Aunque sé que no le gusta, le acaricio la cabeza completa. Lo hago para que me muerda y me rasguñe. Para que me perfore y abra la piel.

Sé que he ido muy lejos cuando bufa, entonces me detengo. Nunca antes. Encuentro cierto placer en sentir sus dientes como agujas perforando mi antebrazo y sus dagas por dedos rebanarme la palma después de disfrutar unas caricias sobre su suave pelaje.

En general no me gusta el dolor. Mucho menos el de los órganos, esos que están debajo de la piel. Para mí, el peor de todos: el de las infecciones urinarias. Un martirio que no le deseo a nadie. El dolor de estómago no se le compara ni de cerca. La diferencia entre las enfermedades estomacales y las renales es que las primeras son intensas, pero vienen en oleadas y puedes descansar, aunque sea brevemente. Te da respiros y a veces encuentras una posición cómoda donde la inflamación no es tan difícil de sobrellevar, aunque no sin perder la dignidad. Pero cuando las bacterias suben por la uretra y se instalan en tus riñones, no hay un momento de descanso, ninguna postura que alivie. Dormirás dieciocho horas al día y despertarás como si hubieras completado el Tour de France.

La incomodidad empieza con una pequeña comezón en la punta de la uretra, pero poco a poco la sensibilidad crece, y sientes cómo diminutas hormigas escalan el húmedo tubo de músculo liso, raspándolo con cada pisada. De nada sirve rascarse, pues sólo se consigue aumentar la inflamación. Además, ya está demasiado adentro de ti como para clavar las uñas decentemente y aliviar el dolor.

Visitas a un primer médico. En vez de revisar las molestias por las que hiciste cita, se preocupa más por tu vida sexual. En especial por si tienes sexo anal. Remata con que deberías convencer a tu pareja de hacerlo. No sabes lo que te pierdes, concluye. Te manda a casa con un antibiótico de una sola toma. Al día siguiente no sólo sigues con comezón, sino estás tan cansado como si no hubieras dormido en días. Fiebre. Cuarenta grados. Aún no sientes nada, estás demasiado delirante para notar los cuchillos que se te clavan muy por debajo de la piel en la espalda baja, justo a los lados de la columna.

Llegas a urgencias y te retacan de antibióticos, antipiréticos y vitamina B para la fatiga, aunque lo único que hace es sumar un dolor de estómago al creciente dolor de espalda.

Pasas tres días durmiendo, pero es como si llevaras dos semanas en vela. Ahora no importa cómo te acomodes, te duele la espalda invariablemente. Sentado: dolor. Acostado: dolor. Parado: dolor. Caminar: dolor, dolor, dolor, dolor

Cruzas la ciudad para ver a un tercer médico. El tratamiento es correcto y va bien, pero así son las infecciones de los riñones: tardan en disiparse. Toma un analgésico. Te cura, pero el dolor no se va del todo. Un año después, cuando tomas mucho café y poca agua, los riñones se lamentan.

***

Los dolores a veces van más allá de lo físico. Los hay espirituales y son igual o aún más desesperantes. No tienen una solución clara o definitiva. De los dolores anímicos, la decepción es menos molesta que la ansiedad. Pero si ambos se juntan con la depresión tienes al equipo ganador.

Hay días en que dueles tanto que se te olvida que puedes sentir otra cosa. Son tantos los achaques que te vuelves una sonaja humana, con el cuerpo tan grande y el alma tan diminuta rebotando entre paredes de carne y hueso. A veces despiertas y la piel te queda pequeña y las costillas no son lo suficientemente flexibles como para dejarte respirar. Con movimientos rígidos y torpes, no hay manera grácil de transitar.

Hace muchos años, harto de pasar los días tintineando y tropezándome con el mundo decidí llevarme una navaja a la piel para ver qué había realmente debajo, si una onda expansiva o un vacío infinito. Pero sólo encontré tres cosas: sangre, ardor y placer.

Las primeras debieron resultarme obvias, pero la tercera fue una revelación. Podía sentir algo más que un pesar anímico. El intenso e inmediato dolor de las heridas borraba de pronto mis cuitas. Los días siguientes eran los mejores, pues el movimiento natural del cuerpo renovaba el primer dolor. Durante días se repetía la dosis inicial con el fru fru de la ropa sobre la piel, casi con la misma intensidad original. Ahí encontraba el éxtasis de saber que era un ser corpóreo.

Sin embargo, toda adicción tiene sus contras. No se pueden resolver todos los problemas abriendo la piel. En algún momento, esconder las heridas se vuelve una dolencia en sí, la ansiedad desplaza a la felicidad y el truco pierde su efecto. La solución estaba lejos de ser perfecta.

***

Preparo mi cuerpo para lo que viene. La carne se tensa y se resiste. Sin embargo, la emoción cosquillea mi piel. Estoy por comenzar mi clase de danza aérea. En la bajada de infinita hay que enredarse la tela alrededor de la cintura y desenvolverla mientras giras sobre tu eje para descender. Estoy en posición horizontal, listo para soltarme. Tomo aire a profundidad. Siento que la tela me aprieta el vientre y se me dificulta respirar. Milésimas de segundos antes de dejarme caer me percato que tengo la playera suelta, y la tela cae sobre mi espalda desnuda. Es demasiado tarde. Dejo ir la tela y en menos de una vuelta siento cómo me arranca la piel. Pero continúo.

Llego al colchón y tengo la cintura al rojo vivo. Arde más que el músculo cansado después de dos horas de entrenamiento físico. Duele, pero no sufro. La bajada fue casi impecable

Ahora hay que hacer los estiramientos de relajación. Duelen los huesos. Queman los músculos. Siento agujas en la piel. Tengo cuerpo y es un martirio. Pero es un martirio feliz.

Es extraño: las secuelas de la automutilación no son tan obvias.

Primero, terminar una sesión intensa de actividad física me lleva a una especie de éxtasis masoquista. Cada neurona que se dispara en alarma me recuerda que estoy vivo. Cada quemadura de tela que se vuelve cicatriz me recuerda que todo es pasajero.

Otras veces, me sorprende el irracional impulso de molestar a mi gato y sentir sus garras y colmillos atravesar mi piel.

  • Foto: Philipe Halsman 
Predial 2021