

Sé, muy en el fondo, que me gusta hacerla de pedo por todo y por nada, pero también sé que hay otros que comparten este impulso, y que su imprudencia brilla y resplandece a kilómetros de distancia. Así que opto por ser cortes y zafarme del cada vez más grueso martirologio que han emprendido los usuarios de las redes.

Pero vuelvo a lo de las solicitudes de amistad, constantes y variopintas. Por ingenuidad, por llana torpeza las fui aceptando sin sospechar qué se traían entre manos.

Pronto, dado que así se signa hoy todo, esas nuevas amistades comenzaron a mostrar el largo de sus uñas, el burdo colmillo cariado en su fingida sonrisa

Como plaga bíblica brotaron notificaciones invitándome a dar like a esta o aquella página, a seguir no sé a quién demonios. Diré que en algunas ocasiones pasé a visitar esas páginas, a revisar qué contenían, pero no tardé mucho en ahorcar esa curiosidad. Así que se han ido acumulando esas notificaciones, una tras otra; aunque en ratos de malhumor las rechazo con cierto placer de energúmeno en pleno bufido.

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Mas encajosos resultan quienes directamente escriben en la caja de mensajes. Ya se sabe, comienzan con un idiota: Hola, me regalas un ‘like’… para no sé qué fin. Y estos mensajes, que llegan a fastidiar, también pueden ser sorprendentes por su grado de obscenidad o estulticia.

Recuerdo que hace más de dos años, recién terminada una relación probablemente amorosa, comenzaron a llegarme solicitudes de amistad de mujeres y transexuales que me ofrecían sexo cibernético (aún no sé, ni quiero saber cómo se consuma este tipo de encuentros), fotos y videos cachondos, eróticos, pornográficos, cien por ciento reales, nada de fakes, recalcaban en cada oferta.

Ahora que escribo esto me da por pensar en que quizá me espiaban.

Ofrezcamos a este pobre diablo algo de sexo y fantasías eróticas ahora que duerme solo como un perro de hospital”. Llegaban (y esto puede que refuerce la sospecha de espionaje), ofertas de préstamos pecuniarios con obvias tasas de intereses leoninos, supongo que previendo las amenazas de demandas del excónyuge. No faltaron las invitaciones para adoptar a una mascota, es fácil conjeturar que quien me espiaba no quería que mi soledad fuera un estigma y sustituyera a un ser vivo con otro ser vivo menos propenso a las infidelidades y caprichos. Qué si me llegaron, por aquellos días, cadenas de rezos y oraciones. Por supuesto. Estas prometían milagros inmediatos, gruesos fajos de billetes en mis bolsos y una que otra amenaza de disculpa, de perdón por juguetear al sodomita entre conocidos. Insisto, el espionaje no resulta una mera paranoia.

Todo lo anterior, bien que mal, lo puedo tolerar; incluso, ya en conjunto, me parece una broma con humor negro que me divierte y alegra a ratos, salvo los genitales fotografiados con evidentes cicatrices de una que otra infección venérea.

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Lo que en definitiva se ha convertido en un infierno es el raudal de mensajes y notificaciones de supuestos escritores promocionando sus libros, su urgente asesoría, sus mafiosos talleres, sus páginas y sus grupos.

Acepté, sin medir las consecuencias, pertenecer a uno de estos grupos, que por un mínimo respeto al anonimato, referiré como RED DE IMBÉCILES

Ahí, de manera atropellada y orgiástica, se publica la quinta esencia del mal gusto en cuanto a letras y letreros quepa. Bodrios pasados por poemas nacidos desde el alma, por imposible que parezca, peores a los de un becario de letras en este país; moralejas babeantes con pauperismo narrativo que se presumen cuentos; adelantos de novelas que enceguecerían al palero que hace de lector omnívoro.

En este grupo abundan las preguntas más bobas, seguramente un filósofo francés no se las tomaría a la ligera, que todo aprendiz de escritor habrá de responderse, ahora con ayuda de otros gorilas disfrazados de estilistas del lenguaje, aunque su fuerte sea la cosmetología con productos chinos ya caducos. Preguntas y respuestas que conducen a la antesala del Nobel, porque lo importante es soñar con castillos y no con chozas y favelas.

Que cómo se escribe un poema ¿con palabras dictadas por el corazón, o con palabras “raras” del diccionario? Que por qué hay que lidiar con la odiosa ortografía, si lo que se pretende es ser un vándalo de las emociones y sentimientos negativos para transmutarlos en belleza sólida y férrea. Que qué sentido tiene atender ciertas normas sintácticas, si lo que verdaderamente importa, al final de todo escrito, es el mensaje de esperanza élfica y luz angelical.

En esta RED DE IMBÉCILES florecen los consejos más atinados y pertinentes que uno pueda concebir, como aquel que invita a no criticar ningún escrito porque es malo ser criticón e irrespetuoso ante la estupidez ajena. Además, agrega algún acólito raudo del buenismo, no se vale bajar la autoestima del autor que comparte desinteresadamente su alarido del alma.

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Les maîtres du soupçon son Marx, Nietzsche y Freud, según Paul Ricœur. Cada uno, a su manera, pusieron patas arriba la idea de conciencia, denunciaron lo que solemos llamar, con grandilocuencia, los fundamentos de la tradición occidental, en particular los de la Modernidad. Este no muy alegre trio cultivaba el deporte de desilusionarnos, de recordarnos que no somos lo que decimos ser.

Traigo a colación este tópico porque quizá sea hora de poner en crisis el concepto de cerebro, que hoy tiene encandilados a filósofos, psicólogos, psiquiatras, neurólogos, físicos teóricos y demás alimañas de laboratorio

Marx atestó un duro golpe a la ideología burguesa; Nietzsche mató a Dios (ya Dostoievski lo había ahogado, y antes, cuando las divinidades parecían hormigas mantequeras en torno a un picnic, Luciano de Samósata se había cagado en ellos); y Freud hizo notar que la conciencia es el parapeto del inconsciente y de las represiones.

Quién será el filósofo que ponga en crisis el concepto de cerebro, porque, siendo franco, parece haber muerto este órgano en los sujetos que publican en la RED DE IMBÉCILES.

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-Hola, te invito a ver mi canal de YouTube, donde leo diario mis poesías más celebres y aclamadas. Por favor, dale like y apoya a un ciervo (sic) de la belleza.

Respondo aquí, no en la caja de comentarios, a quien me mandó este mensaje.

-Hola, vendo sogas para cuando quieras leerle a san Pedro tus poesías.

  • Ilustración: Francisco de Goya

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