Sé que yo soy quien soy, pero también quien mis aspiraciones o miedos inventan que soy, y también quien los otros suponen que soy.
Tita Valencia

Tras unas miradas sospechosas, las obligadas sonrisitas mustias, la intencional pose estilizada y algunos movimientos pantomímicos, comienza el rito verbal de apareamiento humano. Hola. ¿Cómo te llamas? Qué bonito nombre. Tres sentencias que inundan mis oídos aun si la música ambiental es lo suficientemente fuerte para enmascarar las voces de los presentes. Por fortuna tengo mis respuestas preparadas. Hola. Olympia, ¿y tú? Ay, muchas gracias.

Ser poseedora de un nombre que no pertenece a los de la media mexicana es tarea difícil. Comienza en la infancia con astutas bromas y juegos de palabras. Olimpiada. Osucia. Olimpiasotrapeas. Continúa con la sorpresa de aquellos que hasta el momento de nuestro encuentro desconocían semejante palabra. ¿Oliva? ¿Olivia? Olimpa. Se reproduce al infinito cuando el orgullo corrige la despreocupada ortografía de una profesora, una secretaria o una cajera. Olympiaconigriega. Y remata con la indiferencia y la alteración acústica de los baristas en los cafés. Columpia.

De pequeña, mi mamá decía que mi nombre significaba cielo o fiesta, ambos aludiendo tanto a los antiguos juegos como a la residencia de los dioses helénicos

Tiempo después, la curiosidad, junto a un ligero impulso puberto de contrariedad y cuestionamiento a los adultos, me dirigió a la abandonada sección de consulta en la biblioteca de mi colegio para corroborar lo que hasta entonces se me había dicho. Supe de la existencia de otros tipos de diccionarios y, peor aún, de otras tocayas a lo largo de la Historia: no era la única.

Sin tomar en cuenta el significado u origen etimológico, ¿por qué mi madre eligió llamarme así? Así como una ciudad estadounidense y otra griega, como una línea de máquinas para escribir, un teatro parisino, un concurso de personas con músculos a punto de explotar o una marca italiana de bicicletas de montaña. Como una prostituta.

Una mujer desnuda en una cama. Venus ahora es sexoservidora. Y yo soy su tocaya. A Olympia la desnudaron. Después de laborar, le regalaron flores. A Olympia la desnudaron y Manet la expuso ante el mundo: la desnudez como exhibición, como transparencia. El nombre como desnudez. Por eso hay quienes se rebautizan: se visten de apelativos ajenos, inventados, para no enseñar de más ante el mundo, para esconder las vergüenzas, para conservar la privacidad. Olympia se llamaba Victorine Meurent.

Toda presentación comienza con el nombre. Al aprender una segunda lengua, lo más importante es la fórmula para poder darnos a conocer ante el mundo. Hay quienes dicen que el nombre no hace a la cosa. No sé si aplica por completo a los seres humanos. Por algo existen quienes tratan de adivinar tu nombre al conocerte, como si por la forma en la que te vistes, hablas, gesticulas y pareces pudieran leer nuestra etiqueta. Tienes cara de Carlos/Andrea/Mauricio/Marisa. Por algo hay libros con nombres y sus significados, para encauzar el destino de la cría en contra de su voluntad.

¿Por qué no esperar, como algunas madres y padres deciden cuando de religión se trata, a que el retoño crezca para nombrarlo según su personalidad? La palabra condena y la palabra limita. La palabra también crea. Sobre todo, la palabra identifica. Nombrar sin conocer al individuo en cuestión es encasillar su existencia; es ignorar su esencia. Hay progenitores cuyo esmero en elegir un nombre es tanto que acuden a la imaginación descabellada. Los resultados suelen ser atroces, pero es innegable la originalidad y autenticidad que los portadores llevan consigo toda su vida. De esperar unos cuantos años, innumerables burlas, confusiones burocráticas y sonrojos bochornosos podrían evitarse.

Dentro de la lingüística, existen diversas escuelas de pensamiento respecto a los nombres propios. Algunos afirman que estos describen. Otros, como Saul Kripke, señalan que un sustantivo propio se ancla a un individuo o a un objeto gracias a una cadena causal de comunicación

Este mecanismo de transmisión comienza cuando el nombre es utilizado por primera vez para designar algo o a alguien. A partir de entonces, éste es transmitido de un hablante a otro, por lo que cada eslabón de la cadena tendrá el mismo referente al utilizar el nombre en cuestión. Imaginar cuántas personas forman parte de nuestra cadena es como querer contar las estrellas aprovechando una rara noche sin smog.

Para cada eslabón, ¿somos designadores rígidos —universales— o flexibles? ¿Cuántas Olympiasconigriega han sido alumnas de mis profesores? ¿A cuántas homónimas han besado mis parejas? ¿Cuántos conocidos piensan en Victorine Meurent cuando se pronuncian esas tres sílabas? ¿Cuántos piensan en mí?

Nombrar nuestro entorno es una necesidad metafísica y epistemológica. Se sabe que el mundo se creó a través de la palabra. ¿Sirve, entonces, el nombre para ubicarnos en el mundo? Nombrar a los seres humanos debería ser un acto a posteriori; el empirismo para designar; conocer para nombrar.

De acuerdo a Kripke, las descripciones no son definitivas para identificar individuos, por ello rechaza que los sustantivos propios funcionen como predicados de su poseedor.

Así, los nombres designan: señalan. ¿Por qué algunos referentes son perpetuos y otros caducan con la muerte y el olvido? El nombre es una brújula ontológica si permitimos que sus fantasmas conduzcan nuestro sino

A lo mejor algo inexplicable se activa en los progenitores que dan con el nombre correcto desde que el bebé es del tamaño de un haba. A lo mejor mi madre y mi padre me condenaron a la desnudez, a que mi nombre se recuerde, a que la gente no me olvide. A lo mejor la sentencia es un falso sentimiento de autenticidad, de ser única en un mundo de más de seis mil millones de personas. A lo mejor por eso me aferro a la y esquiva en la recepción fonética y la cuido y la protejo como Olympia a su pubis, que no ha de ser visto hasta que paguen. A lo mejor por eso me gustan los gatos negros y mi flor preferida es la orquídea. A lo mejor no existe condena. A lo mejor hay que resignificar y apropiarse de la palabra: llenar el vacío de las letras y convertirlo en un nuevo referente universal. A lo mejor no me queda de otra más que responder Laura o Ana a los baristas y a los pretendientes nictémeros.

  • Ilustración: Édouard Manet

Predial 2021