Hay tantas cosas que empiezan y terminan como un juego, en un movimiento ocioso del tiempo, me dije a mí mismo, sentado, solo, en el parque, mientras hilvanaba memoria y olvidos, de cuando esperábamos apenas que llegara la tarde y corríamos para atravesar el extenso bosque liliputiense.

Entonces, seguíamos las señales en el camino, una orquídea aquí, nuestros nombres grabados en el tronco, vuelta a la izquierda hasta toparnos con un fresno, sus pies retorcidos nos servían de escondite. Nos sentábamos sobre de ellos y los cubríamos con unas ramas para conservarlo de incógnito cuando nos íbamos antes del anochecer. Se nos pasaban las horas jugando a inventar mundos ficticios, siempre habitados por personajes surgidos de nuestro mundo infantil. Creábamos historias inauditas narradas sin interrupción salvo cuando se escapaba una carcajada o tal vez sorprendidos por el miedo conteníamos la respiración y se formaba un vacío en el espacio por la ausencia de las palabras. El encuentro sucedía en el jardín del abuelo, un escenario distante y a salvo de las reglas de los adultos.

Ese día ocurrió algo extraordinario. Se acercó la tía Genoveva, trasgrediendo nuestra frontera de libertad. Traía tomada de la mano a una niña. A mí me pareció verle la timidez acurrucada sobre los ojos.

-Niños, inviten a jugar a su prima Anastasia.

Dio media vuelta, en tanto la pequeña se quedó inmóvil, cobijada a la sombra de los árboles con un destello de inocencia. Un etéreo temor asomó a su rostro. Aferrada con la manita a la orilla de su vestido, retorciéndolo, agachó la cabeza mientras clavaba la mirada en el suelo. La observamos atentos, petrificada, silente en medio del follaje con la fragilidad de una hoja seca cuando el viento la desprende y cae en un sueño. En aquél entonces era difícil saberlo, pero nos sentimos invadidos por su presencia y amenazados por su belleza.


Se formó un silencio pesado, seguido por la voz de Fabrizio:

-¡Juguemos a enterrarla!

  • Ilustración: Henry Darger