‘Obra negra’ (Almadía, 2017) no devela tanto la construcción testimonial de un espacio físico sino la construcción, sin concesiones, de una sensibilidad que se abisma en las profusas interrogantes del autodescubrimiento.

Esta novela breve de Gilma Luque ofrece una valiosa proximidad a la diáspora filial, a veces infranqueable, desde la que una voz infantil cuestiona el endeble matriarcado que la estigmatiza, entablando, con una claridad a un punto imperceptible por su transparencia, un diálogo con sus propias perplejidades, con sus insondables silencios, con sus quietos indicios de sabiduría.

El arrojo de la obra es equiparable, aunque su tono sea más bien elegíaco, al de la poética impetuosa de Deseo de ser punk, de Belén Gopegui: ambas comparten la virtud y el acierto de allegarnos a fases esenciales de intimidad psicológica experimentadas con temple y no poca ironía por mujeres inconformes que luchan desde sus primeros años contra sus identidades y contra los tributos generacionales que se les heredan, en una búsqueda de dicha y libertad que aparenta, en Obra negra particularmente, un fracaso en el  desenlace, pero que ha sin embargo retribuido con una certeza que salva del absurdo las peripecias de la protagonista: no haberse, nunca, traicionado a sí misma.

La calculada sobriedad en las digresiones, siempre con la muerte de la madre como el pavor epicentral acechando las páginas de Obra negra, representa sin ambages, a escala lo más natural y cercana posible, y desde distintos ángulos de aproximación que se intercalan con pericia; representa, pues, la conmovedora, irritante, imperdonable decadencia de un progenitor al que se ha de procurar y atender en algún momento y de quien, aun en el exilio, aun en la ingenua invención de un alter ego en otro país y en otro idioma, será imposible alejarse.

La prosa de Gilma Luque posee una sencillez bajo la que late y no deja de presentirse la inminencia de lo indecible

Y goza, por cierto, de notables bajorrelieves al contrastarla la solvencia de sus personajes autobiográficos, reconocibles la mayoría por pertenecer a la estereotípica idiosincracia capitalina de clase media-alta, sin que por ello sean unidimensionales o indistintos. Son, de nuevo, la perceptiva de una niña sagaz, y la de la narradora que se reencuentra con ella en la madurez, las que los dotan de logrados caracteres particulares, de personalidades comunes aunque, al mismo tiempo, inconfundibles.

Obra negra es un valiente autorretrato, una regresión  escritural que consuma una postergada catarsis.

Desde un pasado siempre irresuelto nos asaltan el misterio y las claves de lo que somos, y que la literatura puede descifrar a fin de reconocer atributos nuestros impensados. Obra negra traza un sinuoso y nostálgico camino a esa reconciliación con los confusos, abstractos días de crianza y de adolescencia, y pule un espejo en el que la familia, desnuda y de rostro múltiple, asoma para ser narrada, para declarar, distante, su culpabilidad o su inocencia.

  • Ilustración: Dorothea Tanning
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