Pocas obsesiones pueden desatar empecinamientos semejantes a aquel que trata de descubrir el principio de todas las cosas.

Ya sea al ver lo minúsculo o lo más pequeño, o lo más grande y lo abismal, nunca estamos tranquilos si no hallamos un punto de partida: lo sé cuando pienso en mi vida o en la edad del universo, pero también cuando recojo objetos que puedo contener entre mis manos. No me refiero necesariamente a contar con una certeza temporal de cuando ha iniciado algo (no sé siquiera si esa noción sea aplicable al cosmos, que tal vez no tenga un principio y siempre haya estado ahí), sino también a la idea de encontrar dónde empiezan físicamente.

Si esta realidad fuera plana, bidimensional, ninguna de estas obstinaciones tendría sentido y el génesis tendría la forma de un punto que después se desarrolla con la elegancia de una línea. Sería igualmente sencillo ver el inicio en una realidad numérica: el cero o el uno (depende la manía de la cultura) constituirían una cifra indiscutible de partida. Pero gracias a que esta existencia no es lineal ni aritmética es que podemos preguntarnos absurdos como el dónde comienza nuestro cuerpo.

Qué engañoso resulta pensar en las plantas de los pies o en lo alto de la cabeza como las orillas del cuerpo, en realidad nuestro contorno se extiende por todos lados en la piel y evita que nos desparramemos

Los límites externos no nos permiten identificar el principio de quien somos; acaso esa distinción pertenece al cuerpo de adentro, y en específico al corazón, de donde parece emanar el soplo que nos insufla la vida. ¿Pero cuál es el punto de partida de la exterioridad? La punta del índice saca ventaja en esta disputa cuando sirve para señalarnos a nosotros mismos, pero los ojos y su función-transparencia de “ventanas del alma” revelan el ser de manera no literal.

El ombligo y su condición de rebaba de cuerpo escindido tiene también argumentos muy fuertes para ostentarse como el origen corporal de la individualidad. ¿Y por qué no los pies o la espalda?, partes que nos sostienen vertical u horizontalmente en la existencia. La verdad es que en este absurdo cualquiera podría ser el sitio de comienzo y que cada persona defienda su postura, pero a mí me gusta ver el inicio en los codos.

Los nodos son puntos de origen de ramificaciones y los codos pueden ser vistos de esta manera, como la raíz desde donde se extiende nuestra desnudez. Su aspereza y rugosidad únicas revelan su mayoría de edad en el resto de la piel; ¿acaso se crearon primero que el resto de nosotros?

Cuando el rostro es delicado y los brazos se doran con el sol, los codos ni se inmutan. Su sabiduría es silenciosa: saben estar en segundo plano y no quejarse de ninguna dermatitis (¿alguien ha visto un barro emerger en los codos?); cuentan con una misteriosa prudencia. A los que no sabemos pelear nos dotan de un arma más fuerte que un puño y a los perezosos nos sirven de base cuando la mano y brazo detienen una cabeza bostezante.

Los codos son útiles a diferencia de los talones, que sólo sirven para constituir un punto débil a través del cual es muy sencillo morir, y su fealdad de punta de bolillo no nos es indiferente, ni suscita el desdén que hacemos ante la desconocida nuca.

Sean o no el principio del cuerpo, los codos constituyen una de las partes que mejor definen la esencia humana. Se equivocó la cultura que pensó que en las huellas dactilares se cifraba nuestra individualidad

Me gusta pensar que el punto-ecuador que separa al brazo del antebrazo codifica (nunca mejor dicha esta palabra, por código y por su semejanza escrita con codo) de mejor modo aquello que somos. Al leer la aspereza de un codo sabemos el carácter rudo o delicado de alguien y al ver cómo se posan en la mesa, sobre todo al momento de comer, tenemos un adelanto que nos permite conocer sus modales.

La reacción que nos despiertan los codos es también reveladora de signos de clase muy obvios: “tiene sus coditos sucios” es una expresión que esconde el desprecio en lo que parece ser una mera notificación visual y “se codea con” invariablemente significa “esta persona es influyente”. Los codos no sólo articulan elementos corporales, sino que son también un nodo para entender el complejo mundo cultural.

Por todo lo anterior tengo a los codos en un altar y mi convicción no es producto de una simpatía por el olvido en el que suelen caer estos nodos corporales, abandonados también por toda la publicidad dermoestética. Sin embargo, de todas mis razones para elogiar a los codos ninguna le gana a la posibilidad que brinda al cuerpo para llevar comida a la boca y para empinar la botella y hacer que emerja de ella hasta la última gota del trago. Jaque mate: nunca una pieza de enlace hizo tanto por la humanidad.

Los codos no sólo son entonces un principio o un fin sino el medio perfecto para poder vivir, ¿acaso no es poético que en nuestra arquitectura corporal esté negada la posibilidad de morder al propio codo que nos da de comer?

  • Ilustración: Pablo Picasso (fragmento)
Predial 2021