Como una rumba ahogada surges detrás de un cortinaje árabe. Desnuda y almizclada, dispuesta a ser pulsada como una guitarra andaluz —misma que contiene tu figura—, te ofreces bajo el lánguido derramarse del sol tras la ventana.

En el zoco chico las historias de hombres enloquecidos por la marea, de tesoros ocultos en las montañas del Rif o las bondades de un alfaquí tan niño ciego, van desgranándose.

Trazo sobre tu camino vertebral un adagio de caricias salivales, el giro concéntrico de mi lengua que intenta diseñar la perfección de un teorema euclidiano en tus caderas. Cargado de vino del Rhin y un temblor intermitente, voy pulsándote en un do melancólico que asemeja la entrada de la noche azulada.

Tu piel sabe a olivo y a hierbas provenzales.

Detengo un instante este curso de astro errante e imagino a dónde conduce el movimiento horizontal bajo tus párpados, mientras la música magrebí te arranca de mis besos.

Eres la tarde ecuatorial que baña el silencio de mi permanencia suspensa entre el estado de vigilia y de conciencia, la cóncava posición lunar que hace más soberbio el aperlado de la noche. Sanguínea y frutal te abres al avance de mi lengua.

Tánger es un sitio elemental en el despertar de los deseos, es calórico y aroma a sal, un espacio coloidal donde navega el aire de arena y ancianas historias de un paraíso perdido que encuentro en cada soltarse de mis manos tras tu avance de gacela.

Mira como el parpadeo de las estrellas asemeja a este pulso que se agiganta en tus labios, en el impulso metódico de querer contenerte a través del engarce de lengua y cadera. Mira como me ciego en lo redondo de tus senos cargados de leche y miel.

Nunca la noche me pareció tan renovada en sus misterios como ahora que te ligas a mí en un grito lacio de palmera frente al océano.

Afuera el puerto cargado de olas y canciones de marinos tristes, vibra con el alcohol y el kif, con el mágico hachís que puebla mi cabeza de salmos con los cuales intento cantar el sueño irisado de tus ojos, cada pliegue de tus labios, el contorno cálido de tus nalgas, lo delicado de tu sexo que ante mí se abre como extraña flor.

Navego como pez entre el oleaje de tu carne.

Te derramas como la lluvia y yo me voy en un largo grito de esperma, dentro tuyo, titilante como ese enjambre de astros plata que sobre Tánger se congregan para iluminar este encuentro ajeno al tiempo.

  • Ilustración: Gustav Klimt