Algunas veces pienso que fue gracias a su redondez, a la manera en que cada una de sus O abre y cierra con contundencia la particular disposición de sus cuatro sílabas. Otras, que fue en realidad su musicalidad, aquel llamado imponente y seductor que caracteriza a las palabras esdrújulas. Lo más probable es que haya sido porque me sonaba misteriosa y ancestral, pero lo cierto es que enamorarme a los siete años de la palabra omóplato desencadenó una maldición de la que, hasta la fecha, no me he podido liberar.

También conocido como escápula (del latín escarbar), el omóplato (del griego omo, hombro, y plato, ancho) es uno de los pocos huesos que cuentan con una doble metaforización. Es, al mismo tiempo, la pica y el aplanador, la espada y el escudo triangular que soporta y da movimiento a toda nuestra espalda superior.

No hay ningún otro hueso en el cuerpo que funcione de manera similar a la escápula”, explica el Internet “si no fuese por la pequeña unión acromio-clavicular y un par de ligamentos, la escápula no estaría unida por ningún hueso al resto del esqueleto”.

Es esa naturaleza ligera y desprendida, su irrefrenable movilidad, la que lo hace el hueso más hermoso de nuestro cuerpo. Es, indiscutiblemente, el más sensual

No hay nadie que, tras hacer el amor, pueda resistirse al impulso de trazar con la yema de los dedos la trayectoria parabólica del omóplato de su amante. Su sólida simetría, junto con aquella renuencia a esconderse bajo el tejido muscular como el resto de los huesos, adorna las espaldas animales y humanas con fortaleza hipnótica y cadencia sugestiva. Si no tuviéramos escápulas, perderíamos la capacidad de bailar, abrazar o acariciar. Y sin ellas los hombros— símbolo de sensualidad predilecto en todas las artes—no tendrían manera de pavonearse con su característica desfachatez.

Descubrir la palabra omóplato me hizo consciente de esa región previamente desconocida de mi cuerpo. Llegó a mí desde los confines recónditos de un diccionario ilustrado, prometiendo revelar secretos sobre mi cuerpo que trascendían la simpleza de los libros de texto de Ciencias Naturales. Me mostró que, contrario a lo que imaginaba, mi esqueleto era en realidad una maquinara de partes grandes y pequeñas engranadas entre sí, y que las fuerzas físicas su fricción eran responsables de un inmensurable abanico de sensaciones muy diversas, tanto placenteras como dolorosas. Poco después de este descubrimiento inicial, la tibia, el radio, el cóccix y el peroné fueron uno a uno materializándose para mí y así, sin saberlo, esta nueva conciencia de mi cuerpo le abrió la puerta también a una invasión de malestares inimaginables, crípticamente taxonomizados.

La dorsalgia es un dolor agudo y constante que nos punza en la zona muscular ubicada entre nuestros omóplatos, a la altura de las vértebras dorsales de nuestra columna. Ya sea por artritis, cáncer de mama o enfermedades cardiovasculares, existen múltiples razones detrás de esta dolencia; sin embargo, en la mayoría de los casos nace de la acumulación de contracturas en los músculos que soportan a las escápulas, la tensión generada por el estrés y las malas posturas, y la somatización de emociones mal manejadas. No resulta sorpresivo, entonces, que las personas más afectadas por esta condición solamos ser jóvenes (entre veinte y cuarenta años) y que en más de la mitad llegue a convertirse en una dolencia crónica.

Todo apunta a que aquella sorprendente ligereza del omóplato (su más impresionante cualidad) le brinda también un poderoso magnetismo para atraer todo aquello que no logramos metabolizar

Dicen que las contracturas en el omóplato derecho son señal de un temperamento duro, de una tendencia a no soltar el coraje y a cargar a nuestro hígado con la toxicidad de los rencores. Por otro lado, las contracturas en la escápula izquierda apuntan a una personalidad aprehensiva y perfeccionista que enferma al estómago con su incapacidad para manejar sanamente las obligaciones. Sin importar las inclinaciones que podamos tener, una cosa es cierta: a pesar de su indiscutible belleza y suntuosidad, el omóplato es el hueso en el que más nos duele la enfermedad que conocemos comúnmente como adultez.

A menudo en la noche, cuando la dorsalgia no me deja dormir, le reprocho a mi yo de siete años haber sido tan ingenua como para dejarse seducir por aquella palabra. Pienso que—como Ulises—si hubiese tenido el ingenio necesario, habría encontrado alguna manera de escapar de su encanto. Quizá mi vida sería radicalmente diferente si me hubiese inclinado por huesos más sensatos, como el occipucio, el mesenterio o el metacarpo. Tal vez la belleza se hallaría para mí no en la ligereza, sino en la capacidad de fijar, o de rotar y articular. Así, el dolor me esperaría hasta la vejez, tras el desgaste natural y predecible del trabajo estoico, por teclear, hacer ejercicio o limpiar. Sin embargo, ahora entiendo que nunca tuve escapatoria.

El cuerpo esconde el destino de nuestro placer y nuestro dolor en recovecos que nos hablan en lenguajes indescifrables. Podemos mirar hacia los números, las estrellas o las tazas de té en busca de alguna epifanía profética que nos brinde certeza de nuestra suerte, pero las repuestas siempre se me han revelado más claramente en la piel. Por eso, es indispensable afinar los sentidos para descifrar su canto; mantener la intuición atenta y responder a su llamado en el momento preciso.  

  • Ilustración: Ambera Wellmann
Predial 2021