Despierto, hago mi día, regreso a casa. Vivir así me parece “simple y funcional”.

Soy un chico de obsesiones más que de pasiones
Truman Capote

Hoy por hoy tengo más obsesiones concretas capaces de definirme que pasiones desbordándome la piel. Ya no me desvisto por la tarde-noche esperando a que el astronauta de una película porno intergaláctica venga a desorbitarme los ojos, tampoco me voy a la cama preocupada por los kilos de más o por no tener casa propia, religión que me avale o seguro médico.

Estoy por cumplir 30 años y existe una, sólo una parte del Universo que me mantiene en vela:  Ese finísimo polvo estelar cayendo del techo puede tomar forma de acento mal colocado en la carta de felicitación que mi jefe me solicitó a media mañana y transformarse en juez del personaje que construyo para un cuento corto (el cual probablemente nunca termine) y darle (darnos) cadena perpetua por llevar las fotografías de sus seres amados en la cartera y no en el celular como lo exige la era.

En este momento que tengo el privilegio de la lectura ajena, me pregunto si lo que escribo tiene sentido, si llegará a tener un fin mediocre o será considerado una pérdida de tiempo. No miento, he leído estos párrafos siete veces y antes de que aparezca colgado en algún rincón de internet, seguramente ya lo habré mostrado a alguien para que me diga (sin condescendencia de por medio) si tiene valor.

Necesito un grupo de autoayuda permanente para lo que me sucede. Puedo imaginarme acudiendo, escuchar sobre los 12 pasos esperando nerviosa a que llegue mi turno mientras deshago un pañuelo lleno de fluidos nasales para finalmente con cabeza gacha atreverme a decir:

Hola, soy Giselle y soy adicta a la V E R O S I M I L I T U D”.

 ¿Cómo se llega a ser adicta, TOC, depresiva, etc., a razón de ser y pensarse verosímil?

Mi condición se inaugura en los talleres literarios: Convencer parece la regla no. 1 del club de la pelea con tinta. No creo ser la única en sentir que sale medianamente bien librada de ellos y digo “medianamente” como quien le confiesa al psicólogo: “Aprendo mucho pero lloro escondida en el baño cada vez que una sesión termina”.

El tema amoroso y la generación espontánea se manifiestan cuando escribo por encargo, cuando intento copiar las formas de un escritor, cuando llego a un taller fingiendo no tener resaca del módulo anterior o de la fiesta que se armó con los medianamente librados.

El análisis de una obsesión debería comenzar buscando el momento en el que se manifiesta el primer síntoma, el primer dolor, la primera sensación de que no se va por el mundo igual que los otros. Mi primer síntoma fue la aparición de dudas post-taller. Sí, dudas, dudas everywhere, dudas que se convierten en monstruos capaces de aterrorizarnos al punto de abandonar la pluma por una temporada. Existe una cantidad considerable de ellos para los que intentamos escribir pasaderamente bien cualquier género literario. Desde el lugar común para quienes sinvergüenzamente nos atrevemos a darle cara a la poesía, hasta lograr increíbles giros de tuerca para los que nadan en la narrativa.

En mi caso, lograr una historia verosímil (y bien acentuada) no es algo que se quede en la literatura; llevé ese monstruo a casa y amenaza con no irse jamás

Ojo aquí: Nunca he escrito una novela porque no sabría cómo mantener la trama, tener una gran historia y conservarme cuerda a la par.  Si intento un cuento justifico todos y cada uno de los elementos sabiendo que deben tener un propósito. Entonces, el automóvil blanco es blanco porque es 1995 y el color del automóvil aún acrecienta el precio del mismo y mi personaje no cuenta con el capital para invertir en un automóvil rojo aunque su deseo sea trabajar de taxista y el color le sea obligatorio en su ciudad, lo cual le impide… En fin, si escribo poesía (a lo que me aferro como Jack a la finísima puerta de madera donde Rose yace a sus anchas) me permito libertad pero condicional.

George Steiner en Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento considera que los supuestos (let) dentro de la experimentación mental encuentran a sus mayores exponentes en la poesía y en la matemática pura, por ejemplo. Dicho esto, podríamos pensar en salvarnos de los límites. A modo personal, creo que incluso cuando “supongo que” una imagen funcionaría volviéndola cada vez más críptica, la razón me detiene y me devuelve a la búsqueda de verosimilitud.

Y mi voz que madura, y mi voz quemadura, y mi bosque madura, y mi voz quema dura no me significarían de la misma manera si la imagen no me fuera reproducible, si no pudiera escuchar el canto del que se forma e incluso si no me fuera posible la apropiación. El límite podría ser la realidad y lo que creamos a partir del pensamiento basado en ella.

Posiblemente se esté terminando mi momento glorioso de lectura ajena porque “algo” de lo aquí escrito sobre mi romance con lo creíble haya sido incómodo o aburrido. Sin embargo, no me quiero ir (Sr. Stark) sin anotar que las historias escritas pueden o no tener carácter de fantasía, pueden o no estar basadas en hechos reales pero creo que no entrará en discusión que una historia no debe tener cabos sueltos.

Antes de escribir, debemos vernos como lectores, como espectadores habidos de mejores contenidos

Ser un lector, un fanático del cine, de la novela negra, etc., nos da el derecho de preguntarnos porque el caballo blanco de Napoleón era blanco. La respuesta dependerá en gran medida de las obsesiones del que se encuentra acribillando la página.

En la lengua debemos procurar la coma antes de hablar, repensar el pensamiento aunque parezca imparcial y carente de sentido. En la palabra escrita debemos procurar la coma, el punto y seguido, el punto y aparte. En las historias es nuestro derecho, obligación y mi obsesión procurar lo creíble.

Dicho esto, confieso que la verosimilitud no se queda sólo en lo que intento que sea una expresión literaria. Sinceramente me voy a la cama sabiendo que hice de mi día algo creíble y que mi persona y mi personaje son pares. Si logro dormir es con la certeza de que escribí y actué con dudas y dejando que el polvo estelar que se desprende del techo me ilumine las ojeras.

  • Ilustración: Remedios Varo