Érase una vez en la costa de Acapulco, prostitución, drogas y bolero.

Las olas vieron nacer al pequeño Favio Julián Herbert Chávez. Corría el año de 1971, el año del Halconazo. Pata de perro desde niño, conoció el sistema ferroviario mexicano por cuenta propia. Tomado de la mano de su madre, se dejaba llevar. Mar, sol y perdición.

Dicen las malas lenguas que la mamá de Favio tenía horarios de trabajo nocturnos, cinco hijos de diferentes padres, ideología comunista y la facilidad para transportarse a lo largo de la República mexicana sin un peso en la cartera. Sin saber lo que la vida estable significaba, de infancia trashumante.

Él dice que su primer trabajo fue como cantante de camión. Terminó la primaria, a pesar de todas las mudanzas y las nueve escuelas por las que pasó; logró en secundaria establecerse en una casita, en el lejano y árido noreste de México, en el Saltillo que sería su hogar más recurrente.

La calle del Alacrán significó un descanso de la vida sin rumbo fijo

El repentino adiós de su hermano le hizo cambiar aquellas tardes que podía leer o ir a darse una vuelta por la ciudad. Serio, trató de cerrar su infancia. Empezó a fijarse en las huercas, en parecer un hombre malencarado, duro, norteño. Podía darse el lujo de jugar con esa imagen de su adultez y ser un reflejo de lo que más le pareciera.

Herbert reconoce la tradición norteña. Podría decirse que primero a través de la música. También sucedió con su literatura. Es parte de esa etiqueta conocida como la literatura del norte que se ha convertido, incluso, en motivo de congresos, estudios y cátedras.

El avecindado en Coahuila, da conferencias, seminarios literarios, talleres o diplomados como el que se ha llevado a cabo recientemente en la Universidad Iberoamericana de León, coordinado por el escritor Omar Rivera.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa