Narramos desde la violencia porque el horror es parte de nuestra conciencia crítica.

El que habla un idioma que ningún otro entiende,
en realidad no habla. Hablar es hablar a alguien.
Hans-Georg Gadamer (Hombre y lenguaje)

 

Construimos lecturas a partir de ella como respuesta a un contexto que exige ser dicho. Se busca desesperadamente dar sentido a través del lenguaje. Por consecuencia, se nombra, se dice y se escribe para intentar comprender un fenómeno que nos agobia. Narramos desde el ojo de un huracán porque la violencia es, muchas veces, centro en la dinámica del ser humano. No se combate la violencia, se es arrastrado a ella.

Durante 2017 se estima que fueron asesinadas 70 personas cada día en México. En promedio, un mexicano desaparece cada dos horas y el hallazgo de nuevas fosas comunes es noticia constante: “decapitados, descuartizados (…), embolsados que aparecen en los recodos de los caminos”.

Fernanda Melchor escribe Temporada de huracanes (2017) luego de leer una nota roja sobre la muerte de un brujo a manos de su amante

Asimismo, Melchor reconoce que las notas policiacas y fotografías de dos periodistas asesinados en 2011 y 2012 inspiraron algunas de las historias que pueblan este relato, y que La Matosa tiene mucho de su natal Veracruz. Es así que, ya desde el proceso de gestación de la novela, se advierte un contexto violento en el cual el lector se ve inmerso y, además, reconocerá como inmediato. Es una suerte de código común.

El asesinato de la Bruja Chica constituye el eje central de la novela. El ojo del huracán se muestra engañoso, por lo que es una zona en aparente calma, pero al mismo tiempo es el vórtice del ciclón. Estar muerto es una acción concluida. La muerte, puede decirse, es un estado de quietud. Así pues, alrededor del cadáver de la Bruja se crea una espiral que parece no tener fin porque acaba en el punto que empieza y se repite infinitamente. Huracán, palabra que esconde más de lo que está a la vista.

El término huracán proviene de una voz taína, lengua de la que se desprende el mayor número de americanismos en el idioma español. En su Diccionario de los símbolos, Jean Chevalier apunta que el huracán “se concibe como una conjuración de los tres elementos (aire, fuego y agua) contra la tierra”. De tal modo, una espiral violenta que al girar lo engulle todo, cuya imagen y belleza destructoras se desenvuelven en los cielos y participan de esos elementos, necesitan un enlace con la tierra porque es precisamente allí donde impacta su fuerza.

Los personajes de la novela de Melchor no se esfuerzan jamás por salir de la espiral. Constituyen aquella tierra que el huracán toca como una pirámide invertida

El huracán representa la violenta realidad latinoamericana, “un desenfreno casi orgiástico de las energías cósmicas”,  en una serie de imágenes que se precipitan unas sobre otras, que se atropellan y se propagan, lo mismo que las ondas que se crean en torno a una roca que fue arrojada al río.

Una vez que llegaron al canal bajaron a la Bruja, la arrastraron del pelo y de la ropa y la echaron al río como aquél que gusta de arrojar una piedra al agua para ver los ecos que dibuja. Paréntesis que encierran otros paréntesis mientras la roca se hunde: “el rostro podrido de un muerto entre los juncos y las bolsas de plástico que el viento empujaba desde la carretera, la máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras y sonreía”. Paréntesis y sonrisas irónicas: acotaciones de la violencia. Como aquél que gusta de arrojar una piedra al agua para ver los ecos que ésta dibuja, el lector de Temporada de huracanes permanece atento al movimiento in crescendo que se origina a partir de este evento y se extiende a muchos de los rincones de La Matosa. El cuerpo de la Bruja no se hunde ni llega al fondo del río, contrario del ejercicio de lectura que permite sumergirse, bajar a los círculos del infierno de Dante a los círculos concéntricos de la violencia. Puede entenderse la estructura de la novela también como una fosa que se va escarbando hasta desenterrar las circunstancias que rodean el crimen.

De manera similar a la filigrana, la violencia crea un tejido que permite ver a través de él. Engarza el relato en diferentes niveles y conecta puntos diversos siendo el centro la muerte de la Bruja. La naturaleza de la palabra es dialógica, es decir, necesita ser escuchada por alguien, luego la novela de Melchor hablará a quien se deje decir algo por ella pues “el que habla un idioma que ningún otro entiende, en realidad no habla. Hablar es hablar a alguien”, se lee en las ideas de Gadamer.

Literatura y lenguaje no suceden solamente en el instante, sino que permanecen aún después de la lectura o de los actos de comunicación porque su discurso es irreductible a las palabras. Son, más bien, la expresión empírica de acontecimientos y sentidos, afirma Paul Ricoeur.

Aquello que ‘Temporada de huracanes’ pone en común con sus lectores contemporáneos es la violencia, idioma que todos hablamos

La novela de la veracruzana Fernanda Melchor se mueve entre distintas modulaciones de la violencia. La configuración del espacio propicio, por ejemplo, en términos vitales, condiciona la dinámica de desarrollo de los personajes. La Matosa es casi un conjunto de esteras, esto es, una maraña de juncos o tallos gruesos que se ramifican y se extienden alrededor de un terreno, sofocándolo, por ello escribe Melchor: “Dicen que la plaza anda caliente (…) que el calor está volviendo loca a la gente, que cómo es posible que a estas alturas (…) no haya llovido una sola gota”. Así como el desierto, lugar árido, infierno en vida, la tierra mexicana, ya infértil, es regada con la sangre y abonada con retazos de la carne de sus habitantes.

Perdóname, mamá, perdóname mamita”, gritaba el hijo que la mató; umbral de la vida y la muerte, la maternidad ―sea su culmen el parto o el aborto―, es asumida en el relato como un ahogarse en la sangre, como un olor rancio y un dejar de reconocer la carne y el sexo propios. El tratamiento estético del horror, de la violencia, descansa en una serie de imágenes descarnadas como la anterior, imágenes que conducen por los círculos concéntricos de la violencia.

Así Yesenia, harta del mal comportamiento de su primo, “lo agarraba (…) de los pelos y le tundía el cuerpo flacucho a puñetazos y varias veces lo aventó contra la pared con ganas de que se muriera”, entonces “gozaba furiosamente cuando sentía que la carne del niño se rajaba bajo sus uñas”. Asimismo, su primo experimentaba una suerte de alivio y se tranquilizaba por fin, pero cuando la abuela le veía los moretones “todos los chingadazos (…) luego los recibía (Yesenia) duplicados en su propia carne”.

Gritos, groserías y otros sonidos plagan el texto. Hay voces que se acumulan, se sobreponen y se arrebatan la palabra. Las oraciones son inconmensurables, así que se prolongan durante páginas y páginas. La sintaxis, en algunas ocasiones, puede parecer agresiva, como golpes en la narrativa que hacen al lector detenerse y volver unas líneas atrás para buscar aquél sentido que pasó por alto. Temporada de huracanes es una novela que se lee a tropezones, que provoca desandar los pasos y regresar constantemente. Su espina dorsal es la retórica del exceso, la hipérbole y los enfrentamientos del lenguaje.

La saturación de las imágenes atroces, el calor infernal y la conmoción visceral de su lenguaje sugiere que todo respecto a la violencia se ha dicho, que es incluso demasiado, ¿no existe entonces algo que resulte indecible para la violencia?

El ojo que lo ve todo, no puede verse a sí mismo, por tanto, lo que se dice suscita también la pregunta por lo que no se dice. ¿Qué es entonces? ¿Será acaso que el lenguaje no alcanza a enunciar lo que no está completo, lo que ha perdido su nombre?: “Los fue contando a todos, uno por uno, incluso a los que no estaban completos, los que eran puro retazo de gente, sin rostro, sin sexo”. De modo que la trascendencia del lenguaje es el silencio expresivo. ¿De qué se ríe la Bruja?

El Abuelo siguió fumando con largas y lentas caladas, la vista clavada en los cuerpos que aquellos dos arrojaron al agujero, calculando la cantidad de arena y de cal que tendría que echarles. Mejor ya vaya de una vez cavando otra fosa, dijo el otro (…) A este todavía le caben unos veinte más (…) ¿Por qué mejor no los entierra parados? (…) el Abuelo sabía que aquello nunca funcionaba. Daban mucha guerra si no estaban acostaditos, bien acomodados el uno sobre otro. Ellos mismos se sentían incómodos y se removían y la gente no podía olvidarlos“.

La Bruja sonríe desde el otro lado del agujero porque sabe que no tenemos remedio. El lenguaje es inherente a nosotros, constituye nuestra esencia y es al mismo tiempo el mundo. Si el lenguaje es nuestro ser y la literatura es el lugar donde se pone a prueba la fuerza del lenguaje, entonces la literatura somos nosotros. Si además nuestro lenguaje y literatura están cifrados en la violencia, somos también la violencia, esa cuyos círculos concéntricos adoptan la forma de un huracán que no se detiene.

Que no entren a la casa de la Bruja (…) Que respeten el silencio muerto de aquella casa (…) nada más que un dolor punzante que se niega a disolverse”, escribe Fernanda Melchor para recordarnos que también somos también el silencio.

Somos los nombres de los desaparecidos, los miembros perdidos de los mutilados, las atrocidades que sí tienen nombre, pero que voluntariamente se callan.

 

  • Ilustración: Juan Sáenz Ferré