No me había percatado de cuánto extrañaba León hasta que, una semana atrás, fui de viaje en medio de la pandemia. Hace un año que el coronavirus se abatió sobre la humanidad y ha matado ya a dos millones de personas. Por eso, abordo del Uber que me llevaba del aeropuerto a la ciudad, veía con interés el denso tráfico en el bulevar. Era fin de semana y sobre la planicie urbana que se extendía ante mí, se cernía la tarde. Me dirigía a un centro comercial de las orillas y, al ingresar al estacionamiento, me sorprendió cuántos autos estaban aparcados y cuánta gente caminaba por el amplio acceso hacia el interior, rodeado de restaurantes con despreocupados comensales en las mesas de las terrazas.
No me esperaba ese panorama. Venía de Toluca, donde brigadas antimotines de policías a pie disuaden la distensión de medidas impuestas en las calles comerciales de la ciudad. De ese modo, con el cierre parcial del comercio, las autoridades intentan contener los contagios desde que el semáforo epidemiológico del Estado de México está en rojo.
Pero Guanajuato atraviesa por la misma condición. Sin embargo, como pude constatar en ese viaje, el comercio en León seguía en plena actividad. Mientras el Uber se acercaba al acceso de la plaza, recordé un anuncio televisivo que había visto en la víspera: cierto partido político presumía que, bajo su gobierno, Guanajuato había recuperado más de la mitad de los empleos perdidos por el confinamiento. No mencionaba el precio en contagios y decesos dejados por la relajación social. Transcurren tiempos previos a una elección, y los partidos intentan vender sus logros y esconder sus fracasos.
Al apearme, el conductor me extendió su tarjeta.
—Cuando venga a la ciudad, avíseme. Le daré tarifa especial.
Parecía confiable. Era un hombre mayor que tal vez se acercaba ya a los setenta años de edad.
Así que por un momento, lo sopesé. No quería ir por allí con mi maleta; y tampoco había alcanzado a llegar al hotel antes de mi cita.
—¿Sabes qué? —respondí— ¿Por qué no me esperas? Me veo con una persona y luego me llevas a mi hotel. ¿Cuánto me cobras por el servicio?
El chofer hizo rápidos cálculos mentales y me dio una cifra que no me pareció excesiva. Le dejé pues mi maleta con la tranquilidad de que, en caso de robo, podía recurrir a las garantías que ofrece la plataforma digital por medio de la cual lo había contratado originalmente.
Muchos conductores de Uber consiguen clientes así. Entonces se salen de la aplicación y brindan el servicio por su cuenta. Se evitan así pagar el porcentaje que les cobra la plataforma, y el pasajero obtiene una tarifa más baja.
En la segunda planta de la plaza, sentada en la terraza de un café, me estaba esperando una funcionaria de la refinería de Salamanca. Era la encargada de la Comunicación Social y por eso la había citado con la esperanza de que me proporcionara datos reveladores sobre el robo de gasolina en el territorio estatal. El delicado tema era la razón por la que había preferido que nos viéramos en León.
A causa de la pandemia era un mal momento para viajar, pero acababa de recibir la notificación de que gané la beca Michael Jacobs de crónica viajera, convocada por la Fundación Gabo y dotada de siete mil quinientos dólares, para financiar mi proyecto: me proponía recorrer la ruta de los ductos de Pemex, con paradas en los puntos con mayor incidencia de robo, recopilando historias sobre las condiciones de vida y los efectos sociales de la sustracción ilegal de combustibles.
Ya me había adentrado en Hidalgo, donde recogí historias estremecedoras de los sobrevivientes de la explosión que cimbró a Tlahuelilpan hace justamente dos años.
Pero Guanajuato es paso obligado para una crónica de viaje guiada por la «ordeña» de ductos. Incluso, una banda criminal había florecido en el seno mismo del estado, al amparo de esta actividad: el Cártel Santa Rosa de Lima que había surgido en 2014, el año en que el gobierno estatal inauguró, con una inversión de dos mil setecientos millones de pesos, su programa de seguridad Escudo, concebido para «blindar» el territorio de las incursiones de cárteles vecinos, como el Jalisco Nueva Creación y la Familia Michoacana, mientras en su interior se gestaba su propio «cártel» local.
La conversación de esa tarde fue cordial pero no me reveló más de lo que podía averiguarse en línea, excepto algunas anécdotas que, contextualizándolas, podría usarlas en mi crónica. Al cabo de una hora se habían agotado mis expectativas y opté por no alargar la entrevista.
En Toluca, las librerías tenían semanas cerradas pero en León, la librería de la plaza estaba abierta. Decidí preguntar por un libro sobre Agustín de Iturbide cuya lectura me he propuesto con la esperanza de escribir un ensayo este año, en el bicentenario de la fecha en que se consumó la independencia de México. Me llevaron el libro al mostrador, lo que me evitó la tentación de internarme entre los estantes.
Mi transporte me aguardaba en el estacionamiento. Subí al auto y di a Vasco, el conductor, la dirección de mi hotel al otro lado de la ciudad. Pasamos frente a la hilera de taxis apostados ante el acceso a la plaza. Teléfono en mano, algunos paseantes ignoraban a los taxistas mientras aguardaban probablemente el vehículo solicitado por medio de una plataforma.
—La gente desprecia los taxis —observé con cierta sorna.
En Toluca, la preferencia por las plataformas no es tan evidente, pero en León, los taxistas tienen un historial de años de abusos.
Vasco asintió con ojos risueños.
—Disculpa —justifiqué mi indignación— pero viví muchos años en esta ciudad y por entonces los taxis de León tenían las tarifas más caras de México. Si uno les regateaba, te dejaban parado a media calle, como si uno los ofendiera pidiéndoles un descuento. “Búscale”, decían y arrancaban sin el más mínimo interés de granjearse al cliente.
—No se disculpe —contestó—. Yo era uno de ellos. Y ciertamente, nos sentíamos dueños del servicio y nos valíamos de eso. En tiempos de Feria éramos peores y nos aprovechábamos de los turistas. Cuando nos solicitaban viajes de noche o de madrugada, dábamos vueltas de más para transportarlos entre la Feria y un hotel del Centro, por ejemplo, para cobrarles hasta trescientos pesos, cuando la tarifa normal no llegaba a los cien.
—Y aun eso era demasiado — advertí.
—Pero Dios nos castigó —dijo él—. Con la llegada del Uber, nos resistimos a ofrecer tarifas competitivas. Muchos taxistas quebraron. Otros nos cambiamos a las plataformas y aprendimos a ganar menos por el mismo servicio por el que antes éramos implacables a la hora de cobrar.
—Qué bueno que recapacitaron.
—Yo lo aprendí de la peor manera —insinuó.
—Cómo.
Mientras conducía entre el tráfico lento del bulevar, me contó su historia. Pronto deduje que la había contado ya a muchos clientes. Era una anécdota bastante simple. Ni siquiera estaba descrita con «lujo de detalles». Y sin embargo, palpitaba en ella un grado de interés fuera de lo común.
A continuación la contaré del modo resumido en que él me la contó.
Vasco había pasado la noche llevando y trayendo clientes de los antros a los rincones más extremos de la ciudad. Eran los años anteriores a las plataformas digitales, al uso masivo del GPS y a los smartphones. Entonces no cualquiera podía transportar pasajeros por el laberinto urbano, con sus callejones sin salida y sus peligrosos vericuetos. Todo se reducía a la capacidad de ubicación y a la orientación de los taxistas. Tal vez por eso su pericia estaba más cotizada que hoy. Vasco se había propuesto aprovechar las primeras horas del día, cuando la gente va con prisa a sus destinos, y después se iría a descansar. Con ojos vidriosos vio a un hombre bien vestido saliendo de un hotel a la mañana gris. Éstos eran los mejores clientes. Orillándose bajó la velocidad y, cuando se cruzaron sus miradas, le hizo una seña. El hombre en la banqueta la captó y con un ademán le ordenó que parara. Le dio indicaciones de que lo llevara a un restaurante y le pidió que esperara por él. Al salir, le preguntó sus honorarios por día. Vasco no había dormido en toda la noche, estaba cansado y tenía hambre. Pero un servicio así siempre valía la pena. Le dio un precio elevado. Si decía que no, se iría a dormir, pero si aceptaba, estaría a nada de comprar su propia concesión y conducir su propio taxi. Las concesiones de taxis eran intransferibles por ley, pero en el mercado negro se cotizaban en setecientos cincuenta mil pesos. Su cliente se subió al taxi sin chistar, le dio un domicilio de la periferia y le pidió que lo llevara ahí. En el camino hizo unas llamadas desde su celular hasta que, de súbito, se interrumpió en medio de una conversación. Intentó marcar para reanudarla pero fue en vano. Entonces todavía no proliferaban los puntos de venta de teléfonos celulares.
—¿Me puedes prestar el tuyo para que no se me vaya el cliente?— preguntó el pasajero.
Con cierto recelo, Vasco accedió. El otro marcó de memoria y reanudó su conversación. Colgó casi de inmediato y extendió su teléfono al taxista, pero enseguida volvió a pedírselo prestado.
—Mira— le propuso—, hagamos algo. Vengo a León por razones de negocios, pero sólo me quedaré hoy. Voy a más de un lugar y necesito a alguien que conozca la ciudad. También necesito hacer llamadas constantes a lo largo del día. ¿Por qué no me prestas tu teléfono?
Hizo cuentas mentales y le dijo:
—Por el servicio completo te voy a pagar… —dijo una cifra—, más gasolina y teléfono —le aumentó casi al doble.
Ya redondeada, era una cantidad bastante más alta que la tarifa que le había dado por un día. Por eso aceptó. Llegaron al punto al que iban y el hombre se entrevistó con otros que vestían de traje, a las afueras de un edificio de oficinas, casi a pie de carretera. Le pareció que apuntaba en su dirección, pero enseguida se dio cuenta de que le estaba haciendo una señal de que volvería en un rato y entró con los otros al edificio.
Vasco aprovechó para llamar a su mujer pero nadie le contestó. Entonces le dejó un mensaje desde su Nokia, avisando que no lo esperara hasta tarde porque le había salido un servicio, y añadió el signo de pesos. Después avisó por radio a la operadora del grupo que salía de frecuencia para que no le pasaran más servicios solicitados vía telefónica.
Pronto vio salir a su cliente solo, fue hacia a él y le dio nuevas indicaciones.
En las siguientes horas vio a otras personas y, mientras se desplazaban de un punto a otro, daba órdenes o solicitaba información hablando desde el teléfono del taxista. A veces, sin embargo, prefería detenerse para contestar o llamar con un poco más de privacidad. Entonces se apeaba del taxi y, tomando distancia, en un parque o una avenida, parecía concentrarse en el asunto que estuviera tratando. Lo veía marcar, llevarse el teléfono a la oreja y hacer ademanes mientras hablaba. Daba la impresión de ser un hombre enérgico. A la hora de la comida se encontró afuera de un restaurante con unos sujetos que tenían pinta de trabajar bajo su mando. Pareció darles órdenes y, terminadas las instrucciones, le hizo ademanes de que se acercara. Fue hasta donde estaban y el pasajero le dijo:
—Mira, ellos son —dijo sus nombres y los otros lo saludaron con un movimiento de cabeza.
La expresión de uno de ellos parecía burlona.
—Vamos a comer —continuó el hombre a cargo—. Por qué no cierras el taxi y entras con nosotros.
Desde luego que, para esas alturas, ya se moría de hambre. Aceptó la invitación y departió con aquellos sujetos. Todos estuvieron divertidos. Él se permitió una cerveza y comió opíparamente un buen corte.
Estuvieron ahí estacionados unas dos horas. Finalmente los hombres se fueron mientras ellos dos se quedaron un poco más hasta que el cliente de Vasco se terminó su tequila. Fueron a dos o tres lugares más. El hombre hizo dos o tres llamadas más en privado y, por último, le pidió que lo llevara al aeropuerto. Las sombras se cernían ya sobre la ciudad. Al apearse, el hombre le pagó lo que le había prometido y añadió una generosa propina. Le devolvió su teléfono.
—Has sido de gran ayuda, amigo.
Como ahora a mí, Vasco le extendió su tarjeta.
—Cuando venga de nuevo pregunte por mí en la base o llámeme directamente. Le haré un descuento.
Sé despidieron de mano.
Adormilado, Vasco condujo de vuelta a casa. Se sentía agotado pero también satisfecho, seguro de haber rebasado, con la paga de hoy, los setecientos mil para pagar la concesión de su propio taxi.
—¡Ya me faltan menos de cincuenta mil!—musitó apretando el puño con alborozo—. Un estironcito más…
A punto de abrir la cochera de su casa, su esposa salió a su encuentro y lo abrazó temblando.
—¡Gracias a Dios que estás bien!
La efusiva bienvenida conmovió a Vasco, a despecho de su cansancio. Entonces sintió los estertores de unos histéricos sollozos.
—¡Le pedí tanto a ese hombre que no te mataran!
Él sintió un vuelco.
—¿Qué?
—¡Al hombre que nos estuvo llamando desde tu celular! ¡Nos pidió un millón de rescate pero gracias a Dios aceptó lo que teníamos para comprar la concesión!