Entiendo que haya personas que detestan los talleres.

Para qué abrir uno nuevo si son peleas de egos. Para qué asistir a esos espacios donde la literatura se ve con ojos de plomero. Su texto está tapado, muévale allí, le falta una pieza, ¡no!, ¡le sobra! Para qué. ¿Cuántos no asisten no porque quieran leer, sino porque quieren ser leídos?

El taller: remedio para la soledad de los ociosos. Esos que hoy hacen papiroflexia; ayer, poesía; mañana, macramé. Talleres para desaburrirse, talleres sin concreción, talleres para hablar de la escritura con un lenguaje místico que le han robado a la experiencia religiosa, clerical. Talleres para perder el tiempo.

Entiendo esos motivos: yo también he sufrido los mismos maleficios. Pero me resulta imposible compartirlos. Quizá para alguien como yo, el taller literario es un remanso porque mi biografía me obliga a hacer una extraña comparación. El primer taller en el que estuve carecía de metáforas y lecturas placenteras. Su vocación era la rotundidad de la madera, el chirriar de las máquinas, el óxido en serruchos y martillos. Pino, roble, oyamel; nuestro diccionario mental. A los doce años llegué a la carpintería no por decisión, sino por los azares de la educación pública en una secundaria técnica. Taller: ocho horas a la semana, rodeada de adolescentes bajo el calor de un cielo hecho de lámina. ¡Taller, ten cuidado, no te cortes los dedos!

Dos cosas le agradezco a ese oficio inesperado: un librero lleno de remaches que ha soportado varias mudanzas y el servirme hasta ahora como punto de comparación

Por defecto de fábrica, no puedo pensar en el taller como un evento sagrado. Sigo asociándolo al sudor, el trabajo, el ruido colectivo, la ayuda entre pares. Quizá porque cuando la lija de agua se rompía agarrábamos la de otro compañero o porque jamás nadie pensó en fabricar la mejor repisa de la historia, traduzco esas vivencias al taller literario. Lo concibo como eso: un espacio de ejercicio, una práctica para aprender de uno mismo y de los otros, simplemente un hacer.

Su constancia nos es útil a los dispersos, los que prometimos por fin ponernos en forma y sólo salimos a correr durante una semana, los que hemos empezado a aprender a tocar un instrumento unas cinco veces o más. Debo confesar que me gustaría ser capaz de confiar en los poderes de la inspiración y olvidar de una vez por todas el seductor canto de las musas del deadline. Pero a este punto he llegado aprender que mi única disciplina consiste en encontrar las mejores maneras de disciplinarme.

Supongo que un espacio de socialización como el taller iba a gustarme a mí: habitante de la periferia, páramo donde la literatura no estaba más que en casa o a dos horas de camino y otras dos de regreso. A los talleres les perdono sus deslices porque en ellos encontré lo que había buscado por mucho tiempo: un lugar para hablar de lo que las palabras pueden llegar a hacer. Le dije adiós a las descripciones llenas de polvo, comencé a ver posibilidades que la universidad no podía (ni tenía que) darme nunca.

Yo sé que están muy lejos de la perfección. Siempre existirá el riesgo de caer en rencillas, momentos soporíferos, o de escuchar un comentario ininteligible. La suerte ha tocado a mi puerta: mis malas experiencias son pocas y lejanas. Por eso, no deja de fascinarme la oportunidad de escuchar las lecturas de los otros. Saber qué buscan, cómo son sus expectativas de un texto. Ver a la literatura a través de sus lectores, no sólo a través de sus estatuas.

El taller no puede ser una clase donde alguien, quien sea, adoctrine a otros sobre el oficio de escribir. Aun la madera se resiste, las reglas le quedan cortas

Me gusta recordar algo que para algunos es un tabú: que la literatura también puede regresar a su estado más sólido, dispuesta a serrucharse, a hacer de las palabras objetos dispuestos al tacto. En la soledad, frente a la neblina incandescente del monitor, puede sentirse bellamente gaseosa. Pero es esa fluctuación de su materia lo que me resulta tan emocionante. Poder salir de uno mismo, durante un rato, para regresar después. Pero regresar siendo mínimamente otro. Esa, precisamente, es mi última razón para perdonar a los talleres: son oportunidades para descolocarnos. Me hacen recordar que la escritura sirve no sólo para decir lo que ya sabemos, sino para descubrir algo nuevo, por ínfimo que sea. 

Para que los textos encuentren otros lectores, publicamos esta modesta selección de ensayos que nacieron como ejercicios y en cuyos autores encontraron algo más que una tarea, más bien, el germen de una aproximación personal. Intentando hacer libreros, las piezas se acomodaron mejor como mesas, bancos, sillas.

El taller no es un punto de llegada, sino de inicio. Fue difícil realizar la selección, pero espero que este primer empuje pueda darle a alguno de ellos el entusiasmo para atreverse a continuar experimentando los pantanosos y alucinantes caminos del pensar sobre la hoja en blanco.

Predial 2021