El hecho insustancial de su muerte no alteró en nada mi vida, era una cucaracha nada más. Fue perniciosa para ella mi preocupación por fumigar cada rincón de la casa. En realidad no sé por qué lo hice, si por costumbre o pensando en ella, aunque tal circunstancia era lo de menos cuando decidí comprar el insecticida. Con tal propósito salí en dirección hacia la tienda, guiado más por esa costumbre que por el pensamiento, pues así siempre lo había hecho. A pesar de ser verano algunas nubes cubrían el cielo y el ambiente se sentía cargado de humedad. La tienda no estaba lejos, a tan sólo tres cuadras de mi casa, y no tardé mucho en llegar. Al abrir la puerta sonó la campanilla que colgaba sobre ella, y el tendero, ataviado con un delantal blanco, salió tras el mostrador.

–Buenas tardes –saludó.

–Buenas tardes –le correspondí de igual manera, sin pensar que no serían tan buenas para la cucaracha.

–¿Qué es lo que desea? –preguntó.

–Un frasco de insecticida para bichos rastreros –le respondí con una leve sonrisa.

El tendero alargó el brazo hacia un estante superior para agarrar un frasco que, después de quitarle el polvo con una gamuza, me entregó.

–Aquí tiene.

–Muchas gracias –le dije–. ¿Cuánto le debo?

–Son veinte con cincuenta –sonó la voz del tendero, sin alzarse con notoriedad entre la distancia que nos separaba.

Sin dudarlo, porque siempre así se hace, a excepción de cuando el precio es excesivo, que en este caso no lo era, saqué de mi cartera dos monedas de diez y una de cincuenta que le entregué.

–Gracias –dijo, al recibirlas.

En cada acto, parece ser, hay una razón que lo genera, ya sea por rutina o por simple iniciativa, como era el hecho de que yo tuviera, ahora entre mis manos, ese frasco de insecticida que dejaba escapar levemente su aroma artificial. En aquel instante ni siquiera se me ocurrió pensar en la cucaracha, que andaría por ahí escondida en algún rincón, ni tampoco en quién fabricó ese veneno para matarla. La cuestión era que el frasco estaba entre mis manos, la cucaracha en la casa, el tendero frente a mí, y del fabricante del producto nada sabía, aunque quizá estuviera en cualquier lugar sin saber que yo había comprado su insecticida. Así son las cosas del destino.

Salí de la tienda tomando el camino de regreso a mi casa, para subir los dos tramos de escaleras hasta el segundo piso, de un viejo edificio de cuatro plantas, y entrar en ella. Lo primero que hice fue dejar el frasco sobre la mesa, para, a continuación, detenerme a pensar en la estrategia. Decidí que lo mejor sería iniciar el proceso por la cocina, para luego continuar con el salón y las tres habitaciones. La cucaracha, desde luego, no se imaginaba lo que estaba a punto de suceder, seguramente porque ella no tenía facultades para pensar y mucho menos adivinar; aunque nada de esto, por otro lado, es seguro, habría que ser cucaracha para saberlo y yo no lo soy. Pero bueno, yo estaba dispuesto para continuar con esta labor, me refiero a la de fumigar y no a la de dilucidar qué hacía la cucaracha, para lo cual destapé el frasco y le ajusté un atomizador. Después, tomé la precaución de cubrir mi boca y nariz con un pañuelo, para no intoxicarme, y ya, con el frasco en la mano, comencé a esparcir el producto.

No podría asegurar con exactitud dónde se encontraba la cucaracha, si debajo del mueble de la despensa, del refrigerador o del fogón, ni tampoco, he de reconocer, el fabricante del insecticida. Estaban hechos el uno para el otro, cuando yo, a diferencia del tendero, era el intermediario y también la mano ejecutora que uniría sus destinos. Supongo que la cucaracha estaría rebuscando por cualquier lugar su alimento o poniendo unos huevecillos, escondida en la penumbra de su vida, sin saber que ya se acercaba la hora de su muerte. Mientas tanto, yo atomizaba el insecticida por los lugares más inaccesibles. Creo que incluso, y a pesar de tener medio rostro cubierto con el pañuelo, tarareé una canción mientras realizaba mis funciones exterminadoras, sin pensar, por supuesto, en la cucaracha. Ella, por cuestiones del instinto, tal vez pudo presentir la amenaza del peligro y correteó vivamente hacia su mejor escondite, pero la nube gaseosa, muy a su pesar, le alcanzó.

Yo seguí tatareando esa canción hacia otras partes de la casa, dónde a saber qué insectos o arácnidos habría. La cucaracha, supongo, empezaría a sentir cierto malestar en el sistema respiratorio y despavorida huyó de ese escondite, que ya no era tan seguro, para buscar algo de aire hacia las partes más libres e iluminadas, allí en el mundo exterior. Esta vez no salió de expedición, sino expelida por el malestar de la asfixia y el envenenamiento, sintiéndose afectada de pronto en su sistema nervioso.

Cuando regresé a la cocina, para dejar el frasco del insecticida en el estante del armarito destinado a los productos de limpieza, la pude ver caminar, nerviosa y confundida, ya dando vueltas en torno a un punto. En ese momento pensé en darle un pisotón pero me detuve, para no oír ese asqueroso crujir y para que sus tripas no mancharan el suelo de la cocina y la suela de mi zapato, y ahí me quedé observando cómo agonizaba. Sus pasos ya se notaban torpes y de un ritmo menos vivaz, y luego se volteó hacia arriba con sus patitas en el aire, como diciéndole adiós a la vida, atragantada por la sustancia venenosa que la aniquiló, que según decía la etiqueta era efectiva y de larga duración. No sé si a la cucaracha, que aún movía sus patitas tan graciosamente, le sería grato morir de tal manera, pero el caso es que ella continuaba ahí, en el suelo, y yo por encima mirándola con curiosidad. Tampoco sé si me podía ver, aunque fuera de refilón, ni tampoco si sospechaba que yo era su asesino ni que imaginara, tan siquiera, que el frasco del insecticida estaba en el estante de los productos de limpieza, dentro del armarito. No creo que supiera nada, pues, como ya dije, dudo que las cucarachas imaginen cuestión alguna y menos a la hora de su muerte. Del fabricante y envasador del insecticida nada pensé, aunque quizá estuviera tomándose un vino en algún lugar sin saber que esa cucaracha estaba a punto de morir; el tendero, lo más probable, estaría vendiendo un frasco de insecticida u otro producto a una persona que no era yo, pues ahí continuaba en la cocina con la atención puesta en la cucaracha. El fabricante y el tendero sí sabían que esta cucaracha, como todas, no tendrá un entierro digno, y de tal modo la barrí con una escoba hacia el recogedor para luego arrojarla por el retrete. He de admitir que no me despedí de ella mientras que un torrente de agua se la llevó, sin certificar su muerte, hacia el infecto desagüe.

La verdad no sé por qué les cuento esta historia, pues ya estoy muy cansado y mañana salgo de viaje. Ahora es casi de noche y el cielo está colmado de nubarrones, así me acostaré lo antes posible para despertar temprano y llegar sin problemas a la estación ferroviaria. Me llamo Gregorio Samsa y vivo con mis padres y mi hermana, que aún no llegan para cenar. Mañana espero un día sin complicaciones y mucho mejor que el de la cucaracha.

  • Ilustración: Miquel Barceló