El poeta nicaragüense Edgard Cardoza Bravo realiza una serie de ‘calaveritas’ poéticas para hontar la palabra y a sus hacedores, con motivo del Día de Muertos.
SALMO REFERENCIAL
Yo soy la dama del cuento,
el verbo desencarnado,
la historia de Sherezade
contada con nuevo acento.
Soy la parábola mustia
y el cielo desangelado,
el ‘concepto de la angustia’
sin Kierkegaard de su lado.
Soy el mejor Gorostiza,
el Villaurrutia más frío,
el cerebro de Darío
que emerge de la ceniza.
Soy el Popol Vuh que hermana
el canto y la tradición.
Soy Cardoza y Aragón
en ‘las líneas de una mano’
o un Monterroso que invita
como una cosa fortuita
a filetear un dragón.
Soy Bukowski atenazado
por una fiebre de alcohol,
soy Ruvalcaba en formol,
soy un Onetti malcriado.
Soy el Edgar Poe protervo
que en su demencia destila
el ‘nunca más’ de aquel Cuervo
como marca de tequila.
Es más: soy un barbaján
de imaginación inmunda:
“no escupas sobre esta tumba”,
que aquí yace Boris Vian.
Soy el sepulcro blanqueado
por una cruz de cemento,
soy mueca, soy escarmiento,
soy luna vieja, esperpento:
la muerte del lado alado.
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NOMBRAR LA MUERTE
PÁRAMO
Hoy he venido a Comala
en busca de Juan Preciado,
el que murió de pavor
entre lágrimas de pasmo
y andanadas de estupor
mientras buscaba a su vez
el diapasón y la aldaba
de esta aldehuela que exhala
–ábranse que lleva bala–
etereidad de fantasma,
humores de perdición.
Comala es como el Mictlán
–de inagotables arenas–,
el lugar a donde van
las almas a expiar sus penas.
Aquí quizá coincidieron
en su poema final
Luis Cardoza, Gorostiza,
Sor Juana y Octavio Paz,
y dieron un recital
(cierta noche de cenizas)
para Susana San Juan.
Soy Juan Rulfo, el ectoplasma
ha comenzado a brotar
de este rumor convocante
del canto de tono incierto
de las almas del desierto.
Aunque es cierto no se espanten,
resulta que ya estoy muerto,
pero les quiero contar
integrándome al elenco
de ánimas del evento,
tan sólo para que suene
el chischil de mi aposento.
Mírenme: sigo buscando
–en mi panteón no tan santo
y en las esquelas sin fé
ni identidad que guardar–
a toda la descendencia
de mi grey particular
que sucedió mas no fué
ni se puede remediar:
a mi Susana sin par
–que fue más ‘Clara’ que el viento–
y su aire de eternidad,
cuyo amor idealicé
aunque nunca lo gozó
mi personaje más cruento.
Abundio, Eduviges Dyada
y la Damiana Cisneros,
el tal padre Rentería
arzobispo del dinero
entre la noche y el día
(la vida y el agujero);
y hasta aquel Fulgor Sedano:
sobrestante del averno /
encomendero del diablo,
con un rosario profano
sahumando la romería.
Ya regreso a mi galera
de eterna maledicencia,
ahí les dejo al abandono
la mies de mis personajes,
y si alguna vez requieren
o se les antoja viaje,
dejo en el ‘Páramo’ un pomo
que contiene mis esencias.
HIDRA
Las sirenas, esa vez, solo esa vez,
no cantaron: la vez que la historia
registró su canto.
Carlos Fuentes
Desciendo ‘la región más transparente’
como reloj de sol en el ocaso,
por la calzada indemnes se abren paso
las historias y mitos de la gente.
Hay un rumor de dioses sublimados
en la piedad rugosa de la tarde,
en los muros opacos gime y arde
el azar con su búcaro de dados.
Ya la noche columpia su clepsidra
en la viscosa nube que es el viento.
Desde la entraña gris del esperpento
asoma ‘la cabeza de la hidra’
dando nombre uno a uno a los arcanos
que brotan de las líneas de esta mano.
LABERINTO
Para redondear el trino
de presencias del camino
de inagotable arrebol:
que ya no se agregue más:
en este día de muertos
hablemos de Octavio Paz
tramando su laberinto
sobre una piedra sin sol.
Increíble y hasta incierto:
una nube de sotol
de maguey dasilirión
respirando a cielo abierto
será el flamígero puerto
que sellará la ocasión.
Octavizo mi rumor
a saga de la Malinche.
Para no sentir bochinche
invito a José Martí
a que lo mate el amor
de una mirada de lince
o una pica de aguamala
de las que hoy no veo aquí.
Y que nos cante en la sala
‘la niña de Guatemala’
con música de violín.
Y es que yo soy un expendio
de nubes y polvo eterno:
me apago con un incendio,
con las aguas me encaverno.
¿O qué otra cosa prefieren
además de mi guadaña
por los cuerpos que se mueren
dejando el ánima en casa?
¿Me paseo en escafandra
por el centro de la plaza?
¿Me pinto de ‘salamandra’?
¿En una tela de araña
encontraré lo que fuí?
¿Doy la ‘vuelta’ en Cabo de Hornos
y llego por mil retornos
a lo que queda de mí?
(Sabemos que a Elena Garro
se le secó el corazón
por culpa de la obsesión
de no descansar en Paz).
Tengan pues este guijarro
que nos deja Edgaralán
viendo de Palas el busto
con un cuervo en el olán.
¡Badabadú / pim pum cuaz!:
Con este conjuro guarro
protéjanse y además:
si tienen lengua en el susto
o cruces en el gabán
nunca digan: ‘nunca más’.
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URNA CON POETASTRO
De pronto y a los setenta
años de haber naufragado
el barco de su placenta,
este individuo tan pinto
va e inaugura una tienda
de versos desafinados.
Ahora les cuento, por cierto,
que un soplo desde Mambrú
acometió a este mamerto
a la sombra de un haikú:
“Triste poeta
prematuro de otoño
pelón eterno”.
Y ahí tienen que el hijuesú
incursiona en el Parnaso
derrapando el espinazo
por calles de poca luz
con un tenaz aspersor
de versos al por mayor:
el golpe de la cornada
de este bovino versante
difiere de la manada
en qué pica con la cola
y al acometer la espada
se queda en puro desplante.
[Envuelto en una bufanda
de promotor cultural
transcurre de tanda en tanda
encalando el nixtamal].
A esta altura del partido
un abuso de adjetivos
gerundia los participios:
la parca afila sus ripios
de impostergable guadaña
en un poema cliché,
mientras el poetón enfila
a desflemar la mamila
en la flama de un quinqué.
A este ser de tanta maña
ya sólo le falta urdir
las letras de su epitafio:
“yace aquí algún Epifanio
colmado de apelativo,
y digo sin más motivo
que la muerte es un extraño
caso de emancipación:
vacía tu corazón
y no te entrega recibo”.
URNA DE COPAL
Redondeando, mis marchantes,
la muerte es como el jueceo
de un partido de futbol
que fue arreglado desde antes,
más debes tener cuidado
de que no te metan gol.
O si quieren un trofeo
para adornar el estrado
con penacho y arrebol,
bordemos en un resquicio
del gran ‘Coyote que Ayuna’:
morir es el sacrificio
para conquistar la luna.
- Ilustración: Olga Costa