No, un migrante no es un viajero. Ambos comparten la nota de transitoriedad, pero sus motivaciones y circunstancias son distintas, inclusive dicotómicas.

El viajero planea con detalle su itinerario de viaje, sabe cuánto durará o, por lo menos, puede decidir cuándo volver. El migrante no. Traza un plan que se vuelve tan ideal como incierto. No sabe si podrá regresar, pero está seguro de no querer hacerlo si encontrará el mismo punto. Algo similar debió ocurrirle al padre de Zinédine Zidane, el “argelino errante”.

La resonancia de sus pasos y la sal de su sudor, junto con  la de los migrantes que acaso sueñan con viajar en un “vagón de amor” por el Orbis mundi, reverberan en las páginas de La Castellane errante, de Pablo Piceno.

Empezando por la clasificación de la obra nos encontramos ante un dilema. Si bien obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2018, pudiendo asegurar que es un poemario, lo cierto es que no se trata de uno tradicional. La prosa se funde con el verso en una suerte de amalgama que nos invita a dudar sobre la validez de la división de los géneros narrativos. En este entrecruzamiento de discursos se halla justamente La Castellane, como una exploración y cuestionamiento de la  frontera en una triple significación: de lugar, del ser y del lenguaje.

La frontera se presenta como una delimitación física, como una barrera que busca preservar un espacio del contacto con la tierra del ‘otro’ y su encuentro, una resistencia confinada de la que se espera seguridad y refugio

En algunos casos, son elementos naturales ─montañas, ríos, desiertos─ los que, de manera inevitable, provocan la distancia. Pero este espacio se acompaña de un ideario, donde se lleva a cabo un doble proceso: unificación y exclusión. Así, por ejemplo, se configuraron los Estados-Nación, en los que a partir del esquema Centro-Periferia las relaciones y jerarquías fueron establecidas. En ese sentido, dice la voz poética de Piceno: “y traicionar la patria / es dar la patria a un forastero/ darle pan al forastero/ darle paz”.

En La Castellane, la subordinación se ejemplifica a partir de una relación colonial: Francia, por un lado, y Argelia por el otro. Su conexión no es simbiótica, sino parasitaria, de dominación.

Hernán Taboada explica que, durante mucho tiempo, más allá de la demarcación específica del territorio de los estados, la frontera principal fue la discrepancia entre civilización y barbarie: “Los civilizados son los hombres cuya institución central es la ciudad; los bárbaros son ajenos a esta cultura citadina”.

Ante estos opuestos es que nos preguntamos ¿dónde situar, entonces, a La Castellane? ¿Dónde situar un bidonville que, si bien forma una comunidad de emigrados argelinos dentro de la ciudad, detrás de un estadio destrozado, al mismo tiempo es marginado por ella?

Como un latido insistente, a través de las 89 páginas de la obra indagamos sobre los puntos de fuga de la migración, acaso presintiendo que ella es, en sí misma, un punto de fuga

La peregrinación deviene en rupturas de tejidos, como el familiar, según percepción del joven Zizou: “y mis padres nunca fueron más mis padres”, pero también significa desolación para la mirada del joven Theo.

En un segundo nivel, la frontera en tanto punto de tensión, encuentro y confrontamiento se nos devela como un fenómeno propio del modo de ser del hombre. El libro lo ilustra con un personaje paradigmático: José de San Martín, cuya identidad es difícil de delinear.

La constante tirantez entre mismidad y alteridad descubre la existencia como un juego del ser, un devenir entre varios estados que no permanece en los extremos y deambula por los intermedios. El juicio final se complejiza porque ya no es tan sencillo decir, maniqueamente, que el libertador y político fue malo o bueno. Y es que no puede ser considerado aisladamente, por sí mismo. El yo se construye a partir de otros; la comunidad es esencial para forjarse una identidad. Incluso para autonombrarse “errante”, se hace en relación a los demás, en tanto evidencia una carencia social, una falta de asiento y comunión.

Por último, encontramos que la frontera en el lenguaje enmarca lo expresado o decible en contraposición de aquello indecible o inefable. Lo que no se presta a fácil aprehensión, y mucho menos expresión, es difícil de delimitar por ignoto, pero acaso pueda ser intuido. Este lenguaje que se sabe en el límite, al borde del abismo, no sin razón se pregunta:

¿Crees que la poesía detendrá los atentados a lo largo y ancho de la benemérita Unión Europea?

Respondo:

Es ridículo.

Continúo escribiendo.

A sabiendas de la imposibilidad de decirlo todo, de cambiarlo todo, consciente ‘de sus alcances limitados‘, como lo afirma la nota previa, el lenguaje se rebela y busca la forma de apuntar el acontecer humano

La voz poética, por ejemplo, recrea escenas para delinear el dolor, sin olvidar que, ante todo, el dolor se padece, no se dice, no tiene interior: “Para escombrar la destrucción no hay palabra que valga”. Dolor del ser que lleva también el nacimiento y arraigo de una lengua, sus pasos son de aproximación, no de ganancia.

Por eso esta voz, antes que ser hilo, prefiere ser un entramado, bebiendo de otras lenguas, de otros registros, tonos y documentos cuando necesita sabotear su sed de uniformidad. En el lector se produce una desestabilización por la propuesta de lectura, al igual que por la dureza confrontadora de sus planteamientos. El lenguaje es errático porque acompaña al hombre en su deambular por las afueras de la ciudad, desahogándose en sus yerros, erigiéndose como frontera de fronteras cuando cierra los ojos y ensordece.

Frente a estas tres parcelas pretendidamente cercadas, invariables y absolutas ―Estado, Ser, Lenguaje―, Pablo Piceno emplea un método discreto para desmontar sus ladrillos.

No ataca de forma directa, grandilocuente, que a semejanza de un fuego artificial produce una explosión sorprendente, pero momentánea. Más bien hurga en las porosidades de los relatos, provoca fracturas al colarse por los intersticios y las alcantarillas. A través de un proceso de extrañamiento, nos muestra la posibilidad de que estas islas se conviertan en puente o muro, en conjunción o disyunción. La impenetrabilidad de su caparazón se ve refutada porque, en el fondo, la artificialidad de la separación constituye su única realidad. Desdibujarlas con la enunciación para crear híbridos es un acto de protesta, como lo pudo haber sido el no cantar el himno nacional francés antes del partido.

Y es que, ¿quién, después de todo, se instituyó como el delimitador? ¿Quién enuncia dónde empieza y termina uno? No se trata tampoco de disolver las diferencias en un universalismo insípido que subsuma las minorías ―étnicas, lingüísticas, de todo tipo― a favor de un discurso supuestamente unificador, sino justamente lo contrario. Persistir en la singularidad de los ingredientes, y no en el horneado final, donde ya han sido recubiertos.

En la raíz que da vida al libro palpita una pregunta: ¿de qué lado de la frontera debe estar uno? ¿en qué equipo de fútbol jugar o qué lengua privilegiar?

La preocupación que en La Castellane  por momentos se dilata, en otros se ironiza o apenas contiene el llanto es intensamente nuestra: ¿es posible conciliar las amargas contradicciones que parecen insalvables? ¿Cómo no olvidar el colonialismo en el que vivieron nuestros antepasados en Argelia, pero al mismo tiempo ser uno de los cuatro futbolistas cuyo fichaje galáctico de traspaso se ubica dentro de los cuatro mejor pagados?; ¿cómo ser el Padre de la Patria que engendró varias naciones, el “Protector y Fundador de la Libertad del Perú” y, al mismo tiempo, despeñar niños y violar mujeres al norte de África?

Quizá, antes de responder, sea necesario situarnos en la frontera, en ese lugar incierto que conserva rasgos de uno y otro lado, frecuentemente antagónicos.

Antes de intentar franquearla, acaso habría que habitarla en tensión, para así reinventar el orden de la historia, retomando la “caja de resonancia” que en la memoria conserva cada uno. En ese espacio ambivalente, tal vez por fin lo comprendamos: “aquí moramos todos/ aquí moriremos todos”.

Entonces el ser se podrá reguardar de nuevo en la casa, sin temer que en cualquier momento se convierta en Casa tomada.

  • Ilustración: Soledad Sevilla