Roberto Bolaño lo describió en su último libro ‘2666’ como un periodista-detective, como un ‘hueso duro de roer’, y en eso sí no se equivocaba; cuando los sicarios que lo golpearon -por investigar los asesinatos de las muertas de Juárez- le dejaron cojera permanente y un coágulo en el cerebro, Sergio González  simplemente siguió adelante.

Sergio González Rodríguez fue un escritor y periodista ‘hecho a mano‘. Murió a los 67 años a causa de un infarto. No lo mataron, como a Mirolsava Breach u otros compañeros, pero sí lo intentaron. Tal vez no le tocaba. Tal vez era demasiado cabrón para que se lo cargaran como si nada.

Sergio Gonzàlez Ramírez

Elmer Mendoza escribió en el diario El País un artículo que me tocó el corazón ¿Cómo te despides de un carnal?

Carnal, tengo nieve en las manos y me duelen los ojos de mirar el desierto como lo descubriste. Samalayuca son unas dunas viejas que cruzó Juárez en el séptimo sueño. ¿Qué onda contigo bato? Sé que te gustaban las madrugadas para irte pero nunca pensé que tan lejos (…) Carnal, estoy pisando nieve, y Culiacán está a treinta y nueve grados, los mismos que tiene el tequila sin nombre que expande mi ventana“, escribe Mendoza y casi siento como le corren las lágrimas mientras va tecleando las palabras para despedir a Sergio.

Cuando en 2002 la editorial española Anagrama publicó su primer libro: Huesos en el desierto, González sacudió al mundo. En México las autoridades no hallaban en dónde meter la cabeza; para variar. Aquí está expuesta de forma directa la tragedia de un país convulso, de uno que permite la matanza de sus mujeres, madres, hermanas, de la esperanza.

La brutalidad de los crimenes y la impunidad rampante en el caso de las llamadas ‘muertas de Juárez‘ le trajó a Sergio González el reconocimiento internacional por su labor periodística reflejada en Huesos en el desierto; pero también una paliza de sicarios que intentaron acallarlo. Y a México le trajo una ‘paliza‘ internacional de condenas por las atrocidades sin castigo.

La crónica de González Rodríguez me ha ayudado de manera extraordinaria en la realización de esta obra, porque conoce al dedillo los crímenes de Ciudad Juárez que reflejo en mi novela (2666). El ha sido para mí más que un amigo; ha sido un gran punto de apoyo intelectual. A veces, revisando un documento de sesenta páginas, me sentía mal a la altura de la número cinco. Y me imagino que González Rodríguez lo habrá pasado peor, ya que a mí me protege la ficción, pero él ha tenido contacto directo con el terror, con el más profundo terror”, dijo en una entrevista Roberto Bolaño a propósito de la enorme influencia que le dio el trabajo de González, el intercambio de correspondencia e ideas que sostuvieron y que finalmente le llevaron al chileno a escribir su obra magna: 2666.

Su labor en el periodismo fue destacada, ganó diversos premios nacionales e internacionales

Una forma de acercarse más a González está en sus libros, en el Hombre sin Cabeza, fundamental para entender la violencia y el fenómeno de las decapitaciones; en Campo de guerra, donde señala los riesgos del control excesivo a partir de la tecnología y la deshumanización que produce; en Los 43 de Iguala, aborda el caso de Ayotzinapa. Su leimotiv es la espiral de violencia que ya es normalidad en México.

A Sergio le gustaba el hard rock y el heavy metal -fue bajista del grupo Enigma en la CDMX- , beber vino tinto, meterse donde no lo llamaban, desnudar al poder, señalar sin temblores la brutalidad de un país-sistema que devora a sus mejores hombres y mujeres, todo lo que esté a su alcance.

El epílogo de este ejercicio de escritura para recordarle, suena casi como un lacónico poema, pero es apenas parte del texto de ese libro que cambió la historia e ilustra por sí mismo, en palabras simples y dolorosas, lo que es México, el México del que hablaba en su crítica. Descanse en paz.

 

Del libro ‘Huesos en el desierto’

(fragmento)

 

No pasa nada, dirá ella. Nada, repetirán los que vengan.

Nada.

Como el silencio del desierto.

Nada.

Como los huesos de las víctimas dispersos en la noche.

 

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa
  • Foto: Especial