‘Huesos de San Lorenzo’, novela publicada en 2015 por el escritor mexicano Vicente Alfonso, es un relato dividido en 34 fragmentos que, de manera paradójica, se complementan al tiempo que se disocian y se repelen.

Y es que en este mundo traidor, no hay verdad ni mentira:
todo es según el cristal con que se mira.
Ramón de Campoamor (Las dos linternas)

 

La lectura de esta novela, por motivo de su fragmentación, consiste en un permanente acto de restructuración, un desafío por buscar las piezas que arman el rompecabezas. El argumento de la novela gira en torno a los gemelos Rómulo y Remo, los hermanos Ayala. Uno de ellos, no se sabe con exactitud cuál, ha cometido un homicidio.

La historia se nos cuenta desde la voz de Alberto Albores, psicólogo de uno de los hermanos, quien se propone como objetivo escritural presentar al lector los datos que ha recogido en su investigación personal sobre el crimen. A partir de dicha situación, la narración trascurre como una reconstrucción de los eventos que suceden alrededor del crimen y que, por lo tanto, tienen relación con la resolución del conflicto.

La labor, por sí misma complicada, de unir fragmentos para reformular la verdad se complica aún más, dado el carácter enigmático de los personajes, las múltiples versiones que cada uno de ellos ofrece, así como el ambiente fantástico que en ocasiones envuelve los hechos. Los tópicos del crimen y el misterio, la forma en que la novela se narra, los elementos populares como voces que se abonan a la problematización del conflicto, entre otras características más, provocan que exista la controversia.

Alrededor de ‘Huesos de San Lorenzo’  hay una fuerte disputa por parte de la crítica literaria, la cual no logra ponerse de acuerdo al momento de clasificarla en un género

Se le ha llamado novela policial, novela negra, como afirma Juan Carlos Chamorro, o thriller policial, según las afirmaciones de Yaneth Aguilar, e incluso, según describe Agentina Barrientos, un híbrido entre la novela negra, la fragmentaria y el halo experimental del novelismo contemporáneo.

En efecto, la novela utiliza recursos propios de diversos géneros, del género policial, en tanto que el narrador juega a ser un detective empeñado en resolver el crimen, o bien, si se observa el carácter popular que sostiene y su relación con la sociedad la obra, puede situarse en términos de novela negra.

No podemos dejar de ver en ella otras características. Por ejemplo, la manera en que Vicente Alfonso liba de la narrativa de misterio e incorpora algunos temas de la narrativa psicológica. En cuanto al thriller, en efecto, existe en la novela una mezcla de emociones, excitación, miedo y regocijo que suceden de manera constante y a toda velocidad. Un protagonista que al parecer se enfrenta con un sujeto de carácter psicótico. En Huesos de San Lorenzo, sin embargo, debido al intrincamiento que ha creado el autor y al tratamiento que se les da a las identidades veladas, es difícil, incluso al final, definir qué personaje desempeña cada rol.

La novela del autor lagunero se distingue así por su oscuridad y su hábil manejo de selección. Ningún elemento se halla presente de manera fortuita. Esto se advierte desde el nombre del narrador Alberto Albores, apellido que nos remite a la palabra albor, es decir luz del alba. El apellido del psicólogo presupone la imagen del narrador como ese rayo de luz que precede al amanecer. Ha de ser entonces Albores quien disipará la bruma que empaña los sucesos y guiará al lector hacia el camino de la luz, no sin antes adentrarnos en el bosque tenebroso de “las cavernas de la memoria”, según se lee en Huesos de san Lorenzo. Lugar donde se pretende reside la verdad.

La memoria, si bien puede ser el sitio donde la certeza tiene su escondite, también puede ser la más traicionera de las fuentes si de buscar la verdad se trata

¿Cómo se construyen los recuerdos? ¿Cambian, se acomodan, maduran con el tiempo? ¿O van borrándose como periódicos al sol? Pudiera ser que, a veces, los hechos vayan sedimentándose en la memoria como un agua lodosa que al principio nos impide ver lo que intuimos cerca. De cualquier forma, reconstruir un pasaje a partir de varias fuentes es como rasurarse frente a un espejo roto. Las versiones se contraponen en unos detalles y coinciden en otros.

Todo el relato se da a partir de recuerdos y grabaciones acomodadas en un orden que, podría pensar el lector, carece de precisión. El centro de Huesos de San Lorenzo reside en la restructuración que hace el narrador de los hechos. La realidad inmediata del crimen se observa a través de remolinos o cortinas violentas que la vuelven difusa. El rompecabezas termina por ser discordante. Si bien existen espacios vacíos que se prestan a la interpretación, la lectura final brinda más preguntas que respuestas.

Es muy difícil establecer qué es verdad y qué es mentira en este laberinto de dichos, de historias que se empalman, menciona Alberto Albores casi al final de la narración. Huesos de San Lorenzo es una novela que versa sobre la posibilidad de la verdad. La primera línea vuelve patente este pensamiento: “La realidad es una; sus lecturas infinitas”.

El narrador que emplea Vicente Alfonso, esa luz nebular en voz Alberto Albores recurre a dichas infinitas lecturas (versiones) debido a que, como un espectador de los sucesos, así como un receptor de opiniones, le es imposible definir qué es lo que realmente pasó. Él sabe que una sentencia fue dictada y, aun así, cada personaje cree saber qué fue lo que en realidad ocurrió. Por su parte, él es uno más de aquéllos que sólo creen saber.

El lector, desde la frontera ficcional, se suma a estos personajes y en la medida que siempre se conduce detrás de lo que Albores va enunciando, se involucra en la trama e, incluso, comienza a reflexionar su propia versión de lo que pudo ser. Esto sucede porque, al transcurrir la narración, el lector termina por encontrarse hipnotizado por el deseo de concebir la imagen completa que se proyecta desde un cristal hecho añicos. Dicha imagen solo se podrá adivinar mediante la unión de las partes, una unión libre que dará cabida a particulares interpretaciones.

El asunto de la fragmentariedad atraviesa desde el principio de la novela hasta sus últimas páginas

Fragmentos devienen en más fragmentos de modo que las conjeturas pueden elevarse al infinito. Y, al final, todo se resume en una respuesta irracional que curiosamente fue planteada desde un inicio: “El mago y su público tienen distintas interpretaciones de los hechos. Para los espectadores el acto es único e inexplicable: Un instante de fe”.

Solo la creencia individual puede resolver el conflicto. Depende de la fe individual afirmar soluciones. Ante esto, se postulan dos vías. En una, el reino de la fe invade el imperio del razonamiento lógico donde los sucesos son entregados a una fuerza sobrenatural que se encuentra fuera del alcance humano. Si no podemos comprender y solucionar el conflicto, la última vía se presenta en manos del pensamiento mágico religioso. ¿Se reduce todo a ese instante de fe del padre de los hermanos Ayala? En otra vía, la lógica encuentra que todos los vacíos cobran sentido cuando las hipótesis irracionales que fueron formuladas resultan inválidas. Ahora se entiende que el relato constituye una caída en las redes del mago. Fue solo un embeleco. Todo tiene un fundamento racional y lo que de ominoso tiene el texto son meras imaginerías, trucos de un charlatán de feria barata.

La novela, además de contar la historia de los Ayala, es una problematización sobre la configuración de una verdad objetiva. Encontramos por ello en la novela de Vicente Alfonso diversos elementos, varios personajes, versiones sobre el conflicto principal, explicaciones fantásticas sobre la realidad inmediata y, al final, todos estos elementos se conjuntan para abonar a la problematización de carácter ontológico y epistemológico que reside en el fondo de Huesos de San Lorenzo: la posibilidad de interpretar la realidad.

Es la realidad una, y puede ser interpretada así, perdiendo su carácter inequívoco y absoluto, o bien, la verdad absoluta resulta una mera idealización inexistente; en su lugar encontramos simples lecturas subjetivas de los fenómenos ocurridos. De ser así, en esencia, la novela nos está hablando sobre la imposibilidad epistemológica del ser humano. El pleno conocimiento de la verdad es inexistente.

Vista a distancia, la obra de Vicente Alfonso se deja contemplar tal cual, como ese espejo roto, como un fractal, como una esfera regida por oposiciones entre lo apolíneo, y lo imaginativo demostrando que solo por la lucha de contrarios se puede acceder a una afirmación de lo que puede ser, lo que, tal vez, puede ser.

Huesos de san Lorenzo vista desde esta orilla se configura como una novela encriptada que, desde la primera página, aguarda un proceso de desciframiento.

  • Ilustración: Portada del libro ‘Huesos de San Lorenzo’. Editorial Tusquets.
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