Se cumplieron 40 años del aniversario luctuoso de Jean Paul Sartre, y mi editor pregunta si se podría hacer algo, por ejemplo, sobre el concepto de libertad de Sartre, que nos es útil, especialmente ahora, en la crisis del coronavirus.

Entiendo este revés, porque muchos sienten que las medidas por la pandemia restringen su libertad. Cuelgo después con mi editor, pero, en las antípodas, me quedo todavía un largo rato pensando que Sartre podría haber visto la cosa de manera diferente, porque como él mismo ha dicho: “En situaciones excepcionales nuestra libertad se muestra más claramente”.

Desde las restricciones de salida, la mayoría de las personas en todo el mundo han pasado gran parte de su tiempo entre cuatro paredes; y mientras que algunos sufren de soledad, la compañía constante de sus compañeros de cuarto puede ser una carga para otros. Pienso pues que el infierno son los otros, pero no tienen que ser.

Mucho antes del coronavirus —esto se dirige también al filósofo y escritor francés Jean-Paul Sartre en su obra Sociedad cerrada—: después de su muerte, dos mujeres y un hombre están condenados a vivir juntos en una habitación individual y hacerse la vida mutua, mintiéndose a sí mismos y a los demás, esperando cosas el uno del otro que no pueden dar. Curiosamente, estoy pensando que en el momento en que los protagonistas no son honestos consigo mismos y con los demás, las condiciones están dadas para que los demás se conviertan en sus torturadores.

Para Sartre fue crucial que este sufrimiento entre los demás no fuese inevitable. Por el contrario: las personas siempre pueden elegir actuar de manera diferente y tratarse mutuamente de manera responsable

Como esto sea, en el corazón de su pensamiento está nuestra responsabilidad personal; y quizás la más famosa de sus oraciones expresa desde ya la ambivalencia de nuestra autodeterminación: “El hombre está condenado a la libertad”. Esta frase, por ejemplo, que a mí me ha parecido siempre, aparentemente, paradójica apunta a dos puntos importantes. Dice que hay muchas situaciones sobre las cuales no tenemos control: no decidimos cuándo nacemos, en qué país, con qué padres, en qué medio social, y, por supuesto, nosotros no decidimos si de repente hay una epidemia de coronavirus. Pero si nos encontramos en una determinada situación, incluso si no hacemos nada por nuestra cuenta, estamos obligados a decidir cómo nos comportamos en ella. “No podemos no decidir y al decidir, también somos responsables de nuestra decisión”.

Con todo, en 1944, a sólo dos semanas después de la liberación de París, Sartre se aventó una declaración de este calibre: “Nunca hemos sido más libres que bajo la ocupación alemana”. Y sin duda, estaba hablando de que, entonces, nos hicimos particularmente conscientes de la importancia de nuestra libertad en situaciones extremas, porque cualquiera que decidiera unirse a la resistencia francesa tendría que arriesgar su vida y la de sus compañeros combatientes. Cualquiera que decidiera en contra de esto, a los ojos de Sartre, compartía también la responsabilidad de la guerra y el terror de los nacionalsocialistas.

En resumen, creo, la crisis del coronavirus no habría sido entendida por Sartre como una restricción de nuestra libertad, porque también es ésta una “situación límite”, y en estos días, tenemos pues el desafío particular de asumir la responsabilidad de nuestras acciones: Por ejemplo, ¿respetamos la distancia?, ¿cuando salimos de compras, nos hacemos responsables de la salud de los otros? Porque la crisis deja una cosa clara: las condiciones bajo las cuales tenemos que decidir son muy diferentes.

También para Sartre, la desigualdad de las personas se volvió cada vez más importante en el curso de su trabajo, y lo llevó incluso a la tesis, en trabajos posteriores, de que “la libertad del individuo presupone la libertad de todos”.

Creo pues que esta idea es también valiosa para la actual crisis, porque superarla presupone que todos son solidarios entre sí. Si todos siguen su propio camino egoístamente, y así no es como Sartre entiende la libertad, entonces las pérdidas son mayores y la crisis dura más

Así también, la actualidad de su pensamiento se hace evidente en vistas del creciente antisemitismo en el mundo, y en vistas de que se preguntó, como ningún otro, cuáles serían los motivos. Su observación central radica en el miedo. Porque el antisemita es, para Sartre, alguien que tiene miedo, y de hecho no en absoluto contra los judíos —esto es un fantasma—, sino antes de ser libre de tener que decidir: “Y así, antes del núcleo del ser humano mismo: porque el ser humano es el que vive y decide con dudas e incertidumbres. Y el antisemita no quiere eso…”.

Sartre nos deja pues en claro, como creo ningún otro filósofo en la modernidad, que nuestras imágenes enemigas son de siempre intercambiables: No importa que seas judío, también podrías ser negro, o chino. Porque todo ello no es sino una proyección, un chivo expiatorio al que culpan los antisemitas por la situación de la que se ven a sí mismos como una víctima. Por el contrario, a través del odio y la clara imagen del enemigo, el antisemita construye una especie de tanque contra el mundo, que de lo contrario lo enfrentaría con dudas y sobre todo con su responsabilidad de actuar.

En fin, pienso que algo debo escribir sobre Sartre, algo serio. Pienso después: “Lanzado al mundo, hay que elegir”. Lo dijo alguien hace más de 40 años, alguien que tuvo incluso la resolución de escribir una obra como La náusea.

  • Foto: Antanas Sutkus
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