¿Crees que una prostituta es “mala” porque es prostituta? Y sin embargo cómo podrías mostrar lo “bueno” si no es hablando de ella dentro de las condiciones de su prostitución.

William Carlos Williams

El chorro de orina cae lanzando múltiples reflejos. Va dando vueltas el agua y en su rehilete la luz puntea toda la superficie, brilla y reflecta el lugar, las intermitencias y hasta los sonidos. Yo, mareado, veo el bambolear de mi cuerpo y mis deseos en el mingitorio. En este espacio tan común siempre estoy solo conmigo, libre para pensar en quien quiera; es más, brincando de un recuerdo a otro, de una imagen a un fragmento. Hay mucho hielo y limones, así que todo es más bien un refrescar, un respiro con el aliento medio contenido. Y tanta luz, espejo, lavabo, ojos furtivos.

Las bocinas anuncian otra chica. Acabo de platicar con Fernanda; la encontré sentada sobre una JBL de miedo y me sonrió; así que me apuro para alcanzar el instante. Sale de rojo con un pantalón entallado y la espalda descubierta: los feligreses de la carne mugimos corderos ante la leona.

La substancia del sonido se va apoderando de su cuerpo, y éste de las miradas; ya desnuda imagino lo demás. Un rato pasa y entonces enfrento su sonrisa, es tan tierna como una melodía, no hay escapatoria. Veo en sus ojos mi deseo y su curiosidad. No hay como conocer gente nueva.

Nos tomamos unos tragos y para regalarle algo más que dinero le escribo un acróstico, así rápido y en una servilleta, ella me observa con tolerancia de musa; le digo:

Fiebre tu sonrisa tiene

Embruja por su gran gesto

Retiene la tanga recta

Nadamás por darse a desear

A todo aquel que la mira

Nunca se ha de imaginar

Dos sonrisas en el pecho, y

Alguna más grande ya.

Agradece, pero como no le invito el siguiente trago se va a otra mesa, como debe ser, en este universo moderno la chamba llama y si no, pues hay que buscarla; ya en el último de los casos hay que aparentar como que se busca, como que se gobierna un país y como que se es humano.

He tenido razón en lo de las sonrisas en el pecho porque uno es más grande que el otro, y así la empiezo a apreciar, a distinguir; a querer. En realidad a querer mucho porque sólo me pide dinero y a ratos ni eso; la busco más tarde y me regala una sonrisa abierta, un gustazo de disfrutarnos estando vivos y mientras tengamos el deseo; pero los deseos cambian tanto como las declaraciones políticas y se va imponiendo otra chica en la pista, y otra música. Los tragos ayudan y la noche se afina de zapatillas, altas, descubiertas, y de dos a tres tiras lo más.

Mis compañeros y yo exploramos el fuego y lo vamos avivando intermitentemente, un teibol sí y otro también. Ha llegado una mujer de caramelo. La vemos pasar por la pista, dando vuelta a la cadera y azucarando todos sus labios; es una artista del happening; de pelo negro y cuerpo enjuto entrecierra los párpados, concentrada. Nos observa luego desde su púlpito y nos sermonea su sexo, es lindísima y de trato gentil, difícil sería imaginarla con ropa porque así es perfecta. La invitamos a la mesa y baila para todos, después la vamos conociendo uno a uno, y otra vez todo brilla y los ojos centellan.

Paso con ella y ya a solas frente a los otros me enseña fundamentos; se ha enamorado de uno de nosotros pero nos ama a todos. Beso sus piernas y voy subiendo hasta la espalda, y entonces le digo ¿qué te gusta? Me besa suavemente y sonríe, yo ya no sé lo que hago. Salgo y la vida sigue, todo se está moviendo, todos interconectados, con sonrisas y noches asumidas. Mis amigos se han mantenido más ecuánimes, yo suelo desatarme con el alcohol, he querido borrar las huellas pero sólo me potencié. Desfilan ahora, todas me asombran y yo sólo soy un dedo que las explora. Tendré que volver, es más, regresaremos todos.

II

Me has dejado bien cachonda, dijo mientras me besaba la mejilla. Llevaba la ropa en las manos y se alejó taconeando sus quince centímetros de plástico.

Veme bailar y luego platicamos, había dicho pocos minutos antes, pero no la quise soltar porque también la perdería. Sentí su espalda confiándose en mis manos y las fui bajando hasta que me apretó muy fuerte. Cómo te mantienes en forma, tienes una cintura de modelo; le dije y me contestó unos labios sonrientes al pabellón del oído y un flashazo de ojos expectantes. Bajé la mano por su muslo hasta el tobillo y le fui rozando el nacimiento de los dedos del pie. Mis tetas son muy pequeñas, me dan pena y más si me ves chambeando aquí; qué te pasa, tu trabajo es mejor que los que roban cuando deben de proteger o gobernar, contigo tengo placeres múltiples, desde la plática hasta la piel, tu sí te desnudas y sé qué esperar; ¿por que otros no lo ven así? Y sus ojos se quisieron posar en el movimiento.

La abracé como me consolaría a mi mismo, y le besé el alma que se iba moviendo por su piel hasta su centro. ¿Qué te gusta, qué te beso, qué opinas? Tan fácil preguntar y hasta atender, por qué allá afuera era tan difícil, todo el día peleando, insatisfecho, carrereado. Cómo es que en la noche no era más, pero me sentía mejor. Me encanta que me preguntes, que me digas y tu voz vaya besando todos mis labios y toda yo.

Parecía disfrutarse en compañía y a solas, parecía formar equipo. Parecíamos una pareja.

III

Me nacieron dos niñas; luego tuve al niño y me operé los pechos, gasté 50 mil pesos. Sí claro, me los cuidan y pago para que los tengan bien, chambeo y sale. Me gustaría hasta tener otro; así sin padre, para qué va a querer una que te anden ordenando y te den dirección. Se bien a dónde voy y con todos mis hijos. A veces me caso y pues está bien un tiempo; luego siempre le salen al macho las ganas de que una haga todo en la casa y hasta aporte los centavos, no falta que quieran que sea casi virgen y además coja bien rico –pues sin experiencia, cómo- que hasta planche y lave –como si no hubiera que ponerse vestidura y maquillaje y a buscar la papa taloneando-. A veces llevo clientes seleccionados, de esos que una ya conoce, que se pueden echar una partidita de damas y hasta perder. Jugamos a quitarnos la ropa, una prenda cada vez que alguien pierde, y generalmente los encuerados son ellos. Me voy fijando en el color de la ficha, en el detalle especial y pues les gano, se van encuerando que da gusto. A veces pierden hasta la dignidad y entonces les monto a caballo o más bien a burro y les voy dando nalgadas para que sientan. Así hasta se excitan y abren la billetera, se avientan tantos teibols como dedos tiene la mano, unas veces me encienden, otras es pura chamba. Estoy por comisiones y yo decido qué me gusta y quién me toca; y aquel cabrón que me guste hasta doble, mis nalgas son mías y se las doy a quien quiera.

            IV

Tomo porque  me gusta, me va llenado por dentro de silencio, de placidéz. No me gusta tomar, lo que me gusta es el efectito, los violines bien conjuntados. Luego mis amigos más íntimos me cuestionan; por qué, les gusta tomar hasta que ordene, hasta no sangrar nada,  lo sé, y los siento. Veo de reojo mi mano, de cerca un pequeño pedazo de mi piel y las nervaduras forman una estructura ajena, si no supiera que es mi mano, no reconocería la piel. Es una mínima estructura de tejido vivo, pero casi ajeno, qué tiene que ver conmigo, con lo vivido, es un crucigrama sin resolver y peor; un crucigrama que se sabe incompleto; aventado en un cosmos destinado a la desaparición, al frío absoluto. Miro mi mano o el fragmento que levanta la copa y me sé polvo, nadería entre la inmensidad. Esta nada soy. Y me soy crucial.

V

Te lo voy a decir directo, una puta no disfruta, no lo esperes.  Y la volteo para que me hable con las notas finales. Estamos en un cuarto equis, las colchas tendrán dos semanas de uso y los espejos reflejan desnudeces pálidas. Llegamos a un acuerdo y el plano cartesiano lo estructura dinero y tiempo. Todo vuelve a brillar, la mancha en el espejo, la mota en la sábana, la verruguita en el nacimiento del coxis; y como  no estoy vivo por lo que espero, la amo y amo esta desesperanza. Al terminar la volteo y busco su mirada, y no hay asilo posible. Vamos de una cosa a la otra, y de una experiencia a la siguiente. Y persisto, se ha terminado el tiempo pero no de tu boca, si de tu boca …

VI

Ya en la carretera de vuelta sigo atendiendo los indicios. La nervadura.

  • Ilustración: Alfredo Langarica