Dibujar es, en varios sentidos, un ejercicio de humildad. No solo porque requiere bastante y repetitiva práctica, sino porque el dibujante —en algún momento de su aprendizaje— se percata de que la idea de belleza, basada en la proporción y las formas idealizadas, es fácil de sistematizar y de reproducir, lo que la vuelve predecible y aburrida. 

Las proporciones de la figura humana pueden ser estudiadas a partir de una división imaginaria en la que se toma como medida una parte del cuerpo, como un dedo o la cabeza. Comencé a dibujar figura humana con el modelo de ocho cabezas sin saber —hasta años después— que existían otras alternativas, como el canon de siete, del escultor griego Policleto; o el de nueve, utilizado para dibujar figurines de moda o caricaturas estilizadas y alargadas.

Fraccionar el cuerpo humano en ocho partes iguales significa estructurarlo de forma que una medida calce en sectores previamente establecidos del mismo. Por ejemplo, la medida de la cabeza se replica desde el cuello hasta el esternón, del esternón al ombligo, del ombligo a la ingle, y así sucesivamente hasta completar la figura.

Los modelos de siete y ocho cabezas se han empleado a lo largo de la historia del arte occidental para pintar o esculpir personajes históricos o ficticios que debían encarnar la divinidad, heroicidad o despertar admiración. Son representaciones proporcionadas, perfectas, de una gestualidad apabullante. Pero están muertas, estructuras tan predecibles como una ecuación. 

La perfección no existe en la naturaleza si la buscamos con detenimiento, hasta la concha más fiel a la proporción áurea tiene fisuras, protuberancias, manchas y suciedad

Esto no le resta un ápice a su belleza, es solo una prueba de que alguna vez fue o es parte de un ser vivo, un mapa del paso del tiempo. Plasmar las dimensiones temporales y del azar no es tarea simple, pero es un malentendido que dibujar lo sea. Si fuese posible, las ocho medidas de una cabeza que componen estos dibujos de figura humana podrían ser bosquejadas más o menos así:

Primera cabeza. «Que está gorda tu hija» fue lo primero que le dijo la bisabuela Lola a mi padre cuando estábamos apenas llegando a una reunión familiar en su departamento. Yo tenía doce años. Él, humillado, estuvo de acuerdo. El lugar olía a sopa y, en el balcón, estaba atestado de las otrora hermosas plantas que con el calor del verano se asemejaban a las pasas, como la bisabuela. Nadie le dice a la matriarca que está vieja porque es feo hablar sobre su edad y, de cualquier forma, se le va a olvidar; aunque algunas de sus tantas hijas a veces le sugieren que use cremas para la piel, que se tiña el pelo.

Segunda cabeza. Señales tempranas de la resistencia a la insulina pueden ser observadas en el oscurecimiento de la zona del cuello, fenómeno a veces confundido con el piñén. Con la invención de la comida rápida —y reducción de la necesidad de despegar el poto de la silla anclada frente a un computador—, deglutir devino un gran problema para la mitad del globo que no sufre el inconveniente de no tener qué comer. La metformina, fármaco utilizado para combatir la resistencia a la insulina y la prediabetes, puede provocar un desagradable sabor a metal o sangre en la boca, náuseas y pérdida del apetito.

Tercera cabeza. Debajo de las costillas están achoclonados el corazón, los pulmones, los riñones, el hígado, el bazo, el estómago y la vestigial vesícula biliar. Como si fueran las hojas de una suculenta o la extremidad de una estrella de mar, de ellas se puede obtener una mujer. Algunas mujeres se extraen las costillas flotantes para aumentar la relación inversamente proporcional que existe entre el tamaño de una cabeza y la cintura.

Cuarta cabeza. Si pensamos en la imagen —ahora estereotipada— de guaguas o niños pequeños de raza negra con abdomen protruido de la inexistente República de Biafra, estamos pensando en el kwashiorkor, enfermedad provocada por la falta de proteínas en la dieta de infantes de hasta tres años.

Quinta cabeza. El glúteo mayor es el músculo motor que tiene más fuerza en todo el cuerpo humano. Hace cientos de años, nos sirvió para recorrer largas distancias y para cazar o escapar de los depredadores. Hoy en día, es un elemento principalmente decorativo y su expresión máxima es el belfie.

Sexta cabeza. Una variante del mito de Hefesto, el herrero y dios griego del fuego telúrico y la forja, dice que fue lanzado del Monte Olimpo al mar por nada más y nada menos que Zeus, su padre. La razón era simple: haber nacido feo. Rodó hasta caer en la isla de Lemnos, descenso que le provocaría una cojera por el resto de la eternidad. Si bien el asesinato frustrado de una guagua —aunque divina— suena lo suficientemente escabroso, la posibilidad de haber vivido en la tierra de los dioses no debe haber sido un prospecto mucho mejor para quien no es el estereotipo de dios o semidiós.

Séptima cabeza. (Lo único que tiene en común mi familia con las divinidades del Olimpo es que está en las antípodas de ser virtuosa, y lo único que mi padre comparte con Zeus es que me hubiera lanzado desde el punto más alto de la cordillera de los Andes si eso me hubiese hecho adelgazar).

Octava cabeza. Vendar los pies de las niñas era una costumbre china que tenía el objetivo de evitar el desarrollo natural de estas extremidades para que, a raíz del dolor, se mantuvieran sentadas trabajando en labores manuales con valor económico, como el hilado. Mi abuela Cata amarró sus propios pies porque no le gustaba el pie «grande» de la mujer yugoslava, sin pensar que a sus ochenta y seis años tendría que moverse en silla de ruedas por no soportar el dolor que la deformación le provoca. Mi abuela Lala también sufrió una deformación en sus pies, esta vez inducida por la artritis reumatoide. Algunas de sus falanges se montaron sobre otras, y las articulaciones que las unían adquirieron la consistencia de la resina seca de un árbol herido.

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En caso de que el dibujante haya pecado de osadía o inexperiencia, roja y negra es la labor de quien logra extraer con habilidad las cabezas que sobran. La gastrectomía en manga es un tipo de cirugía bariátrica que consiste en remover un porcentaje de estómago (75% a 80%) con el objetivo de reducirlo a una capacidad de alrededor de 150 cc. Además de provocar el adelgazamiento, el paciente bariátrico puede experimentar malestar durante o después de comer, déficit nutricional, cálculos biliares, reflujo gastroesofágico y fluctuaciones bruscas de humor asociadas a la frustración.

Quizás la exagerada imperfección de Hefesto, llamado Vulcano en el panteón romano, iba de la mano con una extrema ira, simbolizada por la lava de los volcanes

«Lava» es el magma o roca fundida que alcanza la superficie terrestre, y su temperatura puede alcanzar hasta 1200 ºC. Lacera las superficies rocosas y asimila en su volumen rojo y negro casi todo a su paso: árboles, casas, animales, plantas, personas.

Usar una goma de borrar en el dibujo se asemeja a la cirugía y a la lava, pues todas dejan un rastro de lo que ya no está. Al presionar la goma con exceso de fuerza sobre la hoja, el intento de supresión rompe el papel. Esquirlas de papelitos rotos, similares a pelusas, adornan el contorno de la mancha.

La mancha es la muestra del azar, un mapa de todos los surcos que dejó el borrador sobre la superficie blanca en la que se intenta delinear —de la mejor forma posible— una figura de ocho cabezas.

  • Ilustración: Xisco Fuster
Predial 2021